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Ariel Peña                                     

Se ha dicho que en Colombia todo es grave pero nada serio. Esto lo podemos observar con la multiplicación de cultivos de coca  en los últimos 5 años, pasando de 40 mil hectáreas a 188 mil, al amparo de las negociaciones de La Habana.

Creyendo el gobierno de pronto cándidamente en una erradicación voluntaria, que necesariamente  tiene que pasar por el beneplácito de los jefes de las Farc, la dispensa de las disidencias farianas, la autorización de las bacrim, el visto bueno del Eln  y el permiso de las mafias nacionales e internacionales, que desde luego  no lavan a permitir, y por eso se tiene un saldo trágico de víctimas en las últimas semanas.

Entendiendo la doctrina marxista leninista de las Farc, que esta adobada en Latinoamérica por el socialismo del siglo XXI, esa guerrilla sabe que la coca es un factor de perturbación social y político, como sucedió en Bolivia en 2003, donde los cocaleros dirigidos por Evo Morales, actual presidente de ese país, durante casi todo el año realizaron bloqueos, huelgas y marchas que terminaron  con la renuncia y la huida del presidente constitucional Gonzalo Sánchez de Lozada en octubre. Claro que los cocaleros estuvieron acompañados por otros sectores sociales y sindicales, como los mineros, pero no se puede olvidar que los cocaleros fueron la chispa que prendió la pradera, parafraseando  a Mao Tse tung.

Los cultivadores de coca que protestan por estos días en Colombia están organizados por las Farc, y la disidencia de esa guerrilla se encuentra  en la retaguardia conservando el esquema de la combinación de todas las formas de lucha, buscando construir un sujeto hegemónico con la identidad cocalera, que pretende la articulación con otros sectores populares, para hacer más relevante  el levantamiento cocalero.

Se sabe que las ganancias del narcotráfico a nivel mundial pueden estar por encima  de los 320 mil millones de dólares anuales, y que  la mayoría de ese dinero va a parar al sistema financiero internacional. Eso no es óbice para que Colombia haya bajado la guardia en la lucha  en contra de ese flagelo, casi quintuplicando los cultivos, ya que el país debe respetar los compromisos con la comunidad internacional en materia de drogas ilícitas, por lo cual no hay una explicación razonable de parte del ejecutivo; pero en cambio las Farc si saben lo que quieren y más adelante se verán las consecuencias de ese desatino gubernamental.

El proyecto de ley del gobierno que busca despenalizar a los dueños de cultivos de coca hasta 3,8 hectáreas, nos conduciría a un maremágnum cocalero, ya que si con 188 mil hectáreas se producen más de 720 toneladas métricas de cocaína anuales, con 100 mil pequeños cultivadores que dice el gobierno que se beneficiaran, produciendo en esas parcelas se podría llegar a 1500 toneladas de cocaína, con lo que el titulo de Narco-Estado no nos quedaría grande; así que hay que salir de una situación tan comprometedora para el país, pues el gobierno de Trump tiene puestos los ojos sobre Colombia en materia de cultivos ilícitos, y no sería extraño una descertificación en esa materia.

Frente  a los cultivos de coca no se puede ser tan inocente, porque detrás de eso no solo está un  negocio con ganancias monumentales, sino que también hay un componente político de gran magnitud, que busca desestabilizar el país mediante protestas  cocaleras que puedan conducir a mediano plazo a un levantamiento. Ahí se encuentra  como referente a Evo Morales en Bolivia quien, producto de una campaña bien orquestada con los cocaleros, llegó a la presidencia impulsando un régimen de corte marxista leninista con las caretas del indigenismo y la protesta social. De la misma forma los jefes de las Farc, sabiendo de esa experiencia exitosa, buscan reeditar en Colombia un modelo que necesariamente lleva al adocenamiento y a  la esclavitud de la población.

Publicado en Columnistas Nacionales

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