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Jorge Enrique Pava Quiceno

Tal vez el tema de mayor auge durante los últimos tiempos es el de las víctimas. Se ha acudido a ellas para manipular su condición y lucrarse de su sufrimiento; se han enaltecido para obtener beneficios políticos, reclamar privilegios y lograr vilmente espacios en su nombre, en actos humillantes e ignominiosos que son la peor revictimización. El de las víctimas se convirtió en un tema politiquero tan recurrente como el de la educación, la salud, la seguridad, la cultura, etc., a los que se acude para exprimir el presupuesto en favor de unos pocos (no víctimas) y se aborda para hacer proselitismo engañoso.

Que la verdad, la justicia y la reparación son aspectos definitivos para lograr la reconvivencia nacional, no tiene ninguna duda. Que a las víctimas hay que darles espacios políticos y de representación en nuestros organismos democráticos, es otra verdad innegable. Pero también lo es que hay mucho buitre político al acecho de las oportunidades que ellos mismos generan para hacerse con ese botín apestoso pero millonario. 

Por eso llama positivamente la atención el nombre de Oscar Tulio Lizcano como candidato a la Cámara de Representantes en las elecciones de marzo próximo. Porque si hay alguien que pueda llamarse víctima y representar sus intereses es precisamente él, quien estuvo secuestrado durante más de ocho años y logró escaparse de las garras asesinas de los criminales farianos. Porque si quienes hoy dicen luchar por la reivindicación de las víctimas a través de las 16 circunscripciones especiales fueran coherentes, Oscar Tulio y los demás sobrevivientes del terrorismo fariano tendrían en ellos los votos suficientes para alcanzar sus curules sin necesidad de acudir a ningún partido político.

Pero como es obvio que en esta materia no hay coherencia, ni lógica, ni decencia, Oscar Tulio tiene que buscar sus votos recorriendo el departamento y llevando un mensaje de reconciliación admirable; un mensaje de perdón que, aunque nace de su corazón, es difícil de acoger; un mensaje de olvido que, aunque está lleno de sinceridad, es casi inabordable para una sociedad maltratada y adolorida.

Tengo que admitir que en un principio encontré en el nombre de Oscar Tulio Lizcano un sentimiento de rechazo, por lo que el nepotismo ha significado para nuestra política. Llegué a considerar que su presencia en la arena electoral era una especie de imposición y una herencia obligada. Pero con el tiempo, y a través de su discurso de paz y decencia, comprendí que no hay imposición porque él ha puesto su nombre a consideración de los electores y son ellos quienes darán su veredicto; se ha sometido al juego democrático y al escrutinio general; y que los votos los tiene que buscar en el pueblo, en las veredas oprimidas, en los municipios olvidados por el Estado y en los diferentes rincones del departamento donde ayer dominaban sus captores, sus secuestradores y quienes le arrancaron de tajo gran parte de su vida.

Captores y secuestradores que sí llegarán al Congreso por imposición de un presidente débil, connivente y cómplice; terroristas que obtendrán sus curules en contra del querer de los colombianos y que entrarán cínicamente a corromper aún más nuestros estamentos democráticos. Y entonces me cambió mi perspectiva: me hizo pensar en que un nuevo enfrentamiento entre secuestrados y secuestradores, pero esta vez dentro de la institucionalidad, puede llegar a demostrarle a ese país ciego que el terrorismo es derrotable y que la izquierda asesina y perversa no merece ninguna consideración. Me hizo pensar en que  sería muy productivo para el país ver enfrentados a los carceleros inhumanos con quienes fueron objeto de sus vejámenes, torturas y maltratos; ver en un mismo escenario a quienes ayer ostentaban la prepotencia de disponer de la libertad, la salud, la locomoción y la vida de personas inocentes, y a quienes sufrieron esas torturas; ver en un mismo escenario a los autores de los crímenes más atroces y a quienes fueron testigos de ellos en su condición de secuestrados.

El perdón es un acto personal, voluntario, íntimo y noble. Y no puede ser impuesto por decreto, ni obligado por ley, ni generalizado por voluntad imperial. Y si bien Oscar Tulio pregona su perdón (en una actitud noble, generosa y sincera) somos millones  de colombianos quienes reclamamos justicia y exigimos castigo; y creo que su regreso al Congreso puede ser una pequeña dosis de castigo para el terrorismo.

JORGE ENRIQUE PAVA QUICENO

C.C. 10.259.699 DE MANIZALES

 

Publicado en Columnistas Regionales

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