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José Alvear Sanín                                     

“No lea libros buenos… lea solo los mejores”, recomendación de un recordado profesor, que siempre he seguido. Quizá por esa razón me da tanto trabajo descartar volúmenes de la biblioteca, que si no hubiera sido saqueada varias veces, ocuparía el doble de espacio. Pocas veces releo (El Quijote, Tolstoi, Waugh, Gogol, Chateaubriand…) y casi nunca subrayo.

Para este primer centenario de la Revolución Rusa esperaba un alud de libros conmemorativos, que no se presentó. Según la revista británica Globe and Mail, “hay cualquier número de razones para que el actual presidente ruso (…) no quiera llamar indeseada atención sobre la caída de una autocracia”, comentario banal, porque en ese país el gobierno ya no dispone del poder de ordenar la escritura de libros ni del monopolio de su publicación y difusión.

En Rusia, el desgano por la Revolución de Octubre debe obedecer más bien a los pésimos recuerdos que suscita. Hasta donde alcanzamos, de Francia, España y Alemania tampoco vienen nuevos libros acerca de esos terribles acontecimientos. Y a juzgar por NYT Books Review, apenas han aparecido este año cuatro novedades de interés en el ámbito anglófono, todas de Inglaterra: Lenin on the Train, de Catherine Merridale (con excelente reseña de Libardo Botero, entre nosotros); Russia in Revolution 1890-1928, de S.A. Smith; The Last of the Tsars, de Robert Service; y Caught in the Revolution, de Helen Rappoport.  

Parece entonces que el comunismo ya no es tema candente, salvo en Cuba y Venezuela, donde lo sufren en el alma y el estómago, y en Colombia, único país donde el marxismo leninismo avanza, comparte ya el poder y se acerca a ocuparlo totalitariamente. Sin embargo, sigo estudiando el fenómeno revolucionario y por eso adquirí La Revolución Rusa, tan pronto llegó a las librerías (Madrid: Debate- Random House Mondadori; noviembre 2016), de Robert Pipes, legendario profesor de Harvard y director allí del Russian Research Center, citado obligatoriamente, con razón, en todos los libros sobre las revoluciones de febrero y octubre y sus protagonistas.

Nacido en Polonia en 1923, Pipes llega a los 94 años con una veintena de importantes libros sobre Rusia. Además, ha sido en Yale editor de The Unknown Lenin from the Secret Archives.

Este libro, que merece el calificativo de excelente, es tan interesante que no tuve más remedio que subrayarlo hasta cambiar el color de sus 918 páginas de texto, de blanco al amarillo del resaltador, dejando impolutas solo las 88 de notas, casi todas de fuentes rusas o soviéticas, y de diarios y memorias de actores y espectadores coetáneos. Pero si bien el texto se acerca a la perfección, las ilustraciones son más bien mediocres, muy seguramente debido a su vetustez.

Pipes es revisionista en el mejor sentido, porque al igual que lo ocurrido con la Revolución Francesa, el inicio del estudio desapasionado de la Rusa tardó mucho tiempo. “En consecuencia —dice el autor—, escribir una historia académica de la Revolución Rusa exige, además de asimilar una inmensa cantidad de hechos, librarse de la camisa de fuerza mental que setenta años de una historiografía política dirigida han conseguido imponer a la profesión”.

El libro hace luz sobre el rechazo de todas las clases sociales, a partir de seis meses del putsh de octubre, por una revolución que arruinó rápidamente al país, que no tardó en desplegar su poder militar para despojar a los campesinos de sus cosechas, provocando una hambruna que para 1921 ya había causado más de cinco millones de muertos, y que desde el comienzo impuso un régimen de terror sobre la población.  La narración se detiene en 1920, para continuar en otro tomo que habrá que pedir por Amazon.

Si hay un libro que merezca obligatoria lectura de quienes aspiren a estudiar el tema más urgente en Colombia, el de la revolución largamente preparada (como fue en Rusia) y el prolongado horror que sigue inexorablemente a su triunfo, es este.

Pipes dedica su libro, lacónicamente, “a sus víctimas”, refiriéndose a las de la Revolución. Ojalá en este país no nos sumemos pronto a las incontables  de Rusia, China, Corea, Cambodia, Vietnam, Cuba y Venezuela, para referirnos apenas a los peores escenarios por donde ha pasado el leninismo.

                                                                                              ***

Sofía y el verdadero liberalismo – Nada definía mejor al liberalismo colombiano que el orgullo con que se proclamaba “el partido del libre examen”. A pesar del desorden, que se deriva con frecuencia de esa relativa inspiración protestante y aun masónica, ese partido contribuyó grande y positivamente en la formación de la democracia y en el respeto por el estado de derecho, principios que hicieron posible la libertad individual y el progreso de Colombia.

Peor que su reducción numérica, que sería reversible volviendo a profesar sus principios, es el espectáculo que ofrece el liberalismo convertido en compañero de ruta y en palafrenero de las Farc, hasta llegar al extremo de que sus directores exijan a los aspirantes a la presidencia comprometerse a cumplir ciegamente el tal “Acuerdo Final”, incluyendo la JEP y otros estatutos que violan todos los postulados democráticos; adherir a la ideología de género, promover el aborto y rechazar toda inspiración cristiana.

La recuperación de ese partido exige retornar a su ideario y su talante, que es precisamente lo que reclama, en páginas vibrantes, la senadora Sofía Gaviria, incapaz de aceptar la disciplina para perros que imponen sus lamentables primates, Samper, Serpa y Gaviria.

Publicado en Columnistas Nacionales

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