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Mario Fernando Prado                                       

Muchos colombianos se andan preguntando por qué su santidad Francisco no incluyó a Cali en su periplo de 99 horas en nuestro país.

Nuestra ciudad, tercera de Colombia, ejemplo de civismo y de pujanza, es además la capital del Pacífico y de un departamento multiétnico, laborioso y progresista.

Pues, aunque me recuerden que “la ropa sucia se lava en casa”, debo decir la razón por la cual no fuimos tenidos en cuenta por las altas jerarquías del Vaticano, en un desaire que no se compadece ni con el occidente colombiano, ni con un lugar que como pocos ha padecido los excesos de la violencia, el desplazamiento y todo cuanto ello conlleva.

Sucede que la Arquidiócesis local tiene serios problemas morales y de malos manejos financieros, situación esta que, a pesar de haberse querido ocultar (“tapen, tapen”), estas anomalías han llegado hasta la Santa Sede.

Los casos de pederastia que nunca han tenido su justo castigo y frente a los cuales el arzobispo insinuó, justificándose, que fueron culpa de los padres de los menores violados que le entregaran sus hijos al párroco que los ultrajó perversamente.

Frente a lo anterior, la Iglesia ha manifestado no tener los recursos para reponer a las víctimas como es su obligación y, vaya paradoja, por culpa de los malos manejos que vienen de tiempo atrás, está en bancarrota.

No sólo los camposantos, que han sido la joya de la corona, están en una crisis económica que se advierte en el estado de los mismos, sino también las finanzas parroquiales, que han convertido las limosnas en plata de bolsillo de sus titulares y, lo peor, algo que han tenido bien guardadito: la Arquidiócesis, sin la autorización debida, colocó en las pirámides Estraval y Elite mas de $4.800 millones que, no nos digamos mentiras, se perdieron vergonzosa y culposamente.

Con semejantes antecedentes es lógico que el máximo jerarca de la Iglesia no venga por estos lares, abandonando a los católicos, apostólicos y romanos de estas latitudes y, como se dice en el argot popular, los dejó “comiendo pavo”.

El Espectador, Bogotá, 07 de septiembre de 2017

Publicado en Columnistas Regionales

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