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Saúl Hernández Bolívar                                                        

Si bien es cierto que pueden existir indicios para sospechar que la refundación del país que se viene cocinando en La Habana ha estado acordada en secreto desde el principio, lo que se ha visto en la última semana son unos desacuerdos profundos que podrían hacer tambalear todo este desaguisado, sobre todo si tenemos en cuenta que este pacto se está urdiendo entre verdaderos expertos de la perfidia y la traición.

Creo que más que un acuerdo pre-convenido entre las partes, lo que ha ocurrido es que Santos se dejó meter el cuento —de su propio hermano, entre otras personas— de que las Farc estaban decididas a firmar la paz sin muchas exigencias y sin tomarse mucho tiempo, y le terminaron de endulzar su vanidoso oído con honores y conquistas sobrevinientes como el Nobel de Paz, la Secretaría General de la ONU y el hecho de pasearse por el mundo como una celebridad, dictando insulsas conferencias con tarifas dignas de un cuadro de Botero. Pero, además, le debieron hacer notar lo mucho que facilitaría su gobernabilidad el tener de su lado a los países vecinos amigos de las Farc y el ponerse al margen de la judicialización del uribismo, que venía en marcha desde mucho antes de terminarse el segundo periodo de Álvaro Uribe.

El problema es que a pesar de que Santos lo entregó todo, las cosas no se han dado como él pretendía —“será un proceso de meses y no de años”— sino, de nuevo, como a las Farc les ha venido en gana. Lo gracioso es que mientras Santos les aprueba más y más concesiones a espaldas del país, el final de la negociación se ve más lejos porque para las Farc es más productivo seguir haciendo exigencias en la mesa que dar el salto a la ‘democracia’ sin haber acumulado las ventajas que le permitan convertir ese salto en un asalto al poder, una toma que se va configurando poco a poco gracias a que el Presidente se convirtió en un rehén de este proceso.

De hecho, las Farc no buscaron esta negociación; fue el Gobierno el que la propuso, y aquellas aprovecharon la oportunidad a sabiendas de que tanta experticia en el uso del fusil tiempla la sangre para negociar en una mesa, jugando con el afán del Gobierno y el desespero del país, en pos de alcanzar el máximo posible a partir de unos mínimos que han movido cada vez que el Gobierno y un gran sector de idiotas útiles les han dado lugar. Si la vara está alta es, en gran medida, por todo ese sartal de sandeces que se repiten a diario, como eso de que “todas las confrontaciones terminan en negociación”, “jamás se había llegado tan lejos en un proceso con las Farc” o “no podemos perder esta oportunidad de hacer la paz rompiendo los diálogos”. Ya decía el 'Juampa', en 1997, que “la paz está de un cacho”.

Por ahora, lo que puede verse es que las Farc le mandan bofetadas a la cara cada vez que Santos pretende acelerar las cosas. Así, mientras pretendía instaurar el discurso de que se había llegado a la recta final del proceso, la guerrilla lo desmintió sin el menor recato y dejó en claro que los avances son muy modestos y que están muy lejos de llegar a un acuerdo final, tanto que un amigo cercano de las Farc como Álvaro Leyva se atrevió a hablar de tres o cuatro años, y en medios gobiernistas volvió a ambientarse el tema de que como algunos procesos de paz en el mundo se han llevado mucho tiempo, todavía no tenemos porqué desesperarnos.

Lamentablemente, las Farc no tienen afán y para Santos II, este acuerdo es el único objetivo de importancia a lograr. Lo demás no es relevante. Eso es lo que decidieron los colombianos cuando le vendieron el alma al diablo de la maquinaria santista. En ese orden de ideas, la guerrilla se da el gusto de contradecir y desairar a Santos casi a diario, con expresiones como "el único marco jurídico que  admitimos es el acuerdo general de La Habana en que Estado e insurgencia son partes iguales", "conceptos como “transición”, “desmovilización” y “entrega de armas”, no existen en nuestro lenguaje” o “Clara Rojas no tiene derecho a declararse víctima del conflicto”.

Y toda esa encerrona en que ha caído el Gobierno, se hace más patente cuando las Farc le ripostan a Santos cada una de sus movidas, incluso con exigencias inaceptables que el mismo Gobierno ha negado que se estén concediendo. Un ejemplo es que mientras Santos establece un tal Comando de Transición de las Fuerzas Militares, las Farc le responden con un ‘Comando Guerrillero de Normalización’ que desde ya propone  “el regreso de la fuerza militar a su rol constitucional de guarnecer nuestras fronteras, el desmonte de los batallones de contrainsurgencia, la reducción del pie de fuerza y (…) reformas profundas en su doctrina militar”. Ya Santos había negado que en La Habana se estuviera discutiendo el desmantelamiento del Ejército pero las Farc lo dejan en evidencia otra vez.

Muchos siguen creyendo que todo esto hace parte de un guion preconcebido para entregarles el poder a las Farc en bandeja mientras Santos queda como un patriota que se jugó por la paz hasta la ropa. Sin embargo, todo parece indicar que este bulto de anzuelos se le enredó a Santos de una manera que jamás había sospechado, y ya no hay duda de que para lograr una firma tendrá que arrodillar al país. Lo cierto es que aun se trate solo de un error de cálculo, eso no lo podrá eximir de su responsabilidad histórica.

 

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Publicado en Editorial

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