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Mario Fernando prado                                     

Lo más lógico era que el Papa hubiera venido a Cali. Esta ciudad ha recibido el azote del narcotráfico y la guerrilla, del paramilitarismo y el desplazamiento, y como a ninguna otra ciudad colombiana le ha tocado poner el pecho para recibir a los heridos de la guerra, a las familias de los soldados fallecidos en combate y más recientemente, a la violencia de las Bacrim y el imperio del microtráfico que ha disparado la violencia a niveles incontrolables. 

Por ello la presencia del Sumo Pontífice habría sido un paliativo para tanto sufrimiento y tantas visicitudes. Y por decir algo, un regalo para los millones de católicos de esta región del país que harto les habría servido para renovar su fe y no desfallecer en sus esperanzas de paz y tranquilidad.

Pero no. A pesar de que uno de nuestros Obispos auxiliares ha sido figura principal en la organización del periplo franciscano y de que nuestra ciudad representa el maltratado occidente colombiano, Cali se desechó desde un principio en un acto de injusticia e ingratitud. Y nadie -así somos aquí- alzó la mano para reclamar y protestar ante semejante desplante.

Ninguna explicación se dio sobre el particular, entre otras cosas porque nunca se pidió ni se exigió, pues se sabía y se comentaba en las altas esferas que las razones eran otras y tan poderosas que era mejor pasar de agache, como siempre sucede cuando se tiene rabo de paja.

Y es que hasta la Santa Sede llegó el escándalo de los curas pederastas y la reparación de sus víctimas que finalmente se volvió un vergonzoso tema económico, con unas destempladas declaraciones del Arzobispo que insinuó que los culpables de las violaciones habían sido los padres de los infantes que le habían soltado sus hijos al cura degenerado ese, que no tiene perdón de Dios.

Pero no solamente lo anterior. Se conocieron más y más casos de conductas similares que se trataron de ocultar con el conocido ‘tapen tapen’, pero que finalmente se filtraron y cuya respuesta ha sido un sospechoso silencio y una victimización, pasándose de acusados a acusadores.
Y como si esto fuera poco, han trascendido ya otras anomalías en el seno arzobispal, las cuales fueron puestas en conocimiento, desde hace meses, a las máximas jerarquías vaticanas y de las que hemos venido a saber gracias a una carta pública que ha dado a conocer el padre Germán Robledo, autor de varios libros y ensayos sobre la pederastia en la curia de Cali.

Se trata de unos dineros que se embolataron y nadie ha respondido por ellos. Se habla de cifras que van entre los dos mil hasta los cinco mil millones. Se dice que sin autorización alguna se colocaron en una especie de pirámide. Se comenta además que los cementerios, que eran la joya de la corona en materia económica, están en bancarrota y de allí el deplorable estado en que se encuentran. Entonces y con semejantes finanzas, ¿de dónde van a sacar la platica para reparar a las víctimas de la pederastia?

Estas son pues las razones por las cuales el Papa no se atrevió a pisar este territorio minado de corrupción y complicidades que vienen desde tiempo atrás, y que hoy el arzobispo Monsalve trata de disimular con sus actuaciones de pacificador y amigo incondicional de los reinsertados a quienes les dedica buena parte de su labor pastoral.

El País, Cali, 04 de septiembre de 2017

Publicado en Columnistas Regionales

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