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Carlos Salas Silva                                            

Hay hábitos más difíciles de sacar que otros y el habernos acostumbrado a ser oposición por más de siete años puede ser uno de ellos. El ejercicio diario de la crítica con la que expresamos el inmenso descontento con un gobierno que ofrece motivos suficientes para su cuestionamiento debido a sus desatinos, frutos de la ineptitud, la mediocridad y la tozudez que se hacen palpables en cada acto y en cada palabra del presidente y sus subordinados, puede llegar a convertirse en un hábito de mucho arraigo. El haber incorporado a nuestra vida diaria este ejercicio, con el que podemos estar a gusto o no, se convierte en un proceso inconsciente y automático es decir, un hábito.

Hay quienes me preguntan por qué le tengo tanta rabia a Santos. Respondo que no es rabia sino desprecio el que me inspira. Entiendo que mis continuas críticas se interpreten como un odio feroz y no como el resultado de un análisis serio y sopesado, debido a la manera vehemente con la que manifiesto mi inconformidad con un estado de cosas que considero intolerable.

Lo cierto es que no tendremos Santos por mucho tiempo y que, si nos concentramos en lo esencial para lograr corregir el rumbo del país, en unos meses ganaremos las elecciones y ya no estaremos en el campo de la oposición. Lo que hemos estado buscando con nuestra actitud implacable con el régimen es verlo caer para luego asumir el poder a través de un presidente que sí nos represente y un gobierno con el que nos sintamos a gusto y en el que tengamos sembradas nuestras esperanzas.

Para que el elegido cumpla con su mandato será necesario que cuente con una aprobación mayoritaria. En un país en el que la polarización ha llegado a los límites extremos que solo se ven en las dictaduras y en vísperas de una campaña electoral que agudizará las diferencias, el lastre que tendrá que arrastrar el próximo presidente va a dificultar su gestión. Por esta razón, si el candidato de la oposición se impone, va a requerir un apoyo incondicional resultado de la superación de los años de crítica y rechazo porque os cambios extremos que se avecinan generarán tanto esperanza como profunda desconfianza.

Una manera eficaz de contrarrestar los efectos de la abstinencia que sufriremos  cuando pasemos de cuestionar a ser objeto de las críticas, es la de alimentar las mejores esperanzas en el futuro y tener la seguridad de que nuestro candidato hará una gran presidencia que contraste en todo con la pésima de Juan Manuel Santos.

Contar con un partido de las cualidades del Centro Democrático es garantía de la calidad del candidato que será seleccionado entre los excelentes precandidatos que están en la palestra. A él le corresponderá competir en una carrera llena de obstáculos y de múltiples trampas. Las elecciones de 2018 van a marcar el rumbo del país de una manera radical. No va a ser raro que quienes salgan derrotados van a intentar hacerle la vida imposible al triunfador. En el caso de que logremos superar los escollos y, para bien del país y de la región, el elegido sea nuestro candidato, requeriremos de un cambio radical, lo que significa pasar de un extremo al otro, de ser quienes criticamos a ser los criticados.

Es por eso que el llamado ahora es a la unidad para mantener nuestra total intransigencia con este gobierno corrupto y tramposo mientras cultivamos una total solidaridad entre nosotros y con nuestros líderes.

De ninguna manera permitamos que nuestras preferencias personales nos lleven a sembrar desconfianzas internas. Mientras que Álvaro Uribe y los precandidatos muestran una total unidad, no podemos ser tan torpes y caer en la división y los ataques mutuos.

La oposición es un paso y no una meta, entendámoslo bien para que cuando nos corresponda estar al otro lado podamos trabajar, trabajar y trabajar en cambio de criticar, criticar y criticar.

Publicado en Columnistas Nacionales

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