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Jesús Vallejo Mejía  

Toda empresa política parte de ciertas representaciones y valoraciones sobre la realidad social, los medios de acción sobre la misma y los resultados que se espera obtener. Y en cada uno de esos escenarios se decide más con base en conjeturas que en hipótesis rigurosamente establecidas. Muy a menudo es la intuición la que señala la ruta que debe seguirse. Como en los famosos versos de Machado, "...no hay camino, se hace camino al andar".

La película "Las Horas Más Oscuras" que se exhibe en estos días ilustra de modo elocuente sobre estos aspectos cruciales del drama de la política.

Parafraseando un célebre texto de Stefan Zweig, bien puede decirse que esos primeros días del ascenso de Churchill al cargo de Primer Ministro del Reino Unido, que son el tema de la película, constituyen un momento estelar de la humanidad, un hito decisivo en el ajetreado devenir de la Civilización Occidental y, por qué no, de la historia universal.

Ahora que los colombianos nos aprestamos a emitir, o dejar de hacerlo, unos votos decisivos como nunca antes para la suerte de nuestra república, bueno sería que muchos vieran la película y asimilaran sus enseñanzas, para así darse cuenta de lo que está en juego en el inmediato porvenir.

En varios escritos he señalado que el fondo de esa votación implica decidir entre el gobierno de transición que reclaman las Farc para avanzar en su proyecto totalitario y liberticida, o uno de contención de las protervas aspiraciones de esa horda criminal.

El que quiera lo primero, puede votar por Petro, Fajardo, De La Calle, Timochenko y las listas de los partidos y movimientos que los patrocinan. Los que descrean de lo que estos personajes representan tienen a su alcance unas opciones nítidas: los candidatos de la Gran Alianza y las listas del Centro Democrático.

Los primeros enarbolan las banderas de un falsa paz, la que promete el NAF, que es resultado de la más vergonzosa claudicación ante el crimen que ha conocido nuestra Colombia en toda su historia.

Ya se está viendo que esa paz es ilusoria, engañosa y generadora de nuevas violencias.

Para las Farc, constituye apenas un subterfugio que les permite seguir delinquiendo sin cumplir con sus compromisos de entrega total de las armas, de disolver sus agrupaciones criminales, de devolver los niños reclutados, de dar libertad a los secuestrados, de poner término a sus nexos con el narcotráfico, de resarcir a sus innumerables víctimas y de integrarse lealmente al escenario político para competir en igualdad de condiciones con sus demás actores.

Difícilmente habrá paz en Colombia mientras las Farc mantengan su adhesión al funesto credo marxista-leninista, sigan diciendo que el modelo que pretenden implantar en Colombia es el castro-chavista e insistan en su programa de combinación de formas de lucha revolucionaria, que les permite obrar como partido político regular, pero al mismo tiempo como animadoras de movimientos de protesta popular pensados para sembrar la anarquía en todo el territorio nacional bajo la mirada impotente de las autoridades encargadas de preservar el orden público, así como llevar a cabo sus propósitos de vindicta a través de la JEP que ya controlan, y de represión de sus contradictores por medio de la policía política que el vicepresidente Naranjo se comprometió en La Habana a poner en marcha al servicio de sus odios y sus temores.

Insisto en que el NAF trata de convertir a las Farc en un partido hegemónico, dotado de privilegios exorbitantes y claramente inadmisibles dentro de una sana concepción democrática. No es la profundización de la democracia lo que se busca con ese régimen de favor, sino su destrucción en beneficio de un grupo que aspira a convertirse en partido único o al menos dominante.

Ya se ve con entera claridad que el NAF es producto de un entendimiento entre la cúpula de las Farc y la camarilla que rodea y apoya a Santos, pero no cuenta con el respaldo de la Colombia profunda, que no solo desconfía de esos falsos redentores, sino que les teme e incluso los odía por su arrogancia, su desfachatez y su maldad.

Lo que acaba de suceder en Armenia es bien diciente y de seguro se repetirá en muchos otros lugares durante esta campaña, con resultados imprevisibles.

La alternativa frente a esta mendaz transición no es precisamente la guerra, pero sí el ejercicio legítimo de la autoridad para enderezar el rumbo de Colombia. Si las encuestas muestran que la gran mayoría de la opinión considera que vamos por mal camino, la solución no es votar por quienes pretenden seguir transitándolo, sino por los que, a sabiendas de las enormes dificultades que nos rodean, quieren corregirlo.

Publicado en Columnistas Nacionales

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