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Libardo Botero C.                                       

Cualquier definición de cínico que utilicemos nos conduce, sin remedio, a la personalidad del mentiroso desvergonzado, que acostumbra engañar de manera descarada, impúdica y deshonesta. Exactamente la descripción del estilo de obrar y decir de nuestro presidente, Juan Manuel Santos.

En numerosas ocasiones me he ocupado de analizar con minucia diferentes acontecimientos de su fatídico mandato, al igual que tantos analistas de nuestro acontecer. Ahora que el escándalo del fraude de las elecciones presidenciales de 2014 cobra nuevos bríos, con todos sus repugnantes componentes –desde el montaje del tal “hacker”, hasta la operación de compra de votos con coimas de Odebrecht y saqueos al erario-, me había propuesto efectuar un examen cuidadoso de la comprometida situación del espurio mandatario. Creo que habrá la oportunidad, más pronto que tarde, pero voy a esperar un poco.

Mientras tanto voy a recoger otra faceta del primer mandatario, proporcionada por él mismo, para buscar ridiculizar lo que de él se dice en todo el país, y enlodar a la oposición. Sin querer queriendo, como se dice, ha efectuado en Manizales la semana pasada, el 6 de octubre, en un congreso de la jurisdicción ordinaria, una descripción tan detallada de los rasgos de su personalidad y ejecutorias, que no resisto la tentación de reproducirlas, in extenso, por lo aleccionadora. Me ahorraré cualquier comentario, porque es innecesario.

El inventario de falacias e imposturas es de antología y constituye, tomado en su conjunto, el mejor autorretrato que pueda esperarse de nuestro cínico. Los trazos, siguen un estudiado estilo de claroscuro, que envidiaría Caravaggio, de suerte que todo lo oscuro aparenta quedar claro, mientras que lo que para todos está claro aparece confuso y bruno.

Solo quisiera agregar dos pequeñas reglas de hermenéutica, necesarias para entender de manera simple y llana el relato. Para su mejor entendimiento he decidido dividirlo en dos partes: lo que Santos opina de su gobierno, de los temas álgidos de la coyuntura, de sus propósitos, de sus logros; y, de otra parte, lo que, en sus palabras, los críticos y opositores piensan de él. Para el primer acápite, la regla interpretativa es simple, derivada, si se quiere, de la dialéctica hegeliana: cada tesis, en síntesis, es la antítesis de la verdad. Para el segundo acápite no hay que recurrir a tan elevados predicamentos: basta con despojar las afirmaciones de unos cuantos adjetivos descalificadores, y tenemos en bruto la verdad monda y lironda.

Primera parte: “Tenemos un mejor país que el que teníamos hace siete años”

Entiendo que muchas personas sientan que la corrupción está disparada, pero eso no es necesariamente cierto.

No es que haya más corrupción: es que las instituciones están destapando la corrupción y la están combatiendo. Están dando resultados.

Tampoco podemos –ni debemos– caer en la generalización ni en los sofismas. Las instituciones no delinquen. Ni las Cortes, ni las cámaras legislativas, ni las instituciones del resto del Estado son corruptas.

Las que delinquen, las corruptas, son las personas que traicionan la confianza de los ciudadanos y que nunca son todas.

Por eso –insisto– hay que tener cuidado de no generalizar. Ni podemos caer en la tentación de arrasar con todo.

Es hora de actuar con firmeza, pero también con cabeza fría. Darle una patada a la mesa –como algunos piden– es hacerle el juego a los extremismos, y acaba haciéndole daño a la democracia y a sus instituciones.

Como hacen los capitanes cuando enfrentan tormentas o huracanes, hay que mantener el rumbo. Hacer los cambios que haya que hacer, castigar al que haya que castigar, pero sin perder el norte.

En estos siete años no nos hemos quedado quietos. Hemos querido construir sobre lo construido.

Se han hecho reformas y tomado decisiones que, sumadas, equivalen a una gran –y subrayo la palabra gran– reforma a la justicia en la dirección correcta.

Sacamos adelante los códigos de Procedimiento Administrativo y de lo Contencioso Administrativo, así como el Código General del Proceso y el Estatuto de Arbitraje. Y se aprobó un severo – tal vez el más severo– Estatuto Anticorrupción.

También las leyes de Arancel Judicial y de Racionalización de la Detención Preventiva –a las que le sumamos el Conpes de política carcelaria y la llamada Ley de Pequeñas Causas–.

Hemos saldado deudas históricas con los trabajadores de la Rama Judicial en materia de nivelación salarial.

Además, en estos 7 años se han creado más de 7.100 puestos de trabajo en la Rama.

(…)

Ese es el faro que nos ha alumbrado en este camino. Trabajamos –y seguiremos trabajando– para que Colombia tenga una justicia de excelencia, que atienda los principios del Buen Gobierno.

Una justicia eficiente, pronta, eficaz y oportuna –una justicia cercana, que garantice los derechos de todos los ciudadanos– esa justicia es la base de la paz.

Sin justicia, no hay paz.”

He dicho muchas veces que el mejor programa de gobierno para cualquier Jefe de Estado es cumplir con la Constitución, trabajar todos los días para garantizarles los derechos a todos los ciudadanos, incluidas las minorías y, desde luego, a los críticos y opositores.

Siempre he creído –como diría Belisario– que es mejor una crítica desbordada que una crítica amordazada.

Esa ha sido mi norma de conducta: nunca he perseguido a ningún crítico ni opositor. A nadie. Solo a los bandidos.

Decir que el Gobierno persigue a la oposición a través de los jueces es un insulto no solo al Gobierno sino a la justicia misma.

Ustedes, mejor que nadie, saben que esa es una acusación absolutamente descabellada y sin sentido.

