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John Marulanda                                     

Legalizadas por los acuerdos habaneros, las organizaciones paramilitares –tipo militar-  denominadas Guardias Indígena, Campesina o Cimarrona, enfrentan con bastones a nuestros soldados y policías. Nada que hacer. Imposible disparar. Charlas, diálogos, advertencias, conminaciones, insultos. Cuando el ambiente se caldea, los jóvenes reclutados, organizados, entrenados y motivados por ambas farc, la política y la armada, (¡Guardia! ¡Guardia! ¡Guadia! corean) ceden el paso a estructuras de choque que, radio en mano (¿Quién está al otro extremo de la señal?), cambian el garrote por el machete. Tampoco se puede disparar pues sería desproporcionada la reacción. De ahí, generalmente se salta al petardo, al cohete, a la bala y ya se ven los dolorosos resultados.

Con creciente frecuencia, indígenas y campesinos rodean unidades militares y policiales, les arrebatan su armamento, los agreden y los arrastran fueran de sus territorios  sometiéndolos a una vergonzosa humillación. Otras veces los secuestran, “retenciones” dicen ellos. Y todo termina generalmente sin sanción para los agresores y con encarcelamiento para los militares y policiales, “mientras se investiga”. La Fuerza Legal y Legítima del Estado se erosiona cada día más y los locales  han advertido que “habrán muertos de los dos lados” en la erradicación forzosa de los cultivos de coca.

¿Qué sucede en los países civilizados o en Cuba o en Venezuela,  cuando alguien abofetea un policía o intenta arrebatarle el armamento a un soldado?

El irrespeto a nuestros militares, la única barrera que impidió que los narcoterroristas farianos nos sometieran a punta de fusil, continua debilitándolos moralmente, generando serias dificultades de Mando y Control y llevando a indisciplina e insubordinación. Cosas nada buenas pueden pasar.

Además, al deteriorarse la disciplina y la moral de la Institución estadísticamente más apreciada por la opinión pública, la perturbación social y la anarquía acicateadas por las farc y las bacrim, se extienden y fortalecen, mientras el gobierno de turno sigue sin una básica Ley de Seguridad y Defensa y con un manejo equivocado de su Fuerza Pública: policivizando los militares y militarizando la policía.

Un gobierno realista y serio, aplicando los protocolos correspondientes,  contendría con severidad  la violencia primitiva indígena y campesina, para evitar que  las minorías a filo de machete nos impongan sus designios, promovidos desde La Habana, en donde los cabecillas del crimen organizado transnacional exigen un Régimen de excepción para saltar a un Gobierno de Transición, que convierta a Colombia en un paraíso gobernados por ellos, a semejanza de la Venezuela muerta de hambre, ladroneada y depravada por  la misma bigornia comunista que craneó los  robos de Brasil y Argentina y las monarquías socialistas de Cuba, Nicaragua, Bolivia y Ecuador.

Con el cese al remedo de negociación con el eln en Quito, esperamos ver resultados que nos tranquilicen un poco.

Publicado en Columnistas Nacionales

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