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Eduardo Mackenzie                                       

Un grupo de 76 “politólogos egresados” de la Universidad de los Andes montaron esta semana un sainete grotesco que produce vergüenza ajena. Con la complicidad de cierta prensa oficialista de Bogotá formaron una miserable patota contra María Fernanda Cabal, parlamentaria del Centro Democrático. Lo que hicieron parece ser un episodio más del cobarde matoneo que algunos vienen imponiendo, como horrible plaga, en ese recinto educativo que era una de las mejores universidades de Colombia.

El comunicado que firmaron los “76 politólogos” contra la representante Cabal, ex alumna de esa universidad, en venganza por el análisis que ella hace de un aspecto crucial de la historia nacional --la huelga de las bananeras de 1928--, recuerda lo que ocurre desde 2016 en ese centro educativo. Nadie ignora las agresiones anti femeninas, homofóbicas y anti estudiantes pobres que sufrieron en meses pasados la profesora Carolina Sanín, la estudiante becada Sol Fonseca y el estudiante Sebastián Lanz. Ellos fueron objeto de insultos y hostigamientos  impulsados por unos bellacos anónimos que actúan impunemente ante la impotencia del rector Pablo Navas quien no logra descubrirlos ni poner fin a sus emboscadas.

Esta vez, la tentativa de linchamiento fue más sofisticada pues fue disfrazada de indignación profesional. “Como politólogos egresados de la Universidad de los Andes, rechazamos las afirmaciones irresponsables de la Representante a la Cámara María Fernanda Cabal que califica de mito la masacre de las Bananeras, que ofenden no solo la dignidad de las víctimas sino la memoria histórica nacional”, dicen en un párrafo que cita la prensa. Y agregan: “Estos planteamientos se suman a otras declaraciones que además de infundadas, buscan dividir y polarizar al país en un momento histórico”.

Empero, el texto completo de los 76 es invisible. En la página web de esa universidad no aparece, aunque los medios aseguran que allí estaba. ¿La universidad retiró o no quiso publicar ese bodrio para no engordar el expediente de ciber-matoneo contra sus profesores y alumnos?

En todo caso, los 76 dejan ver en su declaración que son cándidos o de mala fe. María Fernanda Cabal no “calificó de mito la masacre” sino la versión mamerta construida en torno de lo acontecido el 5 y 6 de diciembre de 1928 en Ciénaga. Lanzan gritos de condena y ni siquiera se dan cuenta de que el motivo de su indignación es infundado. 

Incapaces de probar por qué la leyenda que ellos defienden coincide con la realidad, los 76 se muestran sumisos y envían un mensaje ilógico: hay en el país una “memoria histórica” intocable y estática hasta en sus menores detalles. Y debemos acatar esa “memoria” sobre todo “en un momento histórico”. Curiosa actitud la de esos politólogos patentados que ignoran que, por una parte, una cosa es la “memoria” y otra la “historia” y que, segundo, ninguna de las dos disciplinas se construye con datos congelados, inmodificables e inamovibles eternamente pues la verdad histórica evoluciona y se completa  con el tiempo a medida que nuevos elementos de prueba, o viejos elementos que estaban ocultos, aparecen ante la inteligencia humana. Olvidan que, precisamente, hoy más que nunca, la verdadera historia de la agresión terrorista que ha sufrido Colombia debe salir a flote.

En su “comunicado” no hay una línea que intente demostrar que María Fernanda Cabal se equivoca. ¿No son acaso los firmantes politólogos confirmados? ¿Por qué omiten toda argumentación?  Mi explicación es esta: a ellos no les interesa la historia. Les interesa devenir masa de maniobra, congregarse para linchar mediáticamente a una parlamentaria que el 14 de enero de 2015 fue declarada “objetivo militar” de las Farc, y que se atreve a desafiar los dogmas del desprestigiado comunismo colombiano.

Los 76 dicen que  la frase de María Fernanda Cabal “ofende  la dignidad de las víctimas”. ¿Cómo? La versión impuesta relega lo que los jefes de la asonada hicieron con algunos trabajadores. Ocultan la suerte que corrió, por ejemplo, la familia de Anselmo Corzo. Su casa fue saqueada y él terminó desaparecido. Su esposa, Margarita, fue asesinada a tiros, así como su hermano Luis. Mahecha, jefe de la insurrección, había ordenado “darle machete” a todo el que tuviera botas, pues eso era signo de que estaba con la United Fruit. Ese era el espíritu y la realidad de esa huelga. ¿Reabrir ese expediente, mostrar las atrocidades de unos y otros, es “ofender a las víctimas”? ¿De qué víctimas hablan los 76?

