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Luis Alfonso García Carmona                                                 

Cuando utilizamos la expresión “abrir la caja de Pandora” nos referimos a destaparla y permitir que salgan todos los males del mundo, según lo enseña la mitología griega. Porque ésta, que no era una caja sino una tinaja, la recibió Pandora como regalo en su boda con el hermano de Prometeo, bajo la advertencia de que no la abriera. Mujer al fin y al cabo, y, además curiosa, la destapó. Después de liberar todos los males conocidos, sólo quedó –cuenta la leyenda– el espíritu de la esperanza.

El regalo que recibió Colombia de su Presidente fue el Acuerdo con las FARC. En lugar de una tinaja o de una caja forrada en papeles de colores, venía en un enmarañado paquete de 312 folios, para que a nadie se le ocurriere leerlo antes de aceptarlo.

Se cuidaron el donante –Juampa– como sus adláteres (De la Calle, Jaramillo, Leyva y compañía) de contar la verdad sobre su contenido. Dizque era sólo un acuerdo para terminar una guerra de más de 50 años, aunque los colombianos sabíamos que en lugar de guerra lo que ha habido es una banda de facinerosos dedicada al terrorismo y al narcotráfico. Tampoco era una lucha entre dos bandos que dividían al país, como sí lo fueron algunas guerras civiles de antaño. Se anunció que los crímenes de lesa humanidad no quedarían impunes, que se acabaría el narcotráfico, que la paz y la bonanza surgirían como por arte de magia con la sola firma de los acuerdos.

Pero todo fue una descomunal mentira, amplificada por los medios de comunicación, los empresarios, la Iglesia Católica, los políticos corruptos, la Justicia de bolsillo, y la bobalicona comunidad internacional.

Como en la célebre caja (o tinaja), salieron atropelladamente todos los males: El primero, la destrucción de la Democracia, con el desconocimiento de la voluntad mayoritaria del pueblo, que votó NO a los acuerdos en el plebiscito. Mostró sus vergüenzas la Justicia, dictaminando que el Congreso, mediante una simple proposición, podía reemplazar la voluntad soberana del pueblo para dar la “refrendación popular” que el acuerdo requería para nacer a la vida jurídica. Salió a la luz pública el cáncer de la corrupción que carcome la Justica colombiana desde sus entrañas, hasta el extremo de que sus altos magistrados no tienen inconveniente en manifestar que se debe fallar de acuerdo a las conveniencias políticas y no al Derecho.

Se premiaron los criminales más sanguinarios de nuestra historia con curules sin que nadie vote por ellos, millonarios recursos del presupuesto nacional para vender al pueblo su ideología marxista-leninista, planes de inversión regionales manejados a su antojo, tribunales y fiscales con poderes plenipotenciarios para revisar aún los procesos ya juzgados, cuerpos de guerrilleros armados por el Estado para su protección, emisoras que nunca los partidos han recibido, etc.

No sólo se establece un inequitativo tratamiento en perjuicio de las demás colectividades políticas, sino que se crea un funesto precedente con estos incentivos al crimen, que ya todos los grupos en armas reclaman para ellos.

A la ya maltrecha economía, después del torpe manejo financiero de los últimos 7 años, se añade con el acuerdo una serie de compromisos por fuera del alcance del Estado en las próximas generaciones. Quedamos condenados a la bancarrota y, aún así, será imposible el cumplimiento de las obligaciones contraídas en forma irresponsable por este gobierno.

El aparato estatal, que había llegado a un tamaño desmesurado gracias al crecimiento de las nóminas, los contratistas, los asesores, etc., recibirá una inusitada hipertrofia con la multitud de organismos inventados en los acuerdos dizque para manejar algo que llaman “el posconflicto”.

Mientras tanto, los verdaderos problemas de los colombianos crecen sin una atención de sus gobernantes. El campo abandonado, con excepción de los cultivos de coca que cada día crecen. Del gobierno anterior del Presidente Uribe a esta parte, ha crecido 5 veces el área sembrada con este alucinógeno.

Las ciudades en manos de la delincuencia, pues ya los alcaldes se sienten impotentes para controlar las “ollas” de microtráfico y la venta de estupefacientes a los estudiantes.

Las exportaciones de capa caída, sólo exportamos cocaína. El empleo disfrazado de “rebusque” para cuadrar las estadísticas, la infraestructura paralizada pues el dinero se gasta en anuncios de lo que “vamos a hacer”.

Y ¿qué decir de los daños morales? ¿Qué pensarán los jóvenes que presencian cómo se premia a los malvados y se persigue a los inocentes? Y el pueblo, que padece necesidades en materia de salud, de empleo, de educación, etc., mientras observa cómo se llenan la panza los corruptos de la coalición gobiernista.

Tantos males no cabrían en la citada tinaja. Pero acá, como en la de Pandora, nos queda un hálito de esperanza. La esperanza de los que votamos NO a ese maldito acuerdo y de quienes no estamos conformes con la destrucción del país. Vamos a unirnos, sin pensar todavía en nombres ni en banderas, en una gran coalición por la RECONSTRUCCION NACIONAL, para erradicar todos los males que han brotado de la caja de Pandora que nos trajo Juampa. Nos queda el espíritu de la esperanza …….

Publicado en Columnistas Nacionales

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