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Darío Acevedo Carmona

Redacto estas notas mientras transcurre el “paro armado nacional” convocado por la guerrilla del Eln para presionar la continuidad de las negociaciones de paz a través de actos terroristas y concluye la clásica de ciclismo “Oro Y Paz” en homenaje a una paz inexistente.

La diferencia entre lo que estamos viviendo y sufriendo y las declaraciones insulsas, vacías e increíbles de los gobernantes de Colombia es abismal.

Porque, ¿cómo es posible que el presidente Santos haya recibido el Nobel de Paz por haber firmado un acuerdo con una guerrilla que dejó tras de sí más de 1.000 hombres en disidencia armada, sin que ni siquiera haya habido comparecencia ante la instancia creada por ellos mismos (la JEP)?

¿Y que Santos, en la Asamblea General de la ONU, haya proclamado ante el mundo que en Colombia “se terminó la guerra” mientras el Eln copa territorios y realiza ataques contra oleoductos contaminando aguas de consumo humano y animal y asesina policías y soldados a quienes se les ha dicho que ya no hay guerra?

¿Y que a las Farc se les ocurra hacer campaña para elecciones al Congreso y a la Presidencia de la República sin saldar cuentas por sus crímenes de guerra, sin mostrar verdadero arrepentimiento, sin reconocer sus culpas y sin reparar a sus víctimas?

¿Y que en actitud de enorgullecerse de sus atrocidades, las Farc conservaran las iniciales de muerte con las que ensangrentó a la sociedad?

¿Que el gobierno Santos y las Farc hayan desconocido el triunfo del No en el plebiscito del 02/10/2016 para imponer un acuerdo entreguista que consagra la impunidad y el mayor desbarajuste institucional de que se tenga información en la historia del país?

¿Y que en el telón de fondo se piense escribir una vez más la ignominia de humillar el Estado colombiano ante el Eln que lo desafía con un “paro armado”?

¿Cómo quieren, el señor Santos y sus minimalistas ministros del Interior y Defensa, su alto comisionado de Paz, los líderes de opinión de los grandes medios y los columnistas verdes, amarillos, rojos, progres socialbacanes y liberales desteñidos, que en torno del susodicho acuerdo no se haya creado un masivo malestar y un sentimiento de indignación que, tarde que temprano, se manifestaría como en efecto estamos presenciando en distintas ciudades del país contra el candidato presidencial de las Farc, alias Timochenko, quien es recibido con chiflidos, silbatinas y gritos de “Fuera”, “asesino”, “hp”, etc., y en vez de aplausos le arrojan papeles, tomates y huevos?

¿Qué esperaban los defensores de una candidatura que se pasa por la faja la prohibición constitucional de que condenados por delitos comunes y crímenes de lesa humanidad puedan ser electos a cargos de representación popular y a la Presidencia?

La indignación popular, como era de esperar, ha sido objeto de descalificaciones por parte de los ilustres defensores del “nuevo orden” o “régimen de transición” de 12 años. Sostienen que se está jugando con candela, que se está impidiendo el derecho a postularse y a hacer proselitismo, que ese proceder es fascista, que es fanatismo, que es violencia, que es una incitación a la guerra, que es intolerancia, y no podía faltar: que es un plan orquestado por el uribismo y el Centro Democrático.

Ellos sí que pueden estar indignados, como si no entendieran que estamos ante una manifestación de justa indignación, no ante el dr Fajardo o el dr De la Calle o Vargas Lleras o el senador Robledo u otros líderes de izquierda, sino ante unos criminales de guerra que quieren ocupar el solio de Bolívar pisoteando la Constitución Nacional.

Y que la silbatina, los tomates y los huevos son parte de las protestas que en cualquier país democrático tienen cabida, son legales y tolerados como mecanismo de expresión de la inconformidad. De ellos han sido objeto presidente, reyes, primeros ministros, y en Colombia el presidente Santos a quien ya no quieren recibir casi en ningún poblado de la nación.

Y ya que tenemos memoria corta, hay que recordarle a la mamertería nacional los abusos cometidos en nombre de las protestas populares de las cuales se creen amos. Los abucheos y mítines callejeros contra el coronel Plazas Vega por parte de los miembros del Colectivo José Alvear Restrepo dirigidos por el hoy congresista Alirio Uribe, las marchas, mítines y desfiles en el exterior e interior contra el expresidente Uribe, la infiltración de activistas violentos en paros y huelgas legales de sindicalistas, el bloqueo de carreteras y muchos otros desmanes.

¿Cómo olvidar las imágenes aún frescas de soldados humillados, arrastrados, pateados y escupidos por grupos indígenas azuzados por las guerrillas en el Cauca en diversas fechas, la última en una invasión en la que un amotinado le pone su machete en la nuca a un soldado?

Con una diferencia cualitativa, en los casos de la tropa, de Uribe y de Plazas, el bochinche y linchamiento moral era contra autoridades legítimas, no contra delincuentes y condenados.

Los líderes de opinión y el Gobierno, al condenar las protestas contra alias Timochenko, irrespetan a las víctimas no reparadas de las guerrillas como si ellas ni siquiera valieran los huevos arrojados.

El Espectador, Bogotá, 11 de febrero de 2018.

Publicado en Columnistas Nacionales

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