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Editorial de DEBATE

Mantenemos solidaridad incondicional con Luis Carlos Restrepo, ex Comisionado de Paz del gobierno de Álvaro Uribe, y rechazamos la persecución política de que es objeto. Pero no podemos dejar de expresar nuestras discrepancias con algunos temas cruciales que toca en la carta que dirigió al Centro Democrático el pasado 25 de abril y que DEBATE publicó ayer.

Reconocemos su magnífica labor como Alto Comisionado de Paz, a través de cuyas gestiones se concretó la desmovilización, el desarme y el sometimiento a la justicia de los paramilitares, se propició con éxito la desmovilización de un crecido número de guerrilleros, y se adelantaron contactos para procesos similares de desmovilización con grupos como el Eln que resultaron fallidos.

En aquel entonces Luis Carlos Restrepo pronunció innumerables discursos, concedió entrevistas, escribió documentos, brillantes y profundos, que son un patrimonio inestimable del país y de la doctrina de seguridad democrática. Repasarlos es una necesidad en estos momentos de ambigüedades y triquiñuelas, cuando se le quieren hacer tragar al país sapos venenosos, totalmente inaceptables.

Sin embargo esa experiencia y ese bagaje conceptual construido entonces, no parece haber sido tenido en cuenta por completo ahora por el mismo doctor Restrepo al analizar las negociaciones con las Farc en La Habana. De eso nos ocuparemos en seguida.

Aunque la columna vertebral de su misiva sea precisamente el proceso de “paz”, colateralmente aborda otros asuntos que merecen unos comentarios. Este en particular: las elecciones presidenciales de 2010.

Recuerda Restrepo que entregó el partido de la U, del cual fue director único, fortalecido, pero que no acompañó a Juan Manuel Santos ni a su fórmula vicepresidencial en 2010.  “Dije entonces, y lo sigo creyendo, que hubiese sido mejor para la democracia colombiana un triunfo del Dr. Antanas Mockus.” Nosotros discrepamos de esa apreciación. El hecho de que Juan Manuel Santos hubiera traicionado el claro mandato que recibió de nueve millones de electores de continuar con los ejes programáticos de la Seguridad Democrática, no puede confundirse con la idea de que era mejor respaldar a Mockus, antagonista declarado de la misma. En la traición posterior de uno no puede justificarse la escapada anticipada de otro. Eso es un contrasentido.

¿Respaldar y continuar el proceso con las Farc?

La primera gran inquietud que nos asalta es la propuesta de Luis Carlos Restrepo al Centro Democrático a comprometerse a proseguir el proceso de “paz” con las Farc, si gana las elecciones de 2014. E incluso de sumarse a las negociaciones desde ahora, con algunas condiciones inanes.

Empieza su análisis con una alusión general válida, pero que esconde una sutil sugerencia no tan atinada. “No obstante las críticas que Ustedes han formulado al gobierno del Presidente Juan Manuel Santos y al diálogo con las Farc –escribe dirigiéndose a los líderes del CD-, sé que ninguno está apostándole a un futuro de guerra, ni es ajeno a la posibilidad de una salida concertada con quienes han tomado las armas en contra del Estado.” ¿Qué es eso de estar “apostándole a un futuro de guerra”? Si bien los colombianos en general desean la paz, no son ellos los que han provocado la violencia que los azota. Si los grupos al margen de la ley han desafiado con las armas al Estado y la sociedad, con el fin de vencerlas y someterlas a su férula, y si esos grupos no han renunciado a esos propósitos, ¿cómo podemos los colombianos renunciar a enfrentar esa amenaza y defender las instituciones democráticas, porque de hacerlo estaríamos “apostándole a un futuro de guerra”?

Habla Restrepo de no ser ajenos a “una salida concertada con quienes han tomado las armas en contra del Estado”. Expresión vaga y riesgosa. Conversar, dialogar, negociar, sí, para concretar la desmovilización, el desarme y el sometimiento a la justicia (con algunas concesiones, como se hizo con los paramilitares). Sin impunidad, exigiendo reparación a las víctimas, sin otorgar elegibilidad a responsables de crímenes atroces, ni negociando la institucionalidad con los narcoterroristas. Temas vitales que la carta soslaya, dejando abiertas las puertas a una “salida concertada” como la que se está sellando en Cuba. Ya lo explicaremos adelante con más detalle.

Continuar el proceso de “paz” de Santos con las Farc, así se abogue por efectuar “los correctivos necesarios” que dicten los ciudadanos en las urnas, es ni más ni menos que aceptar dicho proceso desde ahora, con sus características y condiciones. Es decir, sin que las Farc cesen sus actividades criminales, sin que declaren que depondrán y entregarán las armas y se desmovilizarán, sin su compromiso a abandonar la tesis de la toma del poder por las armas, sin pedir perdón a las víctimas, sin sometimiento a la justicia…

Eso es evidente, pues Restrepo habla de unas supuestas exigencias que el CD debería plantear a las Farc para “continuar el proceso”.  Es indiscutible que de lo que habla el ex comisionado es del respaldo del CD al proceso actual y su continuación, sin que se alteren sus parámetros básicos. Basta examinar las “condiciones” que sugiere para dar ese paso fatal, para comprobarlo. La primera, al estilo de lo que Santos pregonó por más de un año mientras negociaba en secreto con los terroristas: pedirles “gestos de paz” para sacar la llave que abriría las puertas de la paz. Usa Restrepo el mismo término de “gestos de paz” y los enumera del mismo modo que lo hiciera Santos repetidas veces: “cesar la extorsión, el reclutamiento de menores y dejar de sembrar minas en los campos.” Y no más. La segunda condición es absolutamente vaga: “que se abra un espacio a las víctimas de este grupo guerrillero”. Para que las víctimas dizque digan hasta dónde otorgarán perdón a los victimarios; pero de lo obligación de éstos de hacerlo, ni una sílaba.

