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Eduardo Mackenzie    

La secta mamerta se ha movilizado con gran nerviosismo para responderle a María Fernanda Cabal.

Lo que  improvisan en revistas y periódicos, pero sobre todo lo que lanzan en las redes sociales para tratar de contradecir las acertadas afirmaciones de la representante del Centro Democrático sobre la huelga de las bananeras de 1928, es muy revelador: no tienen argumentos. Casi siempre anónimas,  esas respuestas son una colección de frases rabiosas donde hay de todo: ignorancia, confusión y cobardía intelectual y, más que nada, machismo y misoginia virulentos. Los mamertos ofrecen lo que tienen. Por eso han fracasado en su labor proselitista: el país rechaza sus mentiras y su partido no es más que un esqueleto sin vida.

La furia de esa gente muestra que ese tema, la huelga insurreccional de las bananeras, es esencial para el dispositivo de combate de ellos: necesitan ocultar quién organizó ese choque violento contra la fuerza pública,  qué objetivos tenía esa feroz operación. Tras el fracaso de la asonada, donde la masa obrera fue explotada como fuerza de choque,  como ganado sacrificial, había que servirse de ese episodio para justificar más tarde las violencias que el comunismo desataría contra Colombia  durante más de 80 años.  No quieren que alguien destruya esa leyenda, ese mito tan útil por su impacto moral y psicológico sobre la ciudadanía.

El comunismo  colombiano ha obrado siempre así: agrede a la sociedad civil y al Estado, y transforma enseguida al agresor en víctima y señala a ésta como el agresor. Ello busca que la sociedad democrática, ante tal inversión de conceptos y de hechos, baje la guardia y se habitúe y hasta tolere las atrocidades. Pretende que, al final, nadie sepa dónde está el bien y dónde está el mal y la justicia termine siendo una parodia de justicia.

Hoy hacen lo mismo pero a una escala más vasta. El pacto Farc-Santos intenta llevar a la picota (ante los jueces rojos de la abominable JEP) a los oficiales de la fuerza pública y a los dirigentes políticos que luchan y lucharon por la defensa de las instituciones democráticas contra la subversión castro-comunista.

Por eso la polémica sobre la huelga de 1928 cobra hoy tanta fuerza. Este es el segundo artículo que escribo en esta semana sobre eso (1). Lo curioso es que los defensores de la versión mamerta imitan al perro que se muerde la cola: giran alrededor de lo mismo, de tres o cuatro embuchados, sin salir de la ficción y evitando los escollos, los verdaderos elementos de ese episodio.

Callan, por ejemplo, que Jorge Eliecer Gaitán, un joven diputado liberal en 1929, hizo mucho para ocultar el papel comunista en esa huelga violenta. Ocultan el hecho de que Gaitán no quiso que el parlamento abriera una investigación en debida forma sobre esos tristes acontecimientos. Él se opuso a eso. Él sabía lo que decían los testigos presenciales, conocía lo que habían registrado las autoridades civiles y religiosas locales y la prensa local sobre la huelga, sobre el uso de machetes, garrotes y pistolas y fusiles que los agitadores habían blandido contra los agricultores y sus familias. Él sabía que la negociación laboral había sido saboteada. Gaitán, empero, evitó que esos hechos fueran incluidos en un protocolo oficial del parlamento y quedaran para la historia. El buscaba sólo una cosa: acusar y derribar, si era posible, al gobierno del conservador Miguel Abadía Méndez y lograr que los responsables materiales e intelectuales de la bárbara huelga fueran liberados, cosa que consiguió casi en su totalidad. Ese régimen garantista, respetuoso del derecho de defensa, es mostrado por los propagandistas stalinistas como un  “gobierno fascista”.

En lugar de buscar en la prensa regional y nacional --y en otros archivos, oficiales y partidarios--, los hechos de esa huelga, y de otros episodios de la violencia que ha sufrido Colombia durante décadas, los mamertos se contentan con las viejas falacias. Hay personas que van a las bibliotecas a destruir páginas y artículos enteros donde hay información valiosa para los historiadores. El investigador social Carlos Romero Sánchez descubrió eso en 2011 y el diario El Colombiano, de Medellín, víctima de depredadores en una biblioteca de Bogotá, constató eso y publicó un artículo al respecto.

Si los archivos de la Cámara de Representantes de Colombia no han sido saqueados, el historiador serio encontrará allí las protestas  de personalidades civiles, militares y eclesiásticas de Santa Marta y alrededores contra las fabulaciones del joven diputado Gaitán. En mi libro sobre las Farc (2), donde dedico 24 páginas a esa huelga,  transcribo una de esas protestas, la del obispo de Santa Marta: “¿Cómo es posible que los crímenes horribles de que se habla en el Congreso hayan podido cometerse sin que nadie haya sido informado hasta hoy? Y si alguien supo ¿por qué esa persona no emitió la menor protesta?”.

Después los mamertos nos vienen con el cuento de que “se sabe muy poco” de la huelga de las bananeras y que Gabriel García Márquez, al escribir en una novela, sin tener la menor prueba, que allí el gobierno había matado a tres mil personas, no había hecho sino acudir a una licencia “literaria”. Falso. El mintió descaradamente para alimentar la quimera con ese grano de arena.

Ese tipo de juegos macabros con la realidad histórica del país es lo que ellos llaman ahora “repensar la huelga de las bananeras”. Ellos han “repensado” también el 9 de abril, los crímenes de la banda de Tirofijo, la fundación de las Farc y la “segunda Violencia”. Más recientemente, han “repensado” el secuestro y asesinato de Gloria Lara, el asalto al palacio de justicia de Bogotá, el fracaso de la negociación de paz del Caguán y del acuerdo de Los Pozos, los atentados de El Nogal y de Bojayá, el atentado contra Fernando Londoño Hoyos, la bomba en Santo Domingo, la matanza de rehenes del 5 de mayo de 2003, el secuestro y asesinato de la niña Daniela Vanegas, en 2004, y muchas más salvajadas, explosiones, extorsiones, sin hablar de los cientos de asaltos y destrucciones y, sobre todo, de los 39 058 secuestros cometidos por las Farc entre 1970 y 2010.

