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Carlos H. Trujillo                                          

La visita espiritual y pastoral del sumo pontífice a Colombia ha sido una lluvia de ilusión y esperanza.

Su condición de portador de un mensaje de amor y fe deja en los corazones de los colombianos múltiples motivos de reflexión, al igual que muchos sueños.

Para quienes somos oriundos de América del sur, el papa número 266 de la Iglesia Católica está revestido de un significado no solamente espiritual y religioso.

Se trata del primer hombre nacido en esta parte del mundo que ocupa el solio de San Pedro.

Y el hecho de que haya escogido el nombre de Francisco, con el fin de rendir homenaje al santo de Asís, representa para el autor de estas líneas, educado en el colegio franciscano Pio XII de Cali, un motivo adicional de gozo interior e íntimo.

Está dejando una huella que ya es profunda.

Humilde y sencillo, fiel a su amor a los pobres y marginados, amigo del diálogo con personas de los más distintos credos y orígenes, y reformador por naturaleza, llena los espacios que visita de bondad e invitaciones a hacer consideraciones cargadas de espiritualidad.

La vocación de cambio que lo inspira, característica plasmada desde temprano en las iniciativas de reforma a la curia romana, quizás tengan que ver con su propio origen.

Mirar, por ejemplo, la ponencia de Jorge Mario Bergoglio ante los cardenales, previamente al cónclave, es una evidencia de la capacidad transformadora que lo distingue.

En aquel documento histórico, planteó que la Iglesia saliera de sí misma y hacia las periferias, a fin de abandonar la tendencia autorreferencial que la enferma.

Y no paró en ese punto.

Al referirse al perfil del pontífice, avanzó en la idea de que debía tratarse de un hombre que desde “la contemplación de Jesucristo ayude a la Iglesia a salir de sí y hacia las periferias existenciales”.

Es tan clara su determinación, que en los primeros actos públicos se pronunció contra las guerras, la codicia, y todos los golpes a la vida.

Y predica contra la corrupción en forma constante, para bien de la humanidad.

Por eso, y el lenguaje sin ambigüedades, despierta la atención de los comunicadores del mundo entero, toda vez que transmite mensajes directos y claros.

Las encíclicas Lumen fidei (La luz de la fe) y Laudato si (Alabado seas) son un homenaje a la fe y a la conservación del medio ambiente.

Las dos son iluminadoras.

Tanto el significado de la fe como la visión de una “ecología integral”, son fundamentales en este mundo, caracterizado hoy por el descreimiento y el abandono de los deberes colectivos.

Son muchas las imágenes de Francisco que han conmovido a la nación.

Varias quedarán grabadas en el corazón de los colombianos.

Pero, hay una, producto de la improvisación emocionada del Santo Padre, que tuvo lugar cuando regresó a la nunciatura después de la misa papal en el parque Simón Bolívar.

Esa noche lo esperaban un grupo de niños con síndrome de Dawn, quienes le dirigieron la palabra.

Una de ellas se refirió a las vulnerabilidades de los seres humanos como elemento de fortaleza e identidad.

Fue tan grande la emoción del Papa, que le pidió repetir lo que había dicho.

La pequeña lo hizo con lágrimas en los ojos, además de dignidad y fortaleza.

Esa intervención le sirvió al sucesor de Pedro para hacer una profunda reflexión sobre dichas vulnerabilidades.

Aquellas palabras tocaron tanto su ser íntimo, que concluyó, como siempre lo hace, pidiendo a sus interlocutores, además de que no olvidaran orar por él, identificándose a sí mismo con esa característica de la humanidad.

Y aquella niña colombiana, cada vez más emocionada, solamente atinó a decirle: Santo Padre, eres una bendición.

De verdad que lo es.

Gracias, papa Francisco, por todas las bendiciones que regaste en Colombia.

El Nuevo Siglo, Bogotá, 10 de septiembre de 2017

Publicado en Columnistas Nacionales

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