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Eduardo Mackenzie                                     

Si el Centro Democrático dejó de ser un partido de derecha y se convirtió en un partido “de centro”, su candidato presidencial no es lo que necesita Colombia.

El CD y, en términos más amplios, el uribismo, fue siempre un credo político de derecha. No de extrema derecha sino de derecha republicana a secas. En Colombia y en el extranjero el uribismo fue visto como una orientación que hacia parte de la corriente neo-conservadora, más basada en buscar soluciones a dificultades sociales concretas que en una doctrina particular.  El uribismo atrajo gran parte de sus dirigentes, militantes y adherentes de los partidos tradicionales colombianos, liberal y conservador. Las motivaciones centrales de los dos gobiernos de Álvaro Uribe respondían a ese ideario, con un programa sin ambigüedad de lucha contra la violencia del comunismo armado (Farc) y de lucha contra todas las formas del narcoterrorismo. Y de fomento de la libertad empresarial y de la reforma social. Ese combate nunca fue “de centro” ni de izquierda. Álvaro Uribe bautizó su política como Seguridad Democrática.

En sus memorias, el expresidente Uribe dice que sus dos mandatos  descansaron sobre un “Triángulo de Confianza” y que los componentes de éste fueron “la seguridad democrática, la confianza de los inversores [privados] y la cohesión social”. En ese libro el ex presidente evitó el tema del Centro Democrático, de su naturaleza y orientación. Sin embargo, al final del epílogo afirma que ese partido “define el equilibrio entre la Seguridad, la Inversión y la Cohesión Social”. Y concluye: “La pobreza y la inequidad de Colombia requieren seguridad como fuente de recursos, para superarlas.”

¿Tales definiciones son “de centro”? No. Para superar la pobreza y la inequidad es necesario, según Uribe, que la sociedad tenga márgenes aceptables de seguridad, factor que con la libertad favorece un aumento de la riqueza nacional. Por el contrario, el desorden, el caos, el control burocrático central y la guerra aumentan la miseria pues deprimen las posibilidades de crear y acumular riqueza.  Para los partidos conservadores y liberales clásicos, sin seguridad la riqueza no  tiene chances de aumentar. Ni la izquierda ni el centro (o pantano, como llamaban  a esa posición durante la revolución francesa) ven la seguridad como un factor clave de aumento de la riqueza social. No le atribuyen mérito alguno en la superación de la desigualdad.

La izquierda espera, por el contrario,  superar la pobreza mediante la guerra social. Su sola salida: la destrucción del orden “burgués”, la supresión de la propiedad privada y la instauración de una pretendida “propiedad colectiva”. La colectivización de la producción y del consumo no puede existir sin que el poder central degenere en dictadura sin límites y cometa atrocidades a diario.

Iván Duque, el candidato del Centro Democrático se dice ahora “de centro” y “de extremo centro”. Lo que declara en estos días de campaña electoral, es, en efecto, de centro. Hay en esa actitud una suplantación de programa, un cambiazo de valores, una transformación del “uribismo” en otra cosa, en una corriente nueva y nebulosa. Y propicia una especie de tabú respecto de lo que tiene que ver con la derecha. Todo eso con el consentimiento del expresidente Uribe.

Hace unos días Iván Duque envió a la revista Portafolio un artículo intitulado “El futuro”  donde dice: “(…) mi mayor deseo es representar a una nueva generación, defender unos principios y unos valores que creo firmemente son los que necesita Colombia”.  En ese texto se expresa, en efecto, no un jefe uribista sino un tecnócrata de centro. Allí Duque habla de “un país distinto, basado en principios de legalidad, emprendimiento y equidad”. Propone también la educación y servicios de salud para todos. El lenguaje es el de un progresista de Suecia o de una democracia apaciguada. Dice que su “gran compromiso” será “pasar las páginas de la impunidad, de la violencia, del populismo” y “construir un país que pase las páginas del derroche y de la asfixia tributaria”.

Allí agrega: “necesitamos hacer del empresario, del emprendedor y del comerciante, un socio para el progreso” y pide que “el Estado deje de ver [al empresario] con desconfianza”. El empresario como “socio” del Estado no es una visión liberal. Aquí el Estado define el rumbo y las empresas cumplen. Es el “planismo centralizado” tan criticado por Hayek, pues olvida que, en un  régimen de competencia, el sistema de precios es el que permite regular la oferta y la demanda sin tener que recurrir a la coordinación de un órgano central, el Estado. La empresa privada libre, independiente y socialmente responsable, no parece hacer parte de los esquemas de Duque.

En su carta a Portafolio, Duque no dedica una sola palabra a los temas centrales de hoy: los infames acuerdos de La Habana, las Farc, el Eln, el narcotráfico, la JEP, la tragedia de Venezuela, el Foro de Sao Paulo. Nada hay sobre otros problemas de tremenda actualidad como la justicia corrompida y bajo influencia castrista,  la pobreza y la emergencia de amplias zonas del país donde el Ejército y la Policía sólo están autorizados a hacer presencia esporádica. A menos que la frase abstracta sobre “pasar la página de la impunidad, la violencia y el populismo” incluya mágicamente respuestas a esas duras realidades. Seamos serios. ¿No es eso una omisión, una evacuación precipitada de cuestiones capitales para los colombianos?

