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Jaime Jaramillo Panesso                                   

Hasta la aparición de la TV en Colombia, las jornadas populares para conocer la cara de los candidatos al Congreso y a la Presidencia se realizaban en la plaza pública y en la radio. Se calculaba el apoyo votacional por los asistentes a las plazas y parques de ciudades y pueblos.

Hoy la cosa es distintas con las empresas encuestadoras, nacionales y extranjeras. En ellas se centra a capacidad   de influir en el ánimo de los electores que son medidos como seres privilegiados por el azar que son escogidos para indicarles, indirectamente, por cuál candidato votar. Aunque usan  métodos estadísticos, las empresas encuestadoras no aplican la misma metodología. Y resultan datos los que muchos ciudadanos consideran sesgados.

Las encuestas deben ser reemplazadas, con racionalidad y objetividad, por las propuestas de los candidatos. Las propuestas son la radiografía del partido y del candidato. Es la escuela pedagógica del partido. Esencia de la distancia entre uno y otro candidato.

Las encuestadoras se ganan en millones de pesos, por equivocase, muchas veces, en sus números y resultados. En recientes etapas políticas medibles han fracasado sus predicciones, por ejemplo en el referendo por el sí o por  el no, en la primera vuelta presidencial entre Santos y Zuluaga, en las elecciones de Chile en días recientes, etc. Claro que existe el margen de error para protegerse. Sin embargo pasan por ese cedazo sin romperse ni mancharse. ¿A quién creerle: a la bruja con su bola de cristal o a las empresas embrujadoras?

El programa o propuestas de gobierno deben sustituir a las cábalas de las encuestas. En el fondo las empresas encuestadoras han reemplazado  a los directorios y los dirigentes políticos. Además, dados los casos de sobornos, es tan factible comprar una encuesta favorable como sobornar a un presidente o sus ministros.

Las encuestas crean un mundo de ilusión porque el futuro no es igual al momento  inmediato. Pero sin duda marcan una cierta tendencia en el partidor de cada semana. Pero reemplazan con números las tesis, las propuestas de los candidatos y de sus partidos. Naturalmente si es que existen partidos con propuestas factibles y coherentes. Casi todas las corrientes políticas colombianas están huérfanas de tales elementos. Pero hay candidatos serios que concretan sus programas. A otros les basta con sus pintas y lenguaje de remolino donde se mezclan frases comunes, con hablar y engrandecer la obra que dejó inconclusa. O callan sobre la mala ejecución de los programas regionales que inscribieron para su campaña y que al final del mandato nadie fiscalizó ni glosó políticamente.  Como la nada no es posible medirla, ahí es donde tropiezan los inventores de las estadísticas.

Las encuestadoras son útiles en el campo comercial y con fines de conocimiento privado, pero peligrosas, desorientadoras y sustitutas en el espacio electoral.

Publicado en Columnistas Nacionales

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