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Eduardo Mackenzie                                        

El individuo que se hace llamar Jesús Santrich, el alias de Seusis Pausias Hernández Solarte  (dudo que incluso esta segunda identidad sea verdadera) realizó la semana pasada una sucia maniobra al usurpar un lugar que le correspondía a una víctima de la agresión comunista a Colombia, en la sesión especial convocada por la comisión primera de la Cámara de Representantes. 

Obviamente, la llegada al respetable recinto de ese jefe terrorista con tenebroso pasado criminal y beneficiario de una absurda impunidad, desató protestas. El representante Edward Rodríguez, del Centro Democrático, víctima de las Farc (su hermano militar fue asesinado por esa banda hace unos años),  le gritó “asesino” y rechazó su presencia por ser un victimario. “En la casa de la democracia no se puede escuchar a quien ha cometido los peores crímenes y no ha pagado ni un día de cárcel”, lanzó Rodríguez, antes de pedir que no le dieran la palabra al delincuente “por lo menos hasta que pague los crímenes y pida perdón a las víctimas”. En lugar de ser respaldado, Rodríguez fue hostilizado por Ángela Lozano, del partido verde, quien presidía el acto. Santrich pudo perorar y burlarse de nuevo de las víctimas, como lo ha hecho tantas veces. Sin continuar la protesta, Rodríguez y otras personas abandonaron el salón.

Esa incursión alevosa de las Farc tiene una explicación que no ha sido analizada. Lo que ciertos medios explotaron después, reduciendo todo a  una supuesta “rivalidad” entre Rodríguez y el citado matasiete, desacredita el periodismo. Nada justifica poner en un mismo pie de igualdad a una víctima de las Farc con el abyecto Santrich. Señores de  “La Noche” de RCN ustedes deberían hablar menos de respeto a las víctimas y respetarlas de hecho.

Lo esencial es que al crear ese incidente, Santrich dejó ver que las Farc perdieron la brújula. Ellas perciben que el pretendido “proceso de paz” no les ha salido bien y que es necesario pasar a otra fase, que podría ser de agresiones físicas  y morales contra la ciudadanía, para cambiar el clima político. Y para aplacar, de paso, la bronca que crece en las bases de las Farc contra la falsa división entre “disidencias” y  “desmovilizados”.

A pesar de las apariencias, el proceso “de paz” no va bien y no existen condiciones para que éste pueda ser consolidado. El país jamás aceptó el pacto Santos-Farc negociado en la sombra, lejos de Colombia, bajo tutela castrista, a espaldas de las instituciones y del pueblo colombiano. Ese pacto, vil traición al país, fue repudiado por la ciudadanía el 2 de octubre de 2016 en un plebiscito nacional.

Santos desconoció ese resultado e impuso su plan entreguista pero desde entonces la situación no ha cambiado: la desconfianza del país aumenta, a pesar de las pesadas maniobras corruptoras del gobierno, tan costosas para la imagen del propio Santos, para “implementar” los infames acuerdos.

Santos es detestado por los vicios de su reelección, por la inepcia y corrupción de su gestión y, sobre todo, por su empeño enfermizo en entregarle el país a la dictadura cubana.

Ese sentimiento general es el gran obstáculo a los planes de las Farc. El bloque de minorías que apoyaba a Santos se ha quebrado. Los candidatos de oposición, en campaña electoral, constatan que una ola de furia recorre el país, sobre todo desde que emergió el tribunal-cocodrilo de la JEP, erigido para vengarse de todos aquellos que defienden la democracia. Las mayorías no quieren sino una cosa: elegir, en 2018, un congreso y un presidente de la República que pongan fin al caos institucional y económico creado por Santos y que haga trizas o modifique a fondo los patéticos pactos de La Habana. Todos los candidatos, incluso Germán Vargas Lleras, quien  trabajó con Santos desde 2014, tratan de asumir un perfil de salvadores y de innovadores.

