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Luis Alfonso García Carmona                                 

Un largo período de nuestra historia estuvo marcado por el enfrentamiento entre los dos partidos tradicionales, el Liberal y el Conservador. La llegada de uno u otro al poder no representaba cambios profundos en el manejo del Estado y –mucho menos- en el futuro del país. La más profunda repercusión se sentía en la nómina estatal, que cambiaba de color.

Lugo vino el Frente Nacional, período en el que, para erradicar el odio partidista y la violencia que éste generaba, se pactó la alternación en el poder y la paridad en el reparto burocrático. Por supuesto, las elecciones ya no representaban cambio alguno más allá de las preferencias por uno u otro candidato.

Finalizado este remanso de paz, retornó el libre juego democrático, pero con la presencia de otros factores que cabe señalar:

a)      El auge del narcotráfico que comenzó a influir de manera determinante en la política colombiana. Dos hechos avalan este aserto. El asesinato de un candidato que gozaba del favor popular en su partido, Luis Carlos Galán, que no era del agrado de los “capos” de la droga, y la irrupción masiva de dineros ilícitos provenientes del tráfico de estupefacientes para llevar al solio de Bolívar a Ernesto Samper.

b)      Desde el Frente Nacional, aparecieron guerrillas de inspiración marxista-leninista, las cuales fueron ganado influencia, gracias a la tibieza de los gobernantes, a pesar de que no contaron nunca con el apoyo del pueblo. Contra la entrega de un vasto territorio a la guerrilla en la zona del Caguán, y el fracasado proceso de paz en el que fue humillado el gobierno de Pastrana, escogieron los colombianos la alternativa que les presentó Alvaro Uribe Vélez.

De allí en adelante, la historia es más conocida: La reelección de Uribe Vélez para la continuación de la Seguridad Democrática, que había traído paz, seguridad y desarrollo. Luego, Juan Manuel Santos, en el 2010, se hizo elegir con la promesa de continuar dicha política y, en el camino, cambió de rumbo y llamó a la guerrilla, diezmada y refugiada en la selva o en países vecinos, a negociar la “paz”.

Con ese mensaje logró su reelección. Ahora se conoce que el escándalo que le costó la victoria en la segunda vuelta a Oscar Iván Zuluaga, fue articulado por el propio Presidente Santos, y que éste contó con inmensos recursos provenientes de Odebrecht, al más grande corruptor de gobiernos en Latinoamérica, el cual ha sido favorecido con jugosos contratos en pago de la financiación de la campaña.

En las postrimerías del segundo período de Santos, nos encontramos ante el siguiente panorama.

1.- Las FARC obtuvieron en una mesa en La Habana todo aquello por lo que habían luchado: El poder del Estado para convertir a Colombia (como ellos mismos lo han anunciado) en un estado socialista, al estilo de Cuba y Venezuela.

2.- El narcotráfico, elevado a su máxima potencia. De las 40.000 hectáreas sembradas de coca que quedaban por erradicar en el gobierno de Uribe, ahora vamos en 180.000 y seguirán creciendo en forma exponencial, como lo asegura la DEA. Desde el propio gobierno se estimula este negocio maldito, suprimiendo la fumigación aérea, sometiendo la erradicación manual a la voluntad de los sembradores de coca, premiando a éstos con permiso para sembrar 3.8 hectáreas por persona, subsidiándolos con dineros del Estado, considerando al narcotráfico como delito conexo con el de rebelión para que quede impune, y prohibiendo la extradición de los responsables de tal ilícito. En otras palabras, somos un “narco-estado”, ni más ni menos.

3.- La corrupción ha llegado a topes inimaginables. El presupuesto nacional se convirtió en una olla sin fondo de donde salen las partidas – bajo el mote de “cupos indicativos” - para que los congresistas  amigos del régimen gasten a su antojo con sus cómplices. Las campañas se financian con el erario y con las “ayudas” de contratistas, los cuales reciben el pago en contratos adjudicados   “a dedo”, como es ya costumbre.

4.-  Desapareció la Democracia y estamos, sin lugar a duda alguna, sufriendo una tiranía. A las pruebas me remito: Desapareció la separación de los poderes, fundamento de la Democracia, con un Congreso y unas Cortes al servicio incondicional del Ejecutivo. La voz del pueblo, en quien reside la soberanía según nuestra propia Constitución, ahora es ignorada. No obstante que los acuerdos se habían condicionado a que fueran refrendados por el pueblo, se desconoció la mayoría que votó NO  en el plebiscito. La “refrendación popular” la dio el Congreso mediante una proposición, con la taimada aprobación de la Corte.

5.- No existe ya Justicia para los colombianos. Las Cortes, otrora respetadas, ahora reciben el más duro rechazo en las encuestas de opinión, y con razón. Los escándalos de corrupción han salpicado a las Cortes, y su servil actitud ante el gobernante los ha privado de toda credibilidad. La implantación de una justicia especial para las FARC, instrumento a su medida para perseguir a sus opositores y conseguir toda clase de absoluciones a sus militantes, es una absoluta negación de justicia para el pueblo colombiano.

6. Como consecuencia de la dedicación exclusiva de la gestión del Estado a la atención de las FARC, olvidando las necesidades de 50.000.000 de compatriotas, se ha abandonado la economía, y presenta el país indicativos de una recesión económica en todos los frentes. El crecimiento está en el 1.2%. Se redujeron las exportaciones, desapareció  la inversión, creció el déficit fiscal, se han dilapidado los recursos estatales y se han adquirido compromisos en los famosos acuerdos que el Estado no podrá honrar con sus recursos presentes y futuros.

No nos permite este corto espacio ahondar en las funestas consecuencias del régimen Santos y de los acuerdos de La Habana. Pero estos 6 puntos que nos hemos limitado a señalar, son otros tantos motivos para salir masivamente a votar por los candidatos que encarnen un viraje de 180 grados y sean capaces de conducirnos hacia la RECONSTRUCCIÓN NACIONAL.

Serán éstas las más importantes elecciones de nuestra historia, porque en ellas se decidirá cuál es el rumbo que debe seguir el país: ¿Queremos darle nuestro visto bueno al “castro-chavismo”, al imperio de la coca y de la corrupción,  a la tiranía y la falta de Justicia y a la hecatombe económica? O, por el contrario, ¿demostraremos nuestro rechazo a esta lamentable gestión y a sus responsables y cómplices? Tienes la palabra, amable lector.

Publicado en Columnistas Nacionales

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