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Eduardo Mackenzie                                      

Cada día es más evidente que la gente que trata de izquierdizar al Centro Democrático para que su candidato oficial Iván Duque pueda contar con la complacencia mediática y con los votos del santismo, del mamertismo y de los verdes, fuera de los votos del uribismo,  en la elección presidencial de mayo próximo, está intentando impedir que se discuta el asunto de la reorientación ideológica del CD. Los militantes, los periodistas y lanzadores de alerta, tienen que saberlo: no pueden tocar ese tema tabú, aun superficialmente, sin pagar un precio.

La operación para izquierdizar al CD parecía de fácil realización. Se trataba de ponerle al CD un nuevo sombrero: el de los partidos centristas. El resto vendría por añadidura. Como durante su fundación el partido uribista  adoptó el nombre de Centro Democrático simplemente había que afirmar que el término “centro” no quería decir central sino centrista. Había que decir que el uribismo nunca había sido una corriente de opinión y de gobierno de derecha republicana, de combate contra el comunismo armado,  sino que siempre había sido un “centrismo”, es decir un pantano donde no hay ni derecha ni izquierda.

Los inventores del deslizamiento semántico quieren hacer creer que como en el uribismo han cohabitado diversos matices de derecha, hay que abrirle ahora  la puerta a las corrientes de moda, a la izquierda vegetariana, a los depredadores de la invasión global y hasta a los enemigos de la democracia, para poder hacer del CD un punto de convergencia “inclusivo” y “de todos”. Para ellos, el centrismo sería sinónimo de eso, de posición  simpática, juvenil, equilibrada,  de razón inobjetable, de ciencia infusa y triunfo moral. En realidad, ese viaje hacia los tópicos de la pseudo liberación o “extremo centro”,  como prefiere llamarla el senador Duque, significa lo contrario: confusión, promiscuidad de ideas, exclusión, bloqueo y abandono de un programa conocido y probado, mezcolanza y mentira.

La operación tenía que avanzar sin tropiezos. Nadie iba a fijarse en el cambio sutil de conceptos y de términos, calcularon los avispados intrigantes. Pero resulta que a unos idiotas se les ocurrió atravesarse en el camino y se pusieron a denunciar que ese cambio de etiqueta del CD era un miserable atraco ideológico a los militantes y a los electores y, en general, al uribismo popular que ve al CD como el principal medio de lucha contra el Farc-santismo, contra las corrientes “progresistas” que quieren seguir en el poder para aplicar el atroz acuerdo Farc-Santos con “leves modificaciones”.

“No podemos tolerar ese fuego amigo”, hay que censurar a esos “fraccionalistas” que tratan de impedir que ganemos las elecciones de 2018, gesticularon los confabulados, tratando de ocultar que quienes habían lanzado el “fuego amigo” y creado el peligro de una desintegración del CD, eran ellos mismos, los irresponsables que habían planeado, en discretas cafeterías, cambiarle la identidad al CD.

Esa denuncia del “fuego amigo” es, pues, una impostura. Con ese cuento tratan de cerrarle la boca a los descontentos. Los que improvisan ese tremendo viraje político pueden difamar y calumniar cuando y como quieran a los demás y cuando éstos avanzan sus tesis son acusados de lanzar “fuego amigo”.

Conclusión: no hay tal “fuego amigo”, hay una crítica legítima que debe ser tolerada y escuchada en el seno del CD y respondida con argumentos, si los hay, no con anatemas y actos de autoritarismo y censura. Lo que está en juego es mucho más grande que el CD, es la supervivencia o no de la democracia en Colombia. Por eso hay que seguir diciendo lo que sea necesario decir sobre ese intento insólito de cambiarle el perfil al Centro Democrático para desviar los objetivos de todos los candidatos presidenciales en mayo de 2018.

@eduardomackenz1

9 de enero de 2018

Publicado en Columnistas Nacionales

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