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Jaime Jaramillo Panesso                                           

Voces opinantes dicen, con cierto estupor, que la opción de recoger firmas para efectos políticos electorales, es porque los partidos están en crisis, crisis y especulaciones que sirven para ocultar lo que ocurre en el país contiguo a los partidos, donde los ladrones de cuello blanco han dado lustre máximo a la cleptocracia o gobierno de los que roban los fondos públicos. Sin embargo hay una clase especial de delincuentes denominados corruptos que son aquellos del sindicato de la toga y el cartel de los sobornos, todos ellos apoderados del país y que llegan hasta la punta unipersonal de la pirámide del mando estatal, es decir, el Jefe de Estado.

El asunto de la recolección de firmas impresiona a la opinión pública  porque es la vez primera que la gran mayoría de los precandidatos buscan, por ese camino, la nominación presidencial. Salvo el Centro Democrático que cree en la fidelidad de su militantes y simpatizantes, los demás se han puesto a mendigar firmas en  las calles y a las puertas de las iglesias, cual monaguillos al servicio de la Virgen del Caramelo, patrona de la ñoñería.

Algunos analistas señalan, dentro del marco conceptual que ofrece la oportunista propuesta de una reforma electoral, que  el umbral de votación debe rebajase para que no desaparezcan los pequeños partidos que, a su criterio, enriquecen y engalanan la democracia colombiana. Resulta todo lo contrario: la proliferación de pequeños agrupamientos de ciudadanos, convocados generalmente por un habilidoso personaje que aspira a cobrarle al estado los votos obtenidos y que de antemano sabe que no llegará al solio de Bolívar, inventan un nombre ripioso o rimbombante y lo denominan partido. Esa constelación de partidos y movimientos, de vida coyuntural y fugaz o de permanencia tísica en el garaje de su líder, perjudica la democracia. Lo que necesita la democracia es la existencia de partidos grandes, sólidos, con millones de ojos y millones de voces, que contengan bases electorales vivas y líderes con vocación de servicio y de poder, con cuadros capaces de forjar ideología y programa, con medios de comunicación y con lazos internacionales. Las democracias requieren partidos estables y aguerridos a la altura del combate de las ideas, para que el juego de la alternatividad en el poder se produzca de manera civilizada y constructiva.

La tesis de proteger, subsidiar y alentar con incienso de falsa membresía a partiditos de escala meñique solo sirve para debilitar la democracia y alimentar vanidades de personalidades extravagantes, algunos de los cuales, precisamente, se cuelan por medio de la recolección de firmas, no del electorado comprometido, sino del ciudadano pasajero y generoso que no le niega su firma a quien se la pide, con mayor razón si quien solicita la grafía es una chica agraciada.

¿Quién puede garantizar la fidelidad de una firma, casi anónima, que se exprese en las urnas el día de las votaciones? Las firmas a la montonera son inestables y volátiles porque no están coercitivamente obligadas. Es cierto que hacen parte de las campañas electorales prematuras, pero no tienen  solidez de cultura política ni memoria comprometida.

Partidos es lo que exige la democracia para perdurar, pero partidos con ciudadanos, con muchos ciudadanos con la misma camiseta, que resuelvan las diferencias internas y los cargos del poder partidario por la vía estatutaria y racional, donde se pueda ejercer la libertad de opinión y el pluralismo estamentario.  La democracia existe por la diversidad de partidos fuertes con líderes fuertes, no con bobalicones manzanillos que siguen las reglas del Rey de Copas: consiga los votos mijo, consígalos honradamente. Y si no puede honradamente, consiga las firmas, mijo, a sol batiente con aguardiente.

Publicado en Columnistas Nacionales

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