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Eduardo Mackenzie     

A menos de dos meses del primer choque electoral (elección legislativa del 11 de marzo de 2018), la derecha colombiana --y sus varios componentes políticos y sociales--, no ha avanzado un ápice en sus planes de dotarse de listas unificadas de candidatos a la representación parlamentaria, ni ha logrado designar un candidato presidencial de coalición o convergencia para la primera vuelta de la elección, el 27 de mayo de 2018.

Peor: parece no haber bases ideológico-políticas para pactar una coalición que incluya a todos los partidos, fracciones y grupos de derecha que ganaron el plebiscito del 2 de octubre de 2016 y rechazaron los infames acuerdos Farc-Santos, redactados en La Habana.

La responsabilidad de esa dramática situación incumbe, por igual, al ex presidente Álvaro Uribe como al ex presidente Andrés Pastrana. Desde comienzos de 2017 ellos dijeron que querían construir  una vasta coalición que impida a las Farc, embozada en una coalición de izquierda, culminar su labor  de toma subversiva del poder combinando legalidad e ilegalidad.

Pero esa coalición de derecha no ha sido construida y, probablemente, no lo será. Lamentablemente, los dos líderes que tenían la conducción de ese proceso cometieron errores graves desde el comienzo y ahora están ante un muro de dificultades.

Obsesionado con excluir a Alejandro Ordóñez del abanico de candidatos presidenciales de la coalición, Pastrana trató de sacar de juego al ex procurador general e impulsó a la ex ministra Marta Lucía Ramírez. Eso enrareció el ambiente.  Decidido a imponer a la eventual coalición  un senador de su partido, Uribe promovió a su ex asesor Iván Duque. Esa dinámica llevó a reuniones entre los cuatro excluyendo a Ordóñez y llevó a Marta Lucía a acariciar ambiciones que no estaban a su alcance.

En otras palabras: ese proceso comenzó mal, con reyertas entre personas, con cartas impregnadas de buenismo pero sin ideas, con textos de “condiciones” inicuas. Hubo de todo en ese periodo, salvo un trabajo sosegado para dotar de bases programáticas a la futura coalición. Perdieron el tiempo en rencillas incomprensibles y en fruslerías sobre el mecanismo para elegir el candidato presidencial.

Uribe aceptó, por otra parte, que el Centro Democrático escogiera, no por el voto de las bases, sino por las mediciones opacas de dos encuestadoras privadas,  quien sería el candidato presidencial del CD. Tal  designación, anti política y sin precedentes, no convenció a una parte del uribismo. Este sufre ahora por eso de un cierto desgaste ante la opinión y por la forma  exclusivamente retórica de oponerse a las políticas de Santos.

Al carecer de una base programática y de la garantía de que los componentes de la coalición elegirían su candidato presidencial y no terceros,  Ramírez, Ordóñez y Duque, se fueron cada uno por su lado. Ordóñez recorrió el país y recaudó más de dos millones de firmas  para poder inscribirse como candidato sin el respaldo de un partido. Ramírez reunió 700 mil, y Duque no pidió firmas pues tenía el aval del CD.

Uribe y Pastrana, por otra parte, cambiaron o aceptaron que otros cambiaran la base doctrinaria desde la cual debía comenzar la negociación programática. Una troika informal del CD decretó que el partido uribista nunca había sido “de derecha” sino “de centro” (Uribe y Pastrana no objetaron eso) y que, en consecuencia,  todo lo que tenía que ver con las posiciones liberal-conservadoras, derecha-izquierda, de la eventual coalición, eran “discusiones obsoletas”.  Eso liquidó el confort psicológico y político necesario en toda discusión para llegar a una convergencia y dejaron en el limbo los valores votados por los colombianos en el plebiscito.

El único que se rebeló contra ese viraje abusivo y volvió a los valores esenciales  --no a las fumarolas ideológicas del progresismo de última hora de la troika--, fue Alejandro Ordóñez. Este 12 de enero, en una carta a Uribe, Pastrana, Ramírez y Duque, así como a las bases conservadoras y del CD, a las víctimas de las Farc, a la Colombia creyente y a las reservas activas de las Fuerzas Militares y de Policía, Ordóñez puso sobre el tapete los cinco puntos inamovibles que, según él, “debe tener el próximo presidente de Colombia si realmente tiene la intención de respetar el mandado ciudadano” del 2 de octubre de 2016.

No hay espacio aquí para transcribir los cinco inamovibles de Ordoñez. Solo basta decir que de haber sido tomada como una apertura del debate programático esa carta habría ayudado a  salir de la parálisis.  Pero no, la carta no fue respondida por los ex presidentes ni por los candidatos. Cinco días después, Ramírez prefirió irse a Venezuela, por un día, y Duque viajó a España no sin dejar un texto en donde incluye, por fin, a Alejandro Ordoñez en la coalición del No y donde lanza refritos como “trabajar en equipo” y querer una “coalición incluyente, sin dogmatismos, plural”, pero sin responder a los inamovibles ni esbozar un programa.

No hay, pues, a dos meses del inicial del proceso electoral, ninguna reflexión sobre lo que debe hacer el gobierno que viene. Nadie ha definido a dónde quiere ir la amplia franja conservadora de la ciudadanía, ni qué valores va a defender, ni cómo va a tratar de desmantelar las pésimas ideas y, sobre todo, los fortines militares y narcotraficantes erigidos  por Farc-Santos en estos ocho años terribles.

No hay un programa que ligue a los precandidatos en constante evolución. No hay un texto que interprete el querer de las bases de tales partidos y del mundo social y religioso que se movilizó con éxito el 2 de octubre de 2016.

Sólo Ordóñez propuso unos contenidos, pero nadie continuó el diálogo. Uribe, Pastrana, Ramírez y Duque cerraron la boca e insistieron en el tema secundario del “mecanismo” de la elección del candidato.

No hay coalición, pero hay buenas intenciones. Y con eso nadie gana una elección, sobre todo ante una izquierda depredadora que aunque desgastada, dispar y heterogénea, sí avanza hacia la definición de una candidatura dispuesta a “implementar” el pacto con las Farc y profundizar el desmonte del Estado de derecho dejado por Juan Manuel Santos.

Mientras tanto, la troika del CD se divierte insultando y tratando de callar, en el estilo más podrido del viejo stalinismo,  las voces disidentes que denuncian ese estado de cosas y describen el paisaje desolador de la derecha.

El ex presidente y senador Álvaro Uribe y, en igual medida, el expresidente Andrés Pastrana, han debido corregir la deriva propuesta por Iván Duque de “actualizar” las ideas uribistas reemplazándolas por las soflamas en boga que los Trudeau, Obama y compañía, quienes presentan eso como “la marcha del mundo”: la economía naranja, la tercera vía, el  antimilitarismo, la ideología de género, el transhumanismo, el antirracismo unívoco, la plataforma LGBT, el altermundialismo, el ambientalismo radical, etc. Ello ocurre precisamente cuando el interés por las ideas de la derecha, del conservatismo, se renueva en muchos países y regresa a los gobiernos en Europa y Estados Unidos como la mejor solución a los nuevos desafíos de presente.

Pero los dos líderes de la derecha colombiana no lo hicieron. Se adaptaron y hasta aplaudieron ese desvío. El miedo a ser considerados de derecha los ha llevado a esa encrucijada. Y al país con ellos.

@eduardomackenz1

22 de enero de 2018

Publicado en Columnistas Nacionales

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