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Gonzalo Mejía Córdoba                                       

El mismo día en el que se escuchó la noticia de la explosión, hice por las redes sociales el siguiente comentario: “El atentado en el Centro Comercial Andino en Bogotá, es un grito que le dice a Colombia, a América y al resto del mundo, que la tan hablada paz del “nobel” es falsa”. Al instante, apareció la voz discordante de uno de aquellos furibundos resentidos sociales que los irrita todo lo que no esté en consonancia con lo de ellos, diciendo que “esto es oportunismo que se aprovecha del dolor de las víctimas”.

Leer para no interpretar es no leer, dije para mis adentros. Nada bueno podemos esperar de aquellos que actúan dominados por los impulsos y no por la razón. De ahí que su grito, más que sinónimo de rebeldía, es un lamento de soledad. Ligado al grupo de los abanderados de la palabra hiriente que le dicen “sí al aborto y no a la muerte de un toro”, los mismos que le hacen “oposicioncita” a la oposición y no al gobierno, que hablan en contra de la corrupción y la practican, se hacen los que no entienden que “si yo anulo al otro me quedo más solo de lo que estaba”. Hundido en esa contradicción, no es difícil ver la escasa visión de país que lo cubre; no sabe que el odio personal no le permite diferenciar entre la falsa y la verdadera paz. Algún día entenderá, no sé cuánto se demore, que vale más el rebelde que hace política por pedagogía convencido de que la pureza no existe y tampoco las cosas puras, qué decir de aquel “revolucionario” que quiere imponer su voz a sabiendas de que ella guarda algunos “algodones enmohecidos” que se la contaminan.

¿De qué sirve aparentar que se es de “izquierda” si se practica lo que se le critica a la derecha y se oculta la verdad en el silencio? ¿Qué de malo y de “oportunista” tiene entonces decir que con este atentado en el Centro Comercial Andino, son los mismos terroristas quienes le están gritando al mundo que la fantasía de la “paz” pactada entre ellos y el gobierno es falsa? No se sabe quién es el “oportunista” entonces: si el que acorde con lo que sucede en el país hoy persiste en la denuncia de la falsedad, o el que se le atraviesa para que no se conozca la verdad. La política hecha con ira o con venganza enferma el alma: las higueras punzan, las espesuras refrescan; yo me quedo con las últimas, que en este caso simbolizan al pueblo.

Claro que duele, y mucho, el dolor de las víctimas de este atentado y de las granadas y la minas que explotan en barrios y veredas, de los asesinatos de policías y soldados entre otros. Pero duele mucho más el dolor de las víctimas que en el futuro vamos a ser muchas, a medida que nos ahondemos en la trampa producto de la traición pactada para llegar al país del “postconflicto” en el que, comprando la bolsa en el Supermercado ya no habrá contaminación, y el gobierno será el narcotráfico, porque gracias a la próxima visita del Papa Francisco que viene para respaldar la entrega de nuestro país al castro chavismo y para bendecir el aumento de los cultivos de producción de coca, el monstruo destructor se irá vestido de blanco camino hacia la “canonización”. Lo que sin duda nos ayuda a aclarar que, en definitiva, las religiones son un negocio rentable que ha convertido a Dios en objeto comercial.

Sin embargo, algún día ojalá pronto, le demostraremos al gobierno que está próximo el día en que los colombianos de bien pasaremos de majaderos a sensatos, y que la mentira acaba estrellada contra el muro de la verdad. Y así, seguimos avanzando en este difícil y riesgoso arte de la comunicación hoy en este país en el que decir la verdad se convirtió en motivo de ofensa y hasta en delito, dedicados, haciendo escuela que nos ilustre y que a través de la práctica diaria nos prepare cada día más para poder enfrentar el embate de los acontecimientos que a diario suceden.

Aún no se convence el ex presidente Juan Manuel Santos, para quien el que cualquier colombiano se reúna con el presidente Trump viola la soberanía nacional; en cambio, reunirse con alias Timochenco “dignifica al Estado, al país y fortalece la paz”. Que por mucho que se esfuerce en mentirle a la comunidad internacional ocultando que es el comandante de “la combinación de todas las formas de lucha”, a los colombianos y a los vecinos para justificar el derroche de los dineros públicos imponiendo la fantasía de la “paz” sustentada en el engaño, su credibilidad pierde peso. Que el premio que recibirá no será otro distinto al fracaso, al que también lo está llevando hoy el creciente desprestigio, empezando porque tiene que callar ante el grito ofensivo que le hace Nicolás Maduro el genocida del pueblo venezolano que ahora le dice en público que es el “papá”, seguro de que lo tiene cercado.

De ahí, que, no renunciaremos al trabajo que venimos haciendo en el sentido de contribuir a esclarecer la trama oscura fraguada por Juan Manuel Santos y sus conmilitones en la que está en juego el futuro del país, para que así comprendamos mejor la diferencia que existe entre su “pa$” falsa y la verdadera paz que añoramos los colombianos de bien, tomando a los estrujones como impulso para seguir avanzando por el camino entre higueras que hieren y espesuras que refrescan.

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Publicado en Columnistas Regionales

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