Es como si, en realidad, para el candidato del CD, los factores de sujeción de Colombia a la órbita cubana, plasmados en los acuerdos Farc-Santos, no existieran o hubieran sido superados en estos días de escaramuzas entre el Congreso y Santos. Es como si la destrucción del Estado de Derecho, y el control colectivista de la producción nacional, no hubieran sido pactados en Cuba.

Hay palabras en ese artículo del candidato presidencial cuya ausencia es escandalosa: paz, seguridad, narcotráfico, justicia, pobreza, inequidad. Ninguno de esos conceptos centrales, que le permitieron al uribismo diseñar políticas acertadas entre 2002 y 2010, aparece allí. ¡Y Duque habla del futuro de Colombia! ¿Por eso habla de querer un “país distinto”?

Duque nos dice que la paz ya está ganada y consolidada, y que las amenazas no existen. ¡La única vez que menciona la palabra seguridad es para hablar de “seguridad alimentaria”!

Esto no ocurre sólo en el texto para Portafolio. Durante la campaña en favor del No antes del plebiscito Duque fue de los que desmovilizó diciendo que el acuerdo de La Habana tenía cosas positivas. Con su frase “Ni trizas ni risas” él se burló del líder uribista más consecuente, el ex ministro Fernando Londoño Hoyos, y de los que votaron No el 2 de octubre de 2016. Después, cuando algunos propusieron construir una coalición para ganar las legislativas de marzo y la presidencia en mayo próximo con quienes abogaron por el No, Iván Duque dijo que él no haría ese tipo de campaña sino una con valores más positivos.

Quien encarna los valores del uribismo y va más allá, al combatir el relativismo moral, el olvido del valor de la vida y de la familia, al insistir en la necesidad de defender la dignidad de la persona y las libertades, la responsabilidad social del individuo, es el ex procurador Alejandro Ordóñez Maldonado. Él es quien debería ser el candidato presidencial de una gran coalición integrada por los sectores que luchan por ese programa, pues en ese zócalo de valores fundaron su posición contra los acuerdos de La Habana.

Duque representa a quienes evolucionan hacia el falso centrismo de los Trudeau y Obama haciendo creer que ellos encarnan la “marcha del mundo” y que el uribismo de hoy es algo que no era ayer.

Hoy no estamos solo ante una batalla electoral decisiva. Estamos ante una batalla por los valores que construirán a Colombia en los próximos 20 años.

Las tesis de Ordóñez son las únicas que pueden sacar al país del obscurantismo en que lo sumió Juan Manuel Santos. La alternativa a las posiciones de las diferentes caretas de la izquierda es él. La campaña sistemática contra Ordóñez en los medios, los intentos diarios para mostrarlo como “extremista”,  “muy radical” o “la caverna”, como dice alguien del CD, refleja no solo la angustia del “progresismo” ante la posibilidad de perder la continuidad del santismo: refleja la pérdida de reflejos y el horror moral que Santos y sus socios impusieron en el país.

El diagnóstico técnico de Duque no es la respuesta a la agenda del chavismo disfrazado. Su postura es un intento de acomodarse a corrientes nefastas y a las circunstancias creadas por el santismo. ¿Esas franjas no aplaudieron su designación como candidato del CD?

Tiene mucha razón Rafael Nieto Loaiza, ex precandidato presidencial del CD, cuando hace un llamado de atención (1) al uribismo: “No hay candidato ni partido capaz de ganar solo. Es indispensable una alianza. La coalición natural del centro a la derecha está en los que compartieron la gesta heroica del triunfo del No en el plebiscito.” El agrega algo aún más importante: que dejar por fuera a Alejandro Ordóñez “sería un error imperdonable”. Rafael Nieto Loaiza debe ser escuchado. Él tiene el mérito de ser el único precandidato que rechazó con fuerza la propuesta de Angelino Garzón, del 6 de septiembre pasado. Éste pidió que el CD se siente a dialogar con las Farc y acepte que haya una candidatura presidencial de izquierda con vicepresidencia del CD. ¿Algo como esto es lo que explica la febrilidad con la cual la izquierda, y el progresismo pastranista, quieren marginar a Ordóñez, un líder conservador respaldado por dos millones 200 mil firmas, que ha hecho una excelente campaña por todo el país y quien jamás aceptaría tan absurda componenda?

Rafael Nieto tiene el coraje personal de pedir  un replanteo de la política de alianzas del CD pues la actual, centrada en Duque, no sirve. Lo dice sin rodeos: “el CD sin coalición no tiene garantía siquiera de pasar a la segunda vuelta”. Él reitera: “Ordóñez, además, ha recogido sectores importantes de conservadores, de la reserva activa de la Fuerza Pública y de los grupos católicos y cristianos, sin los cuales el triunfo es improbable. Y hay que sumar a las víctimas de los terroristas, a Jaime Castro y el grupo de Mejor No, a los arrepentidos del Si, a los abstencionistas.”

¿Podría el Centro Democrático cometer el error de desatender ese importante llamado? ¿Podría el pueblo colombiano cometer el error de no respaldar masivamente la candidatura de alguien como Alejandro Ordóñez Maldonado? Reflexionemos bien. Solo quedan dos meses para tomar el rumbo correcto y zafarnos de las trampas que hay en el camino.

 (1).-http://www.rafanietoloaiza.com/la-alianza-nuevo/

@eduardomackenz1

25 de diciembre de 2017

Publicado en Columnistas Nacionales

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