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Carlos Salas Silva                                           

El maestro LI vive en las antípodas, en la otra cara de la tierra. No podría vivir más lejos de nosotros. Si hiciéramos un hueco y atravesáramos, un tanto en diagonal, el globo terráqueo podríamos verlo trabajar en su inmenso taller en Pekín.

El maestro Li se construyó un museo en la ciudad Songzhuang, en el distrito Tongshou de Pekín en donde residen alrededor de 20.000 artistas. Y no es cualquier museo, esta una inmensa construcción, una fortaleza para el arte, es el más grande museo privado de China. Ahí tiene su taller y hace inmensas exposiciones de arte del mundo.

Este gran artista inventó una técnica con la que es muy conocido en China. Como si construyera una nueva geografía después de los glaciares con inmensos bloques de hielo dispuestos sobre una tela hace un largo ritual con tinta china creando extraños paisajes. En intensas jornadas de trabajo, a veces delante del público, otras simplemente con amigos o en total soledad, mientras los hielos se funden mezclándose con la tinta el maestro Li se convierte en el daimón que acompaña a la creación.

Como picos de montañas que emergen sobre las nubes, empiezan a aparecer los fragmentos de hielo luego de que el maestro Li ha roto con un gran martillo los bloques que han cedido por deslizamientos postrándose sobre la tela. El espectáculo de la creación se hace presente ante los ojos de los asombrados espectadores como aconteció cuando Wang Fo, en el cuento oriental de Marguerite Yourcenar, se salvó al ser rescatado por su discípulo en una barca que navegaba sobre las aguas que surgieron luego de que con su pincel, impregnado de tinta azul, había cubierto el rollo de una de sus antiguas pinturas inconclusas que el emperador le había exigido terminar antes de sacarle los ojos.

Luego de los largos días que se toma la tela en secar y con la constante vigilancia del pintor, quedan las huellas de ese proceso alquímico convertidas en una obra maestra. A pintar una de estas obras en mi taller vino el maestro Li a Colombia.

Li es su apellido y Guangming su nombre. Lo conocí en White Box en Nueva York cuando viajó a realizar una de sus acciones pictóricas, al cierre de mi exposición en ese emblemático espacio de arte. En esa ocasión Guangming me invitó a exponer en su museo.

Guangming no conoce otro idioma que el chino mandarín y no necesita de otro habiendo alcanzado la maestría en su arte. Viaja siempre con su mujer Sheena, son inseparables. Sheena maneja el museo y está a su lado para todo lo que necesite. Es una hermosa joven con una dulce sonrisa. Con su inteligencia y valentía es la compañera perfecta para Guangming quien puede abstraerse en su mundo creativo con la plena confianza de que podrá regresar al de los hombres gracias al hilo que lo ata a Sheena.

Como los antiguos pintores chinos, el maestro Li nos deja en sus obras la concepción ancestral del micro cosmos y del macro cosmos. Nos propone un recorrido desde las profundidades de los estratos geológicos hasta las cimas de las montañas. El yin y el yang en armonía se presenta luego de la lucha entre los elementos, la tinta y el hielo en su caso.

En unas semanas expondré en mi taller de Chapinero la obra del maestro Li y los invitaré a visitarla.

Publicado en Columnistas Nacionales

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