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Las ínfulas monárquicas de Santos y el camino al castrochavismo

Darío Acevedo Carmona                                         

No satisfecho con haber desconocido la voluntad popular en el plebiscito, el presidente Santos pretende hoy hacer lo mismo con el poder legislativo amenazándolo a través de su vasallo ministro del Interior con convocar el Estado de Conmoción Interior para dotarse de poderes omnímodos y así expedir por decreto la normatividad procesal y estatutaria de la JEP si el Congreso de la República no lo hace.

En medio de la ofuscación que le causan los resultados ampliamente adversos en las encuestas, Santos apela a las esferas internacionales en las que aún goza de cierto eco su política de paz. Claro, cuenta a su favor el hecho de que los gobiernos y organismos, ocupados en sus propios problemas o en asuntos de mayor calado internacional, no se fijan en la letra menuda, que para nosotros es letra gruesa, pero bien gruesa, siendo esa la razón de sus extraviados apoyos a un proceso de alto riesgo para para nuestra democracia.

A pesar de haber asegurado en 2012 que sometería los acuerdos a refrendación popular como consta en grabaciones periodísticas, no vaciló en dar marcha atrás e insistió en su aviesa política. En esta y otros reversadas es acolitado por un estrecho círculo que se lucra de su ancha mano para prodigar mermelada.

Bien lejos quedó su propósito de unir a toda la nación alrededor de un acuerdo. Malogrado el consenso por sus propios yerros y traiciones no solo perdió la confianza de una ciudadanía a la que trató como súbdita, sino que se tapa los oídos ante las voces de alerta de la Fiscal de la Corte Penal Internacional Fatou Bensouda en el sentido de que los acuerdos firmados, en particular en lo referente a la aplicación de castigos e imposibilidad de otorgar amnistías e indultos a responsables de crímenes de lesa humanidad y de guerra, contrarían la justicia internacional. Habrá que mirar en detalle la respuesta de la Cancillería colombiana que, según crónicas iniciales, descalifica las observaciones de Bensouda en términos desobligantes.

Pero Santos es muy habilidoso para oxigenar su imagen y encubrir sus pecados. Ante las comprobadas irregularidades en la financiación de sus dos campañas presidenciales, primero, y ante las recientes revelaciones de estar involucrado en los Paradise papers, se inventa giras internacionales, la de esta semana incluyó contactos monárquicos, como los que le atraen, con la reina de Inglaterra, inmersa en el mismo escándalo y con el jeque de los Emiratos Árabes Unidos.

Tras sus aires monarcales se esconde su aversión a la crítica y su incomprensión sobre lo que es la oposición en una democracia reduciéndola a un factor de molestia. A él solo le gustan las atenciones con tapete y aires marciales por parte de autoridades que no tienen más remedio que respetar los protocolos sin mirar lo que el visitante lleva a sus espaldas.

Su mayor tortura en los últimos días tiene que ver con la posibilidad de que se malogre la aprobación de la ley reglamentaria de la JEP. Sectores de la Coalición comienzan a escabullirse temerosos de quedar castigados en las próximas elecciones por haberlo apoyado. Muy pocos quieren ser retratados a su lado.

Y como para que no queden dudas de cuán lejos seguirá llegando, da la señal de estar dispuesto a decretar la Conmoción Interior. Ese tipo de medidas están contempladas en la política de paz diseñada por su ex alto consejero de paz, el filósofo Sergio Jaramillo, que contempla la toma de “medidas extraordinarias y excepcionales” para implementar los acuerdos por al menos un período de diez años llamado “periodo de transición”.

El balance de sus ímpetus de monarca absolutista no puede ser más trágico. A los “logros” señalados en anteriores columnas agreguémosles las últimas proezas que nos acercan cada vez más a ese modelito del desastre venezolano que algunos intelectuales liberales y progres ven como un espantajo de nuestra imaginación o una argucia demagógica.

La trinidad Justicia, Historia y Verdad, que no la ha logrado aún el régimen socialista bolivariano o castrochavista de Venezuela en 19 años, aquí, tan solo en unos meses, ya está en las manos de las Farc y sus amigos. Tendrán bancada en el Congreso sin necesidad de votos, a su alrededor orbitan varios movimientos sociales con rimbombantes nombres. Tienen dinero por montones, disidencias tipo retaguardia. Ligaron su reforma agraria con legalización del cultivo de coca, Quieren ir por la presidencia. No pagarán cárcel por delitos atroces. ¿Alguna duda?

El Espectador, Bogotá, 12 de noviembre de 2017

Publicado en Columnistas Nacionales

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