La tercera condición, estampada al final del mismo párrafo, es de antología. “Y creo además, como claman intelectuales y sectores de izquierda, que se necesitan cambios estructurales para que la paz sea duradera.” En vez de una condición para imponer a las Farc, es aceptar su discurso y someterse a que ellos –con la ayuda interesada o inocente, lo mismo da, de “intelectuales y sectores de izquierda”- dicten los cambios “estructurales” que se les antojen sobre Colombia, para que se avengan a deponer los fusiles. ¿Cómo volver, a estas alturas, a justificar la actividad de los terroristas por la existencia de desigualdades e inequidades sociales y económicas? Eso es legitimarlos. Como de nuevo lo reitera Restrepo cuando, al final de otro párrafo en que demanda cambios profundos, concluye: “No podemos dejar que la miseria urbana y campesina sigan siendo caldo de cultivo para que nuestros jóvenes se vinculen a la ilegalidad.”

Mezclar el análisis de los problemas económicos y sociales con la cesación de las actividades de los terroristas es un completo despropósito. Justifica su accionar criminal. Les otorga legitimidad para reclamar y exigir cambios. Deja abierta las puertas para nuevos brotes violentos, porque la superación de las desigualdades no es cosa de un día para otro. Reviste la violencia de una aureola de virtud. Engaña, pues está demostrado que la pobreza no conduce a la violencia. Lamentable tener que repetir estas cosas frente a una persona de la talla intelectual de Luis Carlos Restrepo, que hizo los más lúcidos análisis de este problema en los años pasados.

¿Convocar una Asamblea Constituyente?

Otro terreno lleno de ambigüedades es el de la convocatoria de una Asamblea Constituyente, como lo ha pedido la guerrilla.

Las imprecisiones campean en el documento. Seguramente no de manera inocente.  Veamos una, que puede servirnos de entrada a un análisis de esa propuesta mayor, como es la de una Asamblea Constituyente: “A diferencia de lo que dice el Dr. Humberto de la Calle, creo que son necesarios cambios en el modelo económico y en la doctrina militar, no para ser debatidos en la mesa de La Habana, pero sí para ser acordados entre los ciudadanos”, explica Restrepo. De la Calle no ha dicho que no se necesitan esos cambios, sino que no están entre los puntos acordados para dialogar en Cuba, como también parece asegurarlo Restrepo.

Pero si uno sigue el encadenamiento de sus análisis, encuentra sorpresas poco agradables. Los cambios de modelo económico y de la doctrina militar, así como el reordenamiento del Estado y otros temas, según Luis Carlos Restrepo, deben resultar del diálogo civilizado con los ciudadanos, y consagrarse a través de mecanismos democráticos en las urnas. “El gran Acuerdo de Paz se logra con los ciudadanos desarmados, y con dirigentes capaces de liderar los cambios que necesita el país, abriendo así los cauces a una paz duradera”, afirma. Pero agrega una nota singular: “Los acuerdos a los que se llegue con los grupos armados ilegales son accesorios a este pacto nacional, que debe pasar por una Asamblea Constituyente.”

Entonces tenemos que, según Restrepo, el país necesita grandes cambios económicos, sociales, de reordenamiento del Estado, de su doctrina militar, para poder conseguir en Colombia una “paz duradera”.  Esos cambios deben discutirse con los ciudadanos, quienes “a través del voto popular deben dar el mandato para emprender las reformas necesarias”. Se supone que las elecciones de 2014 serían ese escenario. Pero hasta allí se trataría simplemente de “un mandato para emprender reformas”. A juicio de Restrepo, las reformas se coronarían con una Asamblea Constituyente, que refrendaría el gran “pacto nacional”. Y allí llegarían además, aunque como “accesorios”, los acuerdos con la guerrilla.

Es obvio que, por tanto, se concede a los acuerdos con los terroristas la potestad de ocuparse de las grandes reformas del país. O sea que no serían simplemente las condiciones de desarme y reinserción, que no requieren ningún cambio de la Carta Política. Y en cuanto al carácter de “accesorios” tenemos fundadas dudas. ¿Aceptarán los alzados en armas que, por ejemplo, esa Asamblea deseche sus pretensiones? ¿No quedará el país sometido al chantaje de esa minoría violenta, que mantendría las armas en la mano, y no aceptaría desmovilizarse si no se atienden sus propuestas?

Ya para finalizar, Restrepo estampa una consideración desconcertante: “No podemos responder a nuestros opositores con la misma mezquindad con la que atacaron nuestros esfuerzos por desmovilizar a las autodefensas.” No se trata de mezquindad, ni del debate entre izquierda y derecha, como menciona el ex comisionado. Se trata de la moral y los principios.

De no tener una doble moral y de persistir en los principios. De defender los mismos criterios que se aplicaron en la desmovilización de las autodefensas, y que Restrepo lideró con solvencia y altura. Principios contenidos en la Ley de Justicia y Paz, con rebaja de penas sí, pero sin impunidad, con obligación de confesar la verdad, de reparar a las víctimas, sin elegibilidad para autores de delitos de lesa humanidad o crímenes de guerra, sin negociar con ellos asuntos distintos a su desmovilización, desarme y sometimiento a la justicia, con acatamiento de los tratados internacionales como el de Roma que creó la CPI. Temas sobre los que, desafortunadamente, la carta del ex comisionado guarda inquietante silencio.

Hechas estas consideraciones, solo queda una pregunta, que no atinamos a responder. ¿Por qué Luis Carlos Restrepo está proponiendo respaldar, ni más ni menos, las negociaciones de “paz” de La Habana?

 

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Publicado en Editorial

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