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Rafael Nieto                                           
Precandidato presidencial

La lacra de la corrupción, decía en la columna anterior, es un mal que ahora se extiende por toda la estructura del Estado. Hay medidas estructurales y normativas que serían muy útiles a la hora de combatirla. Y es indispensable modificar la manera en que se hace política electoral, de manera que disminuyan los costos de las campañas y se construya gobernabilidad a partir de ideas y programas y no de transacciones burocráticas y clientelistas.

Pero los corruptos le seguirán buscando la comba al palo y encontrando maneras de continuar el desfalco del erario público si no hacemos un trabajo profundo de reconstrucción ética de la sociedad colombiana.

Para empezar, es indispensable que los ciudadanos asimilemos y apropiemos la idea de que el Estado no es un ente etéreo, en las nubes, ajeno a nosotros. El Estado no se justifica a sí mismo. El Estado encuentra su origen, su fin, su razón de ser, en construir condiciones que permitan la convivencia pacífica y civilizada y en ofrecer al pueblo bienes y servicios con cobertura y calidad que permitan mejorar su nivel y la calidad de vida. No hay Estado sin pueblo y el Estado no tiene sentido sino por y para el pueblo.

Así, los bienes y dineros del Estado son nuestros bienes y dineros. El Estado no genera riqueza. La gasta. Bien, si el gasto se dirige a proveer justicia y seguridad y bienes y servicios con calidad y cobertura, mal si se derrocha, se despilfarra, se gasta inadecuadamente o de forma ineficiente, o se va por los desagües hediondos de la corrupción. En realidad quienes generamos riqueza somos los ciudadanos, con nuestro esfuerzo y trabajo, y somos nosotros quienes transferimos nuestra riqueza al Estado, por vía de impuestos. Entender que los bienes y dineros del Estado son nuestros, son los que hemos transferido al Estado al pagar impuestos, es fundamental. Las personas tendemos por naturaleza a cuidar mejor los que es propio. La “apropiación” mental de los recursos del Estado, el sentirlos como propios, es fundamental en la lucha contra la corrupción. Cuando roban al Estado nos roban a nosotros, nos meten la mano en nuestro bolsillo.

También es indispensable luchar a fondo contra los impactos nefastos del narcotráfico en nuestra cultura y en nuestros valores éticos. La sociedad colombiana era austera, discreta, reconocía que la riqueza se construía con el trabajo honesto y disciplinado, con el sudor de la frente, con años de esfuerzo. Así fue hasta mediados de los setenta, cuando apareció la bonanza marimbera. Desde entonces, se asentó entre nosotros la nefasta idea de la riqueza y el éxito fáciles y rápidos. Violar la ley, cometer un crimen, pasaron a ser solo medios para hacerse ricos. Semejante antivalor se ha ido asentando entre algunos en la sociedad colombiana por vía de las telenovelas sobre narcos, tan exitosas entre nuestros televidentes. Para rematar, el dinero del narcotráfico ha sido fuente de corrupción en las más distintas esferas. Desde el infame presidente de la mafia y el 8.000 a los narco paramilitares o, ahora, al enorme poder corruptor de la inmensa riqueza de las Farc y la vergonzosa operación de lavado de dinero del decreto 903 de Santos, el narcotráfico ha devastado la ética de la sociedad colombiana. Combatir el narcotráfico en todas sus facetas, una vez más, es indispensable en la tarea de la reconstrucción ética de la sociedad colombiana.

Por otro lado, hay que recuperar la enseñanza de los valores, de la ética, tanto en las escuelas como en las universidades. En este punto la responsabilidad básica es de la familia, pero la escuela cumple un papel complementario fundamental. Cívica, historia, urbanidad, las reglas mínimas de convivencia.

Finalmente, debemos trabajar sin pausa ni descanso en reconstruir en nuestra sociedad los principios básicos sin los cuales no hay sociedad civilizada: el respeto profundo por la ley y por la autoridad y el premio al ciudadano que se comporta bien y la sanción a quien lo hace mal. Si seguimos tratando mejor al delincuente, al criminal, al violento, que al ciudadano de bien, estamos condenados al fracaso. Eso es, de todo lo malo que tiene ese pacto con las Farc, lo peor y lo intolerable: la ruptura del principio de igualdad frente a la ley para darle mejores derechos, más beneficios y privilegios, al violento y criminal que al ciudadano de bien. Ese mensaje, antiético y antipedagógico, es la semilla de las nuevas violencias.

fin

Publicado en Columnistas Nacionales

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