Recuerdo cuando los visité a ustedes a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia –en su Sala– el 9 de agosto de 2010, apenas dos días después de posesionarme, y les dije que quería restablecer las relaciones, que quería trabajar en forma armónica –que colaboráramos tal y como lo establece nuestra Constitución–, pero que tuvieran la seguridad de que siempre sería totalmente respetuoso de su independencia y que nunca trataría de interferir en ninguna de sus decisiones.

Y así lo he hecho. Ustedes saben perfectamente que esto lo he cumplido al pie de la letra.

Me duele que mucha de la crítica de la oposición haya sido tan destructiva, no por mí sino por el país, pero nunca por eso la voy a perseguir.

El talante que he querido imprimirle a mi gobierno es el de un gobierno tolerante, incluyente, reformista, respetuoso, dialogante, justo, generoso, compasivo…

Decía Molière que “el hombre sabio es superior a los insultos que se pongan sobre él”.

Yo los invito a que todos asumamos esa actitud: seamos superiores a los insultos y avancemos.

Que nuestras acciones sean superiores a cualquier invitación a responder con odio, con violencia o con venganza.

Que nuestras instituciones sean superiores a unos pocos individuos que las han manchado con sus acciones.

Que nuestro espíritu como nación sea superior a cualquier tormenta que nos quiera desviar del camino del progreso, del bienestar, de la reconciliación y de la paz por el que estamos caminando.

Finalmente quiero agradecerles su contribución a la Paz.

Esta Corte Suprema fue seleccionada como parte del comité de escogencia de los magistrados que deberán aplicar la justicia transicional para cerrar definitivamente el conflicto armado con las FARC, que tanto dolor y sangre nos costó.

Se hizo un gran trabajo. Como lo dijo el fundador de ‘De Justicia’, Rodrigo Uprimny, en su última columna:

“El proceso ha sido el más transparente que yo conozca. La inscripción era abierta, con reglas y plazos claros, las hojas de vida de los aspirantes y sus razones para postularse eran públicas para que la ciudadanía pudiera hacer observaciones; y, sobretodo, no se ha conocido ningún escándalo ni ningún intercambio de favores.”

El representante de ustedes, el doctor Francisco Acuña, puede usted sentirse muy satisfecho por el deber cumplido.

Apreciadas Magistradas y Magistrados:

Este es el último encuentro de la jurisdicción ordinaria al que asisto como Presidente de la República.

Con la mano en el corazón les digo gracias. Gracias por avanzar en la tarea de llevar justicia a quienes más la necesitan y por su contribución a la consolidación de una mejor Colombia.

Sin duda, hoy tenemos un mejor país que el que teníamos hace siete años. Pero nos falta muchísimo, mucho camino por recorrer.

Los invito a seguir trabajando, a no bajar la guardia en esta tarea dura, pero necesaria y gratificante.

A ser una Corte cada vez mejor, que pueda dar ejemplo y fortalecer la democracia en este momento crucial de nuestra historia.”

Segunda parte: “Me han acusado de todo”

“Cuando el expresidente Lagos me entregó su libro –, a propósito, se llama En vez del pesimismo– me comentó que pocas veces había visto una oposición más brava –creo de fue la palabra que utilizó– que la que ha tenido que enfrentar mi gobierno.

¡Es que hasta a Chile se han ido a despotricar con sus usuales mentiras y difamaciones!

¡Y vean la coincidencia! Ese mismo día, el viernes anterior, para ser exactos, hace una semana, el nuevo director del liberalismo –en lo que fue interpretado como un calentamiento de su jefatura de debate para las próximas elecciones– se estrenó disparando en todas las direcciones. ¡No dejó títere con cabeza!

A renglón seguido, pidió dejar atrás la polarización y remató diciendo que a este servidor le han hecho una oposición inmisericorde.

Ciertamente, como diría el propio Gaviria.

Llevo más de siete años recibiendo todo tipo de ataques.

Me han acusado de traidor, de tramposo, de mentiroso, de comunista, de dictador, de haber sido reclutado por la KGB durante mi estadía en Londres.

Me han dicho fariano –¡hasta me pusieron un alias!–, me acusaron de haber financiado mis campañas con plata del narcotráfico, con coimas de Odebrecht, con plata de ‘Los Comba’ y con plata venezolana.

Me han señalado de ser ficha de los Castro, de ser ficha de Chávez y, por supuesto, de ser ficha de los dos: ¡todo un castrochavista!

Que pacté con las Farc el aumento de los cultivos ilícitos, que he querido acabar con el Ejército, con la Policía, con la propiedad privada, con la libertad de expresión, y otras tantas barrabasadas.

Que conspiré con un jesuita comunista de nombre Francisco –y no es de apellido De Roux– para lograr una paz que le permita a las Farc tomarse el poder.

Que me compré el premio Nobel, que regalé a San Andrés, que acabé con la seguridad, que hice añicos la confianza inversionista y la cohesión social.

En fin… ¡La lista es interminable!

Pero, hay una acusación que nos atañe a todos los aquí presentes –a los jueces y al gobierno–: nos acusan de persecución.

A ustedes los acusan de persecución política y, a mí, de persecución judicial.

No importa que eso no tenga la más mínima lógica. Porque mentir, difamar, mentir y difamar –que de eso algo queda, como diría Laureano– parece ser la consigna.

Han llegado al extremo de irse ante tribunales internacionales –como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos o la Comisión de Derechos Humanos de la ONU– para hacer estas acusaciones y presentarse como perseguidos políticos.

Las acusaciones, por supuesto, han sido rechazadas, tanto en Washington como en Ginebra, por absurdas y fantasiosas. Pero no importa: lo importante para ellos es el ruido.”

Publicado en Columnistas Nacionales

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