Wikipedia cuenta que la Universidad de los Andes fue fundada en 1948 por Mario Laserna Pinzón, Alberto Lleras Camargo y otros “con la idea de formar una élite pionera académica y técnica”. Esos insignes fundadores estarían hoy disgustados al ver lo que ocurre en sus aulas. La élite académica que querían formar se ha dejado contar: no son capaces de probar que son pioneros. Les falta la altura, la fuerza y la independencia intelectual necesaria para serlo y resistir a los pervertidores de la historia.

El grupo de los 76, donde debe haber gente sincera, parece ser, más bien, un cortejo fúnebre con plañideras que va por la calle mostrando hasta dónde el error y la mentira se han metido en las universidades. Saben que se les acabó ese mito, esa disculpa, la primera justificación de las escuadras armadas del stalinismo para mostrarse como “protectoras del pueblo”. El mito del “ataque” unilateral infligido a los huelguistas “inermes” de las bananeras por el Estado “fascista” colombiano, era eso: la fabricación de una coartada para banalizar sus atrocidades pasadas y ulteriores.

Andan gimiendo e invitando a otros a llorar en la prensa, en nombre de una universidad que merecía ser mejor tratada por sus ex alumnos. Los 76 invocan su condición de egresados para montar un proceso obscurantista, reaccionario, de tipo maoísta, contra una brillante politóloga y parlamentaria que tiene el coraje de agitar ideas e invitar a que la historiografía política de Colombia entre en el siglo XXI.

Los 76 saben que un mito que había sobrevivido hasta hoy pasó a mejor vida. Se les derrumba la historia de la matanza sin atenuantes que había inventado, en 1929, un agente del Komintern, Alberto Castrillón, organizador de la insurrección, condenado a 24 años de prisión y liberado unos meses después. Versión perfeccionada por un diputado liberal, Jorge Eliécer Gaitán, que quiso convertir el parlamento en tribunal de justicia para derribar al gobierno conservador.

Se les hunde, sobre todo, la ficción que muestra a Colombia como una isla aérea, como una luna de Júpiter, aislada de todo, como un país jamás penetrado ni afectado por el espionaje y el expansionismo soviético. En realidad, esa injerencia fue evidente en la huelga de las bananeras pero los fabricantes de leyendas tratan de borrar ese hecho. Los gritos de los 76 es un episodio más de esa cadena de esfuerzos para cegar a la ciudadanía. Ya era hora de que esa impostura cayera.

Lamentablemente la historia nuestra, especialmente la que es impartida en universidades y colegios, está escrita en un solo lenguaje: el de la lucha y guerra de clases, el del odio y la violencia como resorte legítimo para  “mejorar la sociedad”, para alcanzar “la igualdad”, aún si eso lleva a avasallar la libertad y el derecho. El enfoque obtuso del marxismo, ideología del siglo XIX, es un corsé que la historiografía debe romper cuanto antes. Las observaciones de María Fernanda Cabal, sobre lo que ocurrió en las bananeras, abren la discusión. ¿Cómo avanzar en la buena dirección y no seguir tragando mentiras sobre el pasado de nuestra nación? Sin verdad histórica, Colombia no saldrá de la Guerra Fría (el mundo salió de eso, salvo Colombia) ni obtendrá paz, estabilidad y prosperidad.

La universidad de los Andes debería rechazar las estériles gesticulaciones de sus indignados y ayudar a realizar la gran investigación que el parlamento colombiano de 1929 no pudo hacer ante la moción negativa de Jorge Eliecer Gaitán y de la bancada liberal.

Sería una excelente oportunidad para abrir los archivos, la documentación ignorada y refundida en bibliotecas, oficinas y depósitos de la prensa, emanada de esos eventos dramáticos, para examinarlos con respeto y sacar las conclusiones que la honestidad impone.  Ya es hora de que Colombia empiece a abrir las ventanas para que entre aire sobre esos eventos que  fueron escamoteados por la falsa historiografía partidaria de la izquierda.

@eduardomackenz1

6 de diciembre de 2017

Publicado en Columnistas Nacionales

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