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Libardo Botero C.                                          

Se suponía que uno de los motivos centrales de la visita del Papa Francisco a Colombia era la beatificación de dos reconocidos sacerdotes, Jesús Emilio Jaramillo Monsalve y Pedro María Ramírez Ramos, quienes perdieron la vida en defensa de la fe católica. Así lo indicó el Vaticano el pasado mes de julio al divulgar el decreto papal que los eleva a ese rango.

Monseñor Jaramillo, precisamente, fue asesinado de manera fría y calculada por el Eln el 2 de octubre de 1989 en Arauca, luego de torturar al anciano que había llegado a los 73 años, y esa organización narcoterrorista ha aceptado ser la responsable del crimen. Sin embargo, como el gobierno del presidente Santos se halla empeñado en utilizar la visita del Pontífice para santificar la entrega a las Farc, protocolizada en La Habana, a nombre de la “paz”, lo mismo que la que se adelanta en Quito con el Eln, se ha dedicado a desnaturalizar la visita de Francisco, para ajustarla a sus torcidos propósitos.

Un viraje brutal, evidente, es el silenciamiento de la naturaleza criminal del Eln, que segó con inusitada crueldad la vida de Monseñor Jaramillo, para, por el contrario, hacerle el juego a esa banda siniestra, firmando un supuesto “cese al fuego bilateral” la víspera de la llegada del prelado romano, y presentarla como una bienvenida de paz de los violentos al sucesor de San Pedro.

Así lo indicó Santos en entrevista con El Tiempo, publicada el mismo miércoles que llegaba Francisco, cuando al ser preguntado si la venida del Papa influyó en la firma del cese al fuego, respondió: “Creo que sí, el hecho de que el Papa viniera y poderle dar esa noticia creo que influyó”. Pero el cinismo mayor del primer mandatario se protocolizó cuando el periodista le insinúa, maliciosa o malévolamente, váyase a saber, que “hay quienes dicen que es el primer milagro del Papa”, y el mequetrefe de Santos muy orondo lo ratifica: “Pues podríamos interpretarlo así, creo que es una gran noticia para el Papa también.”

¡El Papa haciéndoles milagros a los terroristas, asesinos de sacerdotes! ¡Vaya contrasentido! Para Santos, sin embargo, lo sabemos a pie juntillas, todo vale en el proceloso camino de doblegar al país ante estos criminales, nada lo detiene. El Eln puede sentirse ahora tranquilo, su cara tenebrosa ha sido lavada, y un aura de beneméritos depositarios de un milagro papal los envuelve desde hoy. Otro de los inconmensurables beneficios de la “paz” santista.

Pues bien, resulta que el tal cese al fuego es una estafa completa. Miente Santos de cabo a rabo cuando asegura, como lo hizo frente a las cámaras al dar la noticia al país, que “vamos a tener un cese al fuego y de hostilidades, es decir, sin secuestros, sin ataques al oleoducto, sin hostilidades a la población civil, protegiendo siempre a los colombianos”. Es un engaño total y desvergonzado. Basta leer el comunicado expedido por el gobierno y el Eln en Quito, para corroborar que no hubo “cese de hostilidades” alguno. Motivo por el cual, seguramente, la prensa enmermelada se ha encargado cuidadosamente de evitar su difusión.

El comunicado de Quito, extremadamente escueto y vago, pero terriblemente sincero, indica solamente: “Con el propósito de concretar acciones y dinámicas humanitarias, el Gobierno Nacional y el Ejército de Liberación Nacional, han acordado desarrollar un Cese al fuego, bilateral y temporal que reduzca la intensidad del conflicto armado. Su objetivo primordial es mejorar la situación humanitaria de la población.” Una declaración etérea de buenos propósitos, donde en modo alguno se habla de cesar “hostilidades” (como tal se conocen en la jerga de los “conflictos” con terroristas a los secuestros, extorsiones, atentados…), ni nada por el estilo. Solo “concretar acciones y dinámicas humanitarias” (¡quién podrá saber qué se quiere decir en el lenguaje retorcido de estos desalmados!), para “mejorar la situación humanitaria de la población”. En seguida veremos la interpretación exacta de semejantes sandeces.

Por ahora debemos agregar que, a más de la ONU, designada como “mecanismo” para el cumplimiento de tan gaseoso acuerdo, se agrega a la Iglesia Católica. De suerte que la Iglesia tuvo que haber dado su anuencia a semejante esperpento, como que tiene delegados ante la mesa de Quito, y se prestó a la sinuosa jugada de los asesinos de sus prelados, facilitando el teatro que se brindó al país con el “cese al fuego” para recibir al Papa.

