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Mons. Libardo Ramírez          

Cada momento es crucial en la historia de un país, y, ciertamente, cuando hay grande inquietud general por salir de una época tan prolongada de conflicto armado en Colombia, los pasos que se den hacia superar tan agobiadora situación los consideramos trascendentales.

Los dirigentes de la Iglesia Católica en nuestro país, pastores de la gran mayoría de personas en él, reclaman para ella audición y respeto como se le ha dado, tantas veces, a lo largo de la historia de Colombia. No podían estar ellos ausentes en este momento y han querido expresar su pensamiento, con prudencia y altura, sobre aspectos de la actual situación e indicar sendas de superación de realidades que tan hondamente han lacerado nuestra patria.

Los Obispos de esta Iglesia, que históricamente han contribuido tan decididamente al bien nacional, han dado voces claras frente al trato que se va dando a grupos que han estado en acciones violentas, y que se crea deba seguírseles dando, según sus disposiciones. Por encima de enfrentamientos partidistas, insisten los  prelados, en deberes patrios y en la plena lealtad a cuanto se pacte con ellos en favor de la paz, con gran prudencia y sin concesiones inaceptables. Han expresado su pensamiento para  no dejar que se los ubique por otros en este o aquel bando de las discusiones.

Ha sentido, el Episcopado, deber de recordar, por medio de trascendental comunicado su auténtica misión de iluminación evangélica, señalar algunas realidades y hechos,  positivos o negativos, hacer llamado a incrementar lo bueno y a corregir lo malo. Han pedido que cada persona se ubique ante su conciencia, con toda libertad, para definir su posición en el momento de dar un voto de aprobación o improvación a acuerdos,  y que, finalmente, se llegue, con gran respeto a las opiniones ajenas contrarias, y aceptar, civilizadamente, resultados que  puedan ser adversos al propio pensar.

En ese marco de ideas encontramos el trascendental comunicado  dado este 8 de julio, vísperas de la fiesta de Ntra. Señora  del Rosario de Chiquinquirá, Reina de Colombia, a la que se invoca, al final, no como simple fórmula sino con fe y confianza en su intercesión, más eficaz que los mismos convenios humanos. Se pide a Ella que haya cordura y rectitud en las deliberaciones, mueva los corazones a ser fieles al cumplimiento de los deberes patrios, con plena lealtad a cuanto se acuerde a favor de una verdadera paz, con gran prudencia y lealtad ala Nación.

Se  ha expresado el anhelo homogéneo de que se llegue a una salida negociada  con los diversos grupos violentos, por lo cual se manifiesta que se “ve con esperanza el diálogo que ha tenido lugar en La Habana”, así no se pueda aplaudir, todavía, su resultados, pues están en esa dimensión de “esperanza”. Se expresa el anhelo, de que los pasos hacia la paz culminen en acuerdos, que, puestos con claridad y franqueza  en el fiel de la balanza,  puedan ser acogidos, y lleven a “un día sin ocaso de concordia, justicia, fraternidad y amor”.   

Para que lo anterior tenga feliz culminación, advierte el Episcopado, la necesidad de señalar serios desafíos” que tenemos en el país, con compromiso de  afrontarlos con decisión y valor, empeñamos todos en ello bajo la luz de la Palabra de Dios.  Son graves fallas que están a la raíz de la violencia, y no podemos tener auténtica paz si no trabajamos juntos por erradicarlas. Es decir, si no  se arrancan  esas raíces, o si más bien se las disimula, o hasta se justifican y se las declara aceptables con tal de lograr la paz, sea como sea. Si se obrara de esta manera no se estaría llegando a verdadera paz, sino dejando piso abonado para un desastroso futuro. Precisiones sobre el tema, y sobre compromisos concretos para llegar a paz verdadera, continúa haciendo el pronunciamiento episcopal.  (Continuará)

*Obispo Emérito de Garzón

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El Nuevo Siglo, Bogotá, 17 de julio de 2016.

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