Del otro lado, los cabecillas de las Farc y sus perspicaces asesores no están  contentos. A Santrich no le gustó como quedó la JEP pues dice que allí tres magistrados (de los 51) “son de derecha”. Saben que no han ganado y que su triunfo es de relumbrón y provisional. Y que la JEP ha generado la masificación del rechazo. Una vasta campaña de firmas busca poder realizar un referendo para derogar esos pactos. El castillo que construyeron con la ayuda de Santos, Chávez, Maduro, Raúl Castro y hasta con el mismo Barack Obama, no tardará en colapsar. Pues los cimientos están minados. Ni siquiera Santos ve las cosas con optimismo. Está haciendo maletas para irse a vivir con su familia a Londres, si debe entregarle el poder a alguien no continuista el próximo 7 de agosto. Su intriga central del momento es para impedir que ello ocurra.

Colombia no quiere continuidad. Quiere ruptura. El fracaso de la subversión está, pues, a la vista. ¿Qué hacer entonces? Hacer lo único que saben hacer: utilizar la violencia, la mentira y la provocación. ¿Alguien cree que la incursión vergonzosa de Santrich en la comisión primera una semana después de la matanza de campesinos en Tumaco fue una coincidencia? Los dos hechos están ligados. Había que demostrar en Bogotá que los jefes farianos entran ya a donde quieren e imponen sus reglas y montar casi simultáneamente un escenario sangriento en el campo para alejar a la fuerza pública de zonas de cultivos ilícitos. Y para justificar quien sabe qué otras locuras, como hacer entrar fuerzas cubanas en suelo colombiano para “proteger el proceso de paz”.

La acusación contra la policía por lo de Tumaco, lanzada por voceros  encubiertos, ha fracasado. Las pruebas técnicas que hizo el CTI y Medicina Legal, y las investigaciones periodísticas de Radio Caracol, indican que los 14 fusiles robados a la fuerza pública días antes de la manifestación de cultivadores de coca pudieron haber sido utilizados por dos columnas de las Farc, dirigidas por alias “Guacho” y alias “Cachi”, presentes en la región en el momento de la balacera.  El plan de mostrar lo de Tumaco como un crimen de la fuerza pública no les funcionó.

Van a venir otras provocaciones, para mostrar, internamente, la utilidad de las llamadas “disidencias” manteniendo al mismo tiempo la ficción de que las Farc no tienen ahora ni un revólver. Enterradas en el monte, las “disidencias” siguen expuestas a todo, mientras que los peces gordos viajan en libertad y viven a cuerpo de rey. Tal disparidad genera rabia y ésta comienza a ser ventilada en los medios.

Santrich gesticula y provoca para aplacar a los furiosos y crear la imagen de que controla las ciudades. Ese es quizás el significado oculto de lo que ocurrió la semana pasada en la comisión primera. Desde luego, a Santrich no le gusta que le canten, ante las cámaras de televisión, que es un vulgar asesino. Por eso amenazó a Rodríguez con entablarle una demanda. Santrich, quien ha dicho que no se arrepiente de nada,  prueba así que no olvida su especialidad: ensañarse contra las víctimas. El creía que con repetir que ha sido “amnistiado” (en condiciones muy dudosas) había adquirido respetabilidad. Error. Santrich no es respetable, ni es respetado, como acabamos de verlo.  La sangre que lleva en sus manos no quedará invisible sin pasar antes por la justicia.

El otro incidente que muestra que el proceso tiene los días contados fue la sentencia surrealista de la Corte Constitucional que decidió, barriendo  los principios de derecho, que por encima de la Constitución vigente habrá unos “parámetros de interpretación” de los acuerdos de La Habana que deberán regir al país y que serían “inmodificables” durante 12 años.

Los juristas del mundo entero cuando saben que nueve magistrados de una flamante Corte Constitucional se inventaron un sistema atípico consistente en dotar a Colombia de dos constituciones --una de derecho (la de 1991), y otra de hecho (los acuerdos de La Habana-parámetros-de-interpretación-de-todo-e-inmodificables-hasta-2030)--,  emiten sonoras carcajadas.

Son muy malas noticias para el quimérico proceso de paz. Las mentes más perversas del marxismo están bajo presión para que produzcan las recetas para aplastar la resistencia popular e imponer, en últimas, durante décadas, una devastación comunista tipo Venezuela. Colombia sabrá cómo desbaratar esos planes diabólicos.

@eduardomackenz1

17 de octubre de 2017

Publicado en Columnistas Nacionales

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