Lo acordado en Quito es una nueva afrenta de Santos al país. La prueba de que miente la ha proporcionado esta misma semana el jefe del equipo negociador del Eln, alias Pablo Beltrán, quien concedió una extensa entrevista sobre el acuerdo al periódico El Espectador (“Pablo Beltrán: La negociación está terminando positivamente”, septiembre 3).

Explica Beltrán que el supuesto cese funcionaría así: habría a nivel nacional un cese de “operaciones ofensivas”, y de resto, “unos alivios humanitarios destinados a la gente”. Lo único aparentemente cierto es lo primero, ya de suyo preocupante. Lo segundo es una entelequia, sujeta a la interpretación y voluntad de cada parte. Veamos.

Preguntado sobre los secuestros y ataques a la infraestructura (como voladuras de oleoductos), Beltrán responde: “Cada parte tomamos nota de las urgencias humanitarias más grandes y cada cual va a tratar de responder a esas urgencias. (…) Ese es el compromiso que adquirimos, tanto el Eln como el Gobierno”. Total: no hay compromiso. Simplemente “tomar nota” de las “urgencias humanitarias” y “tratar” de responder a ellas.

Cuando se le reitera la pregunta de si estarían dispuestos a “proscribir el secuestro” como “práctica de guerra”, Beltrán es de una claridad aterradora: “Si se aspira al inicio de la negociación, que el Eln haga cosas del fin de la negociación están salidos de foco. (…) La agenda está congelada, no se ha movido, y le piden al Eln hacer cosas del fin del conflicto. Tiene que avanzar la negociación para que avance el cese. No podemos empezar por el quinto punto.” En plata blanca: estamos en el primer punto y el secuestro es objeto del quinto punto; luego habrá que esperar hasta entonces. Entonces, no se han comprometido a dejar de secuestrar. Máximo, piensa uno, para “aliviar” el sufrimiento de la gente, reducirán la tasa promedio de secuestros, o, abogarán, como en 1998 en el “Acuerdo de Puerta del Cielo” en Alemania, a no secuestrar ancianos de más de 65 años o mujeres embarazadas. En ese tipo de argucias son unos bribones inveterados.

De similares dimensiones es su repuesta cuando se le indaga por la extorsión: “Le hemos preguntado al Gobierno si está dispuesto a cesar alguno de los impuestos. Ellos viven de los impuestos, y nosotros también necesitamos contribuciones, la mayoría voluntarias. Esa discusión aún está muy verde, porque estamos concentrados en los alivios que rebajen la intensidad del conflicto, porque estas otras cosas no son la mejor faceta de una crisis humanitaria en Colombia.” Aparte de la infamia de considerar que la mayoría de las “contribuciones” que reciben son “voluntarias”, lo que no da lugar a dudas es que no han pactado el cese de la extorsión. El gobierno sigue cobrando impuestos y ellos extorsionando. “Esa discusión aún está muy verde”, remata Beltrán.

En el mismo sentido se había expresado un cabecilla de esa pandilla en el Chocó hace unos días: el Eln se niega a renunciar, así sea temporalmente, a la extorsión y al secuestro, pues viven de ellas. Lo habían alegado en Maguncia en 1998, en sus negociaciones con la “sociedad civil” y el gobierno de Samper, donde se llegó a aceptar el siguiente grosero postulado en el fallido “Acuerdo de Puerta del Cielo”: “El Eln se compromete a suspender la retención o privación de la libertad de personas con propósitos financieros en la medida en que se resuelva por otros medios la suficiente disponibilidad de recursos para el Eln, siempre que mientras culmina el proceso de paz con esta organización no se incurra en el debilitamiento estratégico.” Para evitar que se “debilitaran estratégicamente” los bandidos, el Estado aceptaba sustituir el pago de las extorsiones y secuestros (perdón, “retenciones”) individuales, para cubrir esa suma con fondos públicos; pasar de la expoliación individual a la colectiva.

Decíamos atrás que el cese bilateral era preocupante, y ahora lo queremos ratificar, sobre todo si no va acompañado de cese de “hostilidades”. Significa, en plata blanca, que el Ejército parará cualquier operación contra los narcoterroristas, y éstos verán por tanto aliviada su situación para proseguir con tranquilidad sus actividades de secuestro, extorsión, manejo de minería ilegal, etc. El mejor de los mundos: sin presión militar y habilitados para delinquir. No faltará algún defensor de este tipo de acuerdos que sostenga, como se ha dicho con las Farc, que siempre es mejor que dejen de matar soldados, así se sigan fortaleciendo con las demás actividades delincuenciales. En esas estamos, por obra y gracia de este gobierno.

De suerte que el gobierno ha cedido a las pretensiones absurdas del Eln, siguiendo el mismo camino tortuoso de los diálogos con las Farc. El Eln continúa tan campante, negándose a negociar “desde los condicionamientos”, como lo advierte Beltