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Mario Fernando Prado                                         

La erradicación manual de los cultivos de coca ha servido para que pasemos de 96.000 hectáreas detectadas en el año 2015 a 150.000 el año pasado, es decir, un incremento vergonzoso del 50 %.

En solo el departamento de Nariño, este cultivo es mayor que toda la coca sembrada en Bolivia, lo cual dimensiona la magnitud del problema que padecen los pobladores de una sola región de nuestro país.

Aunque sé que el Gobierno está haciendo una labor importante, creo con dolor que ya es demasiado tarde y el mal está hecho: Nariño pasó de ser un territorio pastoril y papero a una tierra de violencia coquera que tiene en Tumaco el final del embudo.

Fueron muchas las alertas que se encendieron denunciando lo que se estaba cocinando. Fueron muchos los llamados a las autoridades para que vieran con sus propios ojos la dimensión de los cultivos. Fueron muchas las súplicas tumaqueñas que imploraron más presencia del Estado, y desafortunadamente hubo una desatención suicida.

Las gentes de Tumaco están acorraladas. Y no saben qué hacer : si se aprieta a los dueños del negocio, los campesinos bloquean la carretera y amenazan con un paro, y si se maneja la situación con algodones, aumentan más las siembras de coca.

Por otra parte, la sustitución de cultivos de coca por yuca —por ejemplo— es un pésimo negocio y los pastusos de tontos no tienen sino los cuentos; no van a dejar sus rentables parcelas con los compradores asegurados por sembradíos que no rentan ni la quinta parte y que dependerán del Estado para poder venderlos y que les paguen lo cultivado.

Así es Tumaco, el puerto donde la “mercancía” da para los excesos de una violencia que podrá superar la de Buenaventura, en el cual sus habitantes se han declarado “tumbados” por los gobiernos de turno.

De allí que no sería raro que su nuevo nombre fuera “Tumbaco” en honor de lo mucho que se les promete y nada se les cumple, máxime cuando un ex jefe guerrillero está comprando miles de hectáreas —por las buenas o por las malas— para no tener que pagar sino unos jornales y así consolidar un imperio más del narcotráfico colombiano.

El Espectador, Bogotá, 13 de julio de 2017

Publicado en Columnistas Regionales

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