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José Alvear Sanín                                     

En Colombia el comunismo avanza mediante la combinación de todas las formas de lucha: el ELN sigue activo en los campos, las Farc están coaligadas con el presidente y una serie de quintacolumnistas dominan las “altas cortes”, la administración pública, los medios masivos y la educación pública. Además, los infiltrados son ampliamente influyentes, cuando no determinantes, en amplios sectores eclesiásticos y académicos privados.

Después de la implosión de la URSS y de la adopción del capitalismo salvaje por parte del PC chino, el socialismo ha perdido la batalla ideológica. Ningún movimiento que preconice la lucha de clases, la dictadura del proletariado, la colectivización de la agricultura o la expropiación de los medios de producción y distribución, tiene posibilidades electorales.

Por lo tanto, ¿cómo es posible entonces que el nuevo partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común(ismo) aspire al poder por vía electoral, si no pierde ocasión de proclamarse marxista y leninista?

La realidad es que las nuevas Farc son las mismas viejas Farc y que su papel se ha agotado con el acuerdo de La Habana, cuya implementación, vía fast track, va entregando semanalmente jirones de Estado al comunismo. Si en 2018 el eje Santos-Timo gana las elecciones, un gobierno de transición culminará el proceso de la toma del poder.

No subestimo el poder de las Farc, con las diez curules regaladas y las demás dizque circunscripciones de paz donde impondrán marionetas, y con las 21 emisoras, para ganar las elecciones locales en los 167 municipios supervisados desde las Zonas Veredales Transitorias (pero perpetuas), porque el golpe definitivo lo recibirá Colombia por parte de  quintacolumnista similares a Santos.

Como el discurso marxista-leninista es contraproducente, el Partido Comunista Clandestino, pulpo de largos y bien coordinados tentáculos, ha logrado en siete años, con la permanente perorata de “la paz”, muchas veces más de lo que obtuvo en 50 años de guerra subversiva.

La seductora “paz” es la más antigua y eficaz estrategia política y mediática del comunismo, creada por Lenin, quien se valió siempre de ella. Vale la pena recordar algunas de sus expresiones:

*La paz, por definición, es transitoria, una oportunidad para recuperar fuerzas

* La guerra es el estado natural de las cosas y la paz es un respiro.

* No podría firmarse una paz duradera con los no-comunistas, tan solo un cese temporal de hostilidades.

* El tratado de paz (…) consiste solo en dar un rodeo para llegar a la revolución mundial.

* Nosotros dialogamos con los enemigos que hemos jurado destruir solamente cuando carecemos de la fuerza necesaria para abatirlos. Por medio del diálogo alcanzamos aquellos objetivos a corto y mediano plazo para ganar tiempo, y cuando efectivamente seamos más fuertes, entonces tomamos sin contemplaciones lo que queremos y sin que nos conmueva las declaraciones y las apelaciones de los enemigos venidos a menos.

Y mientras más hablaba de paz, más violencia ejercía para afianzar su atroz tiranía.

Un excelente repaso del tema puede encontrarlo el lector en el capítulo xiii, pag. 613-652 de La Revolución Rusa, incomparable obra de Richard Pipes (Madrid: Debate; 2016)

A medida que se acercan las elecciones el discurso de “la paz” se convierte en el arma suprema de las izquierdas. Con él puede llegar en segunda vuelta a la presidencia un camarada auténtico o un idiota útil o un compañero de ruta, de cualquier sexo…

Por lo peligroso y deletéreo que es el discurso de “la paz” marxista, resulta muy preocupante que la Iglesia, antes bastión infranqueable en que reposaban la institucionalidad y la democracia, y cuya capacidad de convocatoria es inmensa, haya aceptado el postulado de la paz a cualquier costo, así sea la impunidad, es decir, sin “contrición de corazón, propósito de la enmienda, confesión de boca y satisfacción de obra”, a menos que aceptemos que la repugnante carta de Timo al Papa es  manifestación suficiente para obtener el perdón y merecer la confianza de un pueblo martirizado por la acción narcoterrorista de tantos años.

Reconozco las distancias que ha tomado el pontífice de Santos y la elevación de sus palabras para reclamar el carácter pastoral de su visita, pero su insistencia en el perdón, el amor y la reconciliación incondicionales, olvidando prácticamente la justicia y desconociendo el peligro que corre, en primer lugar, la Iglesia, no me permiten celebrar su apoteótico recorrido, porque después de este septiembre, el pueblo colombiano ya no tendrá temor, y quedará desarmado en su espíritu.

***

Mientras leía Laudato si, yo condenaba la deforestación para la siembra de coca y la atroz minería del oro y el coltán…

Publicado en Columnistas Nacionales

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