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Álvaro Jiménez Guzmán

Como una cruel inocentada el presidente Santos declaró, desde el Tolima, que “Colombia tiene una enfermedad mental que solamente le permite ver las noticias malas y no aprecia las noticias buenas y que había que afrontar esa enfermedad y que había que combatirla y curarla”, refiriéndose a una entrevista, en El Tiempo, del 28 de diciembre pasado, al psiquiatra Rodrigo Córdoba, quien asegurara que “el país está en constante pesimismo y no logra ver las cosas buenas”.

Semejante insulto al pueblo colombiano, valiéndose como caja de resonancia del concepto de una “lumbrera” en siquiatría, generó una cascada de críticas en todo el país. Quiero destacar apartes, entre otras, las de Iván Cancino, Ana María Abello y el periódico El Mundo, de Medellín.

Iván Cancino, en “Los irreverentes”, de diciembre 31, en su artículo “Un desconectado de la realidad,” dice que “Siempre hemos sabido que los presidentes de cualquier país del mundo terminan sus gobiernos con el sol a sus espaldas. Pero lo que yo no sabía hasta ayer era que en contadísimos casos mandatarios salientes terminan delirando, botando babaza y maltratando a sus conciudadanos. ‘Es algo muy típico de los dictadores’, me explicó un psiquiatra amigo que me exigió el anonimato porque--según argumentó--sería un atrevimiento de su parte ponerse a la altura de su colega Rodrigo Córdoba, la lumbrera que citó el miércoles Juan Manuel Santos para disimuladamente insultar a los colombianos y a sus medios de comunicación”.

Ana María Abello, en su columna “Amnesia: la verdadera enfermedad mental”, dice en “Los irreverentes” del 28 de diciembre: “Por últimas el cada vez más descachado Santos resolvió diagnosticar a la sociedad colombiana de una enfermedad mental porque, según él, somos incapaces de apreciar las buenas noticias y porque nos gusta vivir en guerra. Como siempre, el señor Santos recurre al absurdo para torcerle el brazo al pueblo colombiano y que acepte lo inaceptable: que los terroristas rijan el futuro de nuestro país”.  

Y “El Mundo”, en su editorial de diciembre 30, titulado “El siquiatra (aficionado) Juan Manuel Santos”, dice que “En madrugadora celebración del Día de Inocentes, Juan Manuel Santos optó, no con mucho éxito, por transmutar su actual oficio de presidente y su profesión de economista, por el de novel médico siquiatra. En tanto tal, diagnosticó una enfermedad mental generalizada entre los colombianos que critican su acuerdo con las Farc. Indicó, pues, algo parecido a una epidemia”.

“Desconectado de la realidad”, “amnesia” y “siquiatra aficionado” enmarcan una densa enfermedad del presidente Santos. Desglosar esta dolencia lleva al camino calamitoso de que sus actos frustrados tienen un sentido demasiado implacable en el determinismo freudiano. En los mecanismos tan complejos de la palabra, la memoria y la acción, se debe analizar, en el curso del psicoanálisis, si hay en su personalidad otras causas perturbadoras más allá de las afectivas. ¿Esconde su conciencia fantasmas y actos frustrados inmersos en sus sueños, un “camino real que conduce al inconsciente”? ¿Están anclados aquí sus deseos megalomaníacos de la infancia? En el plano del comportamiento, sus trastornos son impulsivos y con frecuencia mentirosos, y hasta verdaderamente mitómanos. Sus reacciones ante las frustraciones inevitables en torno a acontecimientos de la vida nacional son en gran medida infantiles y primitivas.

Su idea obsesiva de entregarle el país a unos asesinos que ensangrentaron al país por décadas, con el pretexto de una negociación para alcanzar una paz indigna, lo asedió de tal manera que irrumpió en su pensamiento como un fenómeno mórbido y parásito. Sobornado por el dinero del narcoterrorismo de las Farc para convertir a Colombia en otra colonia del socialimperialismo cubano, como la triste Venezuela de hoy, deshizo todas las políticas públicas de desarrollo socioeconómico y de seguridad nacional del gobierno del presidente Uribe, siendo el mismo Santos miembro de su gabinete. Su falsa careta de demócrata, dentro de su enfermedad de mitómano, ha hecho decir a sus críticos que, en Colombia, casi 50 millones de personas padecemos de una enfermedad llamada depresión porque le entregó el país a 7.000 bandidos que sufren de un trastorno mental monstruoso e incurable: les gusta violar niñitas de 10 y 11 años. Constituyen el grueso de los delincuentes y criminales, y a menudo están fuera del alcance de toda psicoterapia.

Santos enfermó desde su infancia, se unió a sus camaradas psicópatas de las Farc, y ha enfermado al pueblo de depresión porque no tienen trabajo, aguantan hambre y no tienen salud: los recursos del presupuesto los ha despilfarrado en exorbitante burocracia y dándoles privilegios políticos y económicos a quienes han violado la constitución, y que aún no la respetan porque no se someten a ella. Los delitos de un desconectado de la realidad, con sus secuaces del gobierno, merecen castigo y deberían estar en la cárcel por el escándalo de Odebrecht y el fraude en las elecciones del 2014, según lo fundamenta Iván Cancino.  Pretende este desequilibrado psicopático que olvidemos los crímenes de los que asesinaron 80 veces más personas que las asesinadas por Al-Qaeda en las Torres Gemelas de Word Trade Center, en donde murieron 2,749 personas, según nos lo cuenta Ana María Abello. Esta es la manera de combatir la supuesta enfermedad que padecemos los colombianos. La cura, en este caso, es peor que la enfermedad.

Las enfermedades mentales que padecemos a quienes nos duele la nación de verdad no se equiparan a las que “ataca lo mismo a alumnos primíparos de las ciencias de la mente que a los necesitados de terapia para resolver sus problemas emocionales o psiquiátricos”. A la mayoría de los colombianos nos ha sorprendido el giro tomado por los acontecimientos que han hundido a la nación en la peor era que jamás haya padecido. En la Alemania Nazi se les olvidó a los honrados alemanes la advertencia de Hitler: “Donde quiera que estemos, no habrá lugar para otras personas”. Desde entonces los nazis se convirtieron en dueños absolutos de Alemania. Es lo que Santos y sus amigos de las Farc y el ELN quieren de Colombia: que sus instituciones funcionen sin ninguna clase de trabas “Es algo muy típico en los dictadores”. Lo era Hitler, otro enfermo que condujo a la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, quien decía, además: “Siempre hay que tener en cuenta la debilidad y la bestialidad de los hombres.” Debemos decirnos hoy, contra Santos, parafraseando al general Lunderdorff, antiguo amigo de Hitler, quien renegó de ser su cómplice en 1923 y escribiera a Hidenburg: “Os prevengo de la manera más solemne, que este hombre nefasto va arrastrar a nuestro país al abismo, y a nuestra nación a una catástrofe inimaginable. Las generaciones futuras os maldecirán en vuestra tumba por haberlo permitido”.                                      

Publicado en Columnistas Nacionales

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