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José Alvear Sanín                                              

Como en toda historia, en la del Imperio Británico hay luces y sombras. También hay capítulos infames, como las dos guerras del opio (1839-42 y 1856-60), mediante las cuales los británicos impusieron a los chinos el “libre comercio”, especialmente del aterrador látex de la adormidera, que entonces pudo ser exportado legalmente y en cantidades siempre crecientes, desde la India a la China.  A partir de Hong Kong y de otros “puertos de tratado”, se doblegó el Celeste Imperio, que en buena parte se transformó en apéndice económico del Británico.

La decisión de poner las tropas de S.M. al servicio de los “exportadores” de opio, realmente obedecía a un designio imperial. Grande, extenso y exitoso, el Imperio Británico, dueño de los mares y de la finanza, era, sin embargo, inferior al enclaustrado de los chinos. Logrando su colapso militar, primero, y el moral luego, Londres se convirtió en la potencia hegemónica hasta la Primera Guerra Mundial.

Sobre ese capítulo atroz se pasa como sobre ascuas, pero su lección no fue desaprovechada, porque debilitando la fibra moral del enemigo se obtiene, a un costo menor que el militar, el predominio que persigue toda expansión imperial.

El fugaz apogeo británico trajo la humillación, la degradación y la corrupción del pueblo chino, minado por la nefasta droga, los vicios, las enfermedades, la indolencia. No es de extrañar, entonces, que Mao inicie la recuperación de China eliminando millones de viciosos, expendedores, vagos y prostitutas, episodio aterrador pero explicable, primicia de otros que vendrán para imponer un comunismo implacable.

No es este el lugar para considerar la lucha de los gobiernos contra las poderosas mafias de los distintos alucinógenos, empezando por las trading houses de Hong Kong (que evolucionaron hacia impecables empresas comerciales, navieras, bursátiles y bancarias) y la actuación soterrada y corruptora de la Yakuza, mientras avanzaban militarmente los japoneses sobre China; y los gobiernos de narcotraficantes en Afganistán y Birmania, porque nuestra propia experiencia debería bastar para detener la marcha, consentida aquí, de los narcoterroristas hacia el poder.

En fin, es necesario considerar las solapadas guerras de la coca, en las que confluyen fuerzas tanto mafiosas como políticas. Para las primeras, la motivación es exclusivamente económica; para las segundas, es triple: sostenimiento de la base militar, enriquecimiento de la organización y degradación moral del enemigo, porque su corrupción lo hará caer como la fruta madura…

Durante la guerra fría, la URSS empleó la droga en su enfrentamiento con Occidente. Las alianzas entre narcos y espías para llevar alucinógenos desde Afganistán, Birmania y China a Europa y USA, no son secreto.  Luego, con la Revolución Cubana se obtuvo una base perfecta, a 90 Km de Florida. La conexidad entre los narcos colombianos y el gobierno cubano está bien documentada. Personalmente tuve conocimiento de los frecuentes viajes a Cuba de inocentes deportistas antioqueños, en aviones de Pablo Escobar, para competir en la isla, ignorantes de la carga que los acompañaba.

Ahora bien, el relativo eclipse en la dirección del negocio de los grandes capos colombianos, sustituidos por organizaciones políticas armadas que han pactado con el gobierno la conversión del narcotráfico en delito político, impunidad y sustitución de la Constitución, por un extraño acuerdo para compartir el poder, se puede considerar también como un episodio alarmante dentro de la confrontación que se libra entre La Habana y Washington desde 1958, con efectos colaterales en Colombia, porque el envilecimiento de nuestra población acelera su caída como fruto maduro…

Esa guerra desigual enfrenta a un coloso cada vez más debilitado moralmente, especialmente en su juventud, contra un pequeño territorio gobernado por un aparato estalinista pétreo, inmodificable y hereditario, fracasado en todo, salvo en lo que dice a la subversión, la infiltración y la drogadicción del enemigo.

A medida que Cuba consolida su misérrimo imperio en América Latina, el tráfico de drogas, como arma letal y deletérea, cobrará cada vez mayor importancia en el ajedrez mundial. Basta pensar en una próxima Colombia castrochavista, con 500 000 hectáreas de coca (iniciando, además, exportaciones de opio, heroína y otras hierbas), formando con Venezuela y Bolivia un triángulo siniestro, bajo la dirección de Cuba y dentro de una alineación de países que incluye a Irán, China y Rusia…

                                                                                              ***

Sorprendente la llamada del Dr. Santos para que Venezuela regrese a la democracia, cuando él, aquí, ya casi la tiene extinguida.

Publicado en Columnistas Nacionales

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