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César A. Betancur R.                                     

Después del final de la Primera Guerra Mundial, los alemanes fueron obligados a firmar el Tratado de Versalles, lo que se constituyó en el gran insulto al orgullo teutón, creando así el germen de lo que después se conocería como la Segunda Guerra Mundial.

Alemania fue obligada a pagar la deuda de toda la guerra, sumiendo así al país en un caos económico sin precedente en la historia de ese país, lo que ayudó a que surgieran líderes como Adolf Hitler, quien asciende al poder en 1933.

Mientras esto ocurría en Alemania, el mundo sufría una gran crisis económica y los gobiernos de Inglaterra y Estados Unidos recortan el presupuesto para sus ejércitos, lo que no sabían era que Hitler se estaba armando hasta los dientes en secreto.

No obstante, dos personas, dos voces solitarias anunciaban y advertían del peligro que significaba Adolf Hitler para el mundo: el general estadounidense Douglas MacArthur y Winston Churchill, sin embargo, eran víctimas de burlas y reprendimientos por ser aves de mal agüero y porque ya nadie quería saber nada de ninguna guerra.

Estados Unidos e Inglaterra entonces se debilitaron militarmente, mientras Alemania preparaba sus primeras intimidaciones internacionales.

Adolf Hitler desata una crisis diplomática el 7 de marzo de 1936 al militarizar la región de Renania, lo cual estaba prohibido según el Tratado de Versalles, y dejando así a Francia con una incomodidad peligrosa y latente en su frontera.

En aquel entonces Francia contaba con el mejor ejército del mundo, y aun con la militarización secreta de Hitler, no era rival para la armada gala, por lo que el ejército alemán tenía la orden de retirarse si Francia reaccionaba, pero esto nunca ocurrió. Francia e Inglaterra tenían una política de apaciguamiento y pensaron que con cartas podrían detener al Führer. La cosa no pasó a mayores y Alemania ganó la primera batalla.

Esto alteró mucho más a Churchill, quien increpó al Primer Ministro inglés a tomar alguna medida ya que creer en Hitler no era garantía de nada, pero el pacifista Neville Chamberlain decidió hacer caso omiso.

Después Hitler hizo su segunda movida en octubre de 1938, entrando a la antigua Checoslovaquia para recuperar a los Sudetes, la cual era una región conformada étnicamente en su mayoría por alemanes, y bajo este pretexto, se desató una nueva crisis diplomática.

En esta ocasión, Hitler y Chamberlain se reunieron, y acordaron nuevamente un pacto pacífico, en la que las regiones que tuvieran mayoría étnica alemana podían anexarse al país teutón. Después de esta reunión, Chamberlain fue recibido en Gran Bretaña como el gran héroe que evitó una nueva guerra con los alemanes.

Pronto el mundo sabría que la ovación al pacifista Chamberlain duraría poco y que fue un craso error confiar en Hitler. Los sucesos que siguieron fueron la invasión a Polonia entre Alemania y la Unión Soviética, lo que desató oficialmente la Segunda Guerra Mundial debido a la declaratoria de guerra de Francia e Inglaterra.

A pesar de que en ese momento Francia e Inglaterra por fin se habían decidido a actuar, ya era demasiado tarde, Alemania tenía el mejor ejército del mundo y el mundo se sumiría en 6 largos años de guerra, dolor, pena y muerte. Muy tarde entendieron que los nazis no querían la paz, querían el poder.

Un año después, en 1940, Winston Churchill asumiría como Primer Ministro inglés, aquel al que no le creyeron y al que le hacían mala cara por anunciar desde mucho antes, los venideros vientos de guerra.

En esta ocasión, el famoso dicho de que es preferible una paz injusta que una guerra justa resultó falso y terriblemente erróneo. Se estima que la Segunda Guerra Mundial dejó alrededor de 60 millones de muertos gracias a la paz injusta del Tratado de Versalles y a la paz injusta pactada con Hitler en 1936 y 1938. 

Publicado en Columnistas Nacionales

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