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Luis Prieto                  

Las conversaciones en La Habana muestran la consistencia de los guerrilleros y la debilidad de los representantes del gobierno.
Esto es evidente. Los colombianos sienten que su país se está entregando a pedazos pues en esas conversaciones los guerrilleros son los que llevan la voz cantante, imponen la agenda y en la mesa ganan sus tozudas exigencias.

Los representantes del gobierno muestran una urgencia angustiosa para llegar al fin de las negociaciones, mientras para los violentos guerrilleros el tiempo no corre. 

Casi cuatro años han pasado desde que el gobierno invitó a esos bandoleros, en esos momentos acorralados, escondidos debajo de las piedras, prácticamente abatidos y vencidos, a conversar sobre una negociación que los reedificaría.

En esos momentos, con un poco más de asedio, estos bandidos hubieran sacado bandera blanca. ¿Por qué Santos no obró así, conociendo como ninguno, esta favorable situación? Por algo fue ministro de Defensa durante el gobierno de Álvaro Uribe y compañero de primera línea en esta casi derrota de la Farc. 

Las Farc han engañado a varios presidentes, una y otra vez, en discusiones de paz. Han adquirido gran experticia en pedir tiempos de inmunidad para que bajo la secuela de conversaciones hacia la paz, tomar aire y renovar su armamento.

La guerrilla es marrullera y no todos sus frentes están bajo su mando, como sus negociadores lo saben. Timochenko y sus compañeros de la mesa están más interesados en quitarse de encima el inri de terrorista de la mano de Santos, para disfrutar de su fortuna dispersa en la banca mundial. Por algo él y sus bandas de delincuentes están señalados como los mayores narcotraficantes del mundo. En Colombia la materia prima abunda. Por algo este nuestro país está catalogado como el mayor productor de coca del mundo.

La entrega de las armas quién sabe si la veremos. En su mente es lo único que les da garantías. 

Con la última firma exigirán, mejor, ya están exigiendo, la posesión de territorios donde según ellos, han estado bajo su mando, así fuere a punta de violencia. Según lo afirmaba el general Mora en un almuerzo, la obsesión de la guerrilla es la tierra, no están interesados en posiciones citadinas. Conscientes de que el pueblo los odia, sienten que de un momento a otro, pueden ser asesinados y diezmados cuando deambulen por las calles del país, haciendo uso de su nueva vida. Casos se han visto. 

Las conversaciones en La Habana tienen en ascuas a los colombianos. De lo que allí ha estado pasando pocos privilegiados y negociadores están enterados.

La guerrilla desde un principio ha insistido en una reforma constitucional, única forma para ellos, de refrendar lo que se acuerde en La Habana y de que mañana otro presidente destruya lo que ya han logrado. El presidente Santos ha sido rotundo en decirles no a esa repetida solicitud.

Pero como las Farc nunca han perdido con el gobierno, les ha llegado del cielo un milagro con la cabeza de uno de sus asesores, el abogado español Enrique Santiago. Este agudo profesional, de tendencia izquierdosa inspiró a otros de su género, pero ya colombianos y cercanos a la guerrilla.

Se trata de convertir el acuerdo final y ya firmado en Cuba por las partes, en Acuerdo Especial avalado por la Cruz Roja, un título que pocos entienden pero que lo habilita para pasar impolutos por el Congreso, que expedirá una ley exprés, una aprobación a las carreras por la Corte Constitucional, luego depositado en Suiza y refrendado por el Consejo de Seguridad de la ONU. Allí permanecerá como monumento, como un tratado entre dos países, con la firma a la vista de quien representa la majestad jurídica de Colombia, con la del jefe del autor, todavía con la sangre en la mano, sangre de los mayores crímenes que delincuente alguno haya cometido. 

Pero es la Farc que en Colombia deliberando, no pierde una.  

La Patria, Manizales, 3 de junio de 2016.

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