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José Félix Lafaurie R                                      

Entre el 21 y 23 de septiembre los acordeones volvieron a su cuna, en Villanueva, Guajira, y los juglares llegaron desde donde quiera que esta música provinciana ha echado raíces y se ha difundido, hasta convertirse en patrimonio inmaterial de la humanidad y en uno de nuestros más fuertes símbolos culturales ante el mundo.

No en vano el mismo Gabo calificó a “Cien años de Soledad”, como un vallenato de 350 páginas y, por ello, el protocolo de la entrega de los Nobel se rompió en 1982 con los aires vallenatos de los Hermanos Zuleta. 

Hace unos meses fui invitado por un grupo de villanueveros a asumir la Presidencia de la Fundación Festival Cuna de Acordeones, con el reto de organizar su versión número 39 para darle nuevo impulso a este evento del folclor vallenato, que hace más de una década fue declarado patrimonio cultural y artístico de la Nación y, hoy en día, es el segundo en importancia después  del de la Leyenda Vallenata. 

Con algo de prevención frente al reto, acepté sin embargo  con mucho agrado, movido por la generosa confianza con que se me hizo la propuesta, pero también porque Villanueva es la cuna de mis ancestros paternos, y aunque yo nací en Santa Marta por acaso, las pilatunas infantiles que puedo recordar y las aventuras de mi primera juventud, tuvieron a Villanueva como escenario en vacaciones inolvidables. 

Estas notas, sin embargo, no son un canto a la nostalgia, sino, más bien, una reflexión sobre lo que significa haber tenido la vivencia de un pueblo como Villanueva, inmerso es ese aislamiento macondiano de más de cien años, en el que se “cocinó” la cultura provinciana que se quedó impregnada en nuestra forma de ser y de sentir.
Un pueblo, como la Villanueva de mi juventud, es un microcosmos que ayuda a entender mejor la sociedad, pues mientras en la gran ciudad todo se diluye y se oculta, allí se resumen y personifican las frustraciones y anhelos de una comunidad; allí se conocen los responsables de lo bueno y lo malo; desde el alcalde hasta el cura, el profesor, el loco, el tinterillo, el tendero, el médico y el farmaceuta, los señorones y señoronas, los campesinos, los cantores, los acordeoneros… 

Y en un pueblo provinciano, como Villanueva,  todos los valores de nuestra cultura, como el apego a la tradición, el respeto a los mayores, y el culto a la amistad, a la mujer y a nuestra música; así como todos esos protagonistas, con sus historias, sus amores y desamores; todo se amalgama en esa música sencilla pero maravillosa, alegre  pero sentida, que fluye de un instrumento prestado a la lejana Europa: el acordeón. 
Es “el vallenato”, que brincó los límites de la provincia para tomarse el país entero y traspasar nuestras fronteras.  Es la cultura provinciana y la música vallenata que le mostramos a Colombia y al mundo con orgullo en el Festival Cuna de Acordeones. 

@jflafaurie

Publicado en Columnistas Nacionales

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