Esos crímenes no fueron tratados seriamente por el Grupo de Memoria Histórica, de 2013, ni lo será (lo contrario nos sorprendería) por  la curiosa Comisión de la Verdad que presidirá Francisco de Roux.

Para rebatir lo dicho por la parlamentaria Cabal y por el suscrito, un diario bogotano (3)  interrogó a tres profesores de historia. ¿Tres puntos de vista diferentes? ¿Tres estudiosos del caso discutido? No. Los tres peroraron en abstracto. Y dijeron lo mismo. Nicolás Pernett, de la Universidad Nacional,  repitió la soflama de que el Estado colombiano “actuó en contra de los trabajadores” de las bananeras, y que la huelga había estallado por las “condiciones del trabajo en esa región”. Ridículo.  Las motivaciones subversivas de la huelga de 1928 son evidentes y pocos se atreven a cuestionar ese punto. Claudia Díaz, licenciada en Filosofía e Historia de la Universidad La Gran Colombia,  también parece ignorar que el Komintern había dirigido cada tramo de esa insurrección fracasada. Ella adujo que allí sólo había contado un factor económico-social: “la tenencia de la tierra”. Según ella,  esa tenencia “se convierte en un detonante constante de violencia”. ¿En general? Luego habría, según ese esquema, que abolir la tenencia de la tierra y la propiedad privada de la tierra, e ir hacia el colectivismo más absoluto,  para eliminar “la violencia”. El determinismo marxista y la culpabilización anticapitalista saltan a la vista. En la huelga de las bananeras esa cuestión de la tenencia de la tierra no jugó, ni de lejos, el papel “detonante”.

Otro historiador de la Universidad Nacional, Néstor Cardozo, descarta en forma pedante lo dicho por la congresista Cabal. Pretende que ella “se basó en un solo autor para desmentir un acontecimiento”. Ese autor soy yo, pero Cardozo no ha leído ni una línea de lo que yo expongo en el citado libro. Cardozo pide a quienes “quieran tener una opinión informada de este acontecimiento” examinar la prensa de la época y el debate de Gaitán ante el Congreso. Precisamente, son esos los elementos que yo consulté, entre otras fuentes, incluidas varios tipos de notas diplomáticas. Mis afirmaciones sobre la huelga de las bananeras son públicas desde 2007. Ningún historiador, universitario o no, las ha cuestionado desde entonces.

La pretensión de que solo los “historiadores de universidad” poseen la verdad sobre la historia, es tan cuestionable como creer que la “verdad histórica” solo puede salir de una “comisión de la verdad”  o de un “grupo de memoria histórica”.  ¿Quién es historiador y quien no lo es? ¿Dónde están los libros de historia de esos profesores de historia? ¿Dónde están sus ensayos sobre la huelga de las bananeras?

Esos tres profesores acusan a María Fernanda Cabal de negar el episodio de 1928 cuando ella solo cuestiona la construcción ficcional o “mítica” colateral, la recreación imaginaria del episodio, para hacer  demagogia política. Los tres profesores son negacionistas. Niegan el hecho central de ese acontecimiento: las destrucciones y la marcha de gente armada sobre Ciénaga y la voluntad de los agitadores de la IC de que eso terminara en un choque sangriento con la fuerza pública. Los huelguistas días antes habían desarmado a un grupo de policías. El Ejército detuvo la columna armada e impidió que ésta se tomara a Santa Marta, la cual debía ser convertida en bastión revolucionario en conexión con los émulos de ellos en Venezuela. ¿Cuántas vidas habría costado desalojarlos de ese puerto?  Los tres profesores no sospechan siquiera que eso era lo que ocurría en esa huelga. Por fidelidad ideológica se niegan a admitir que Colombia era en ese periodo objeto de operaciones subversivas duras de Moscú y de la Tercera Internacional.

Marx da la justificación teórica para que los comunistas adulteren los hechos históricos, cuando dice: “cada cosa parecía llevar en si el germen de su exacto contrario”.  “Repensar” es hacer eso, tomar la cosa, el hecho histórico, y presentarlo como su exacto contrario, pues éste, cree Marx, estaba en germen. Tal receta les permite a  nuestros historiadores universitarios seguir la consigna de Gaitán: no hubo comunismo en la insurrección, “eso fue un invento de Rengifo”.

Paul Ricoeur decía que el mito es “revelación de mundos inhabituales […] apertura sobre otros mundos posibles que transcienden los limites definidos por nuestro mundo real”.

Es hora de que el mundo universitario colombiano se libere de la camisa de fuerza del marxismo y de los mundos imaginarios que éste provee. En caso contrario, ampliará la distancia entre él y el país real.

@eduardomackenz1 - 1 de diciembre de 2017

Notas

 (1).- Ver Manipular el pasado para maniobrar el presente, por Eduardo Mackenzie. 29 de noviembre de 2017: http://www.periodicodebate.com/index.php/opinion/columnistas-nacionales/item/17313-manipular-el-pasado-para-maniobrar-el-presente/

(2).- Las Farc fracaso de un terrorismo (Random House-Mondadori, Bogotá, 2007,  página  59).

(3).- http://www.eltiempo.com/politica/congreso/historiadores-responden-a-maria-fernanda-cabal-tras-decir-que-masacre-de-las-bananeras-es-un-mito-156666

Publicado en Columnistas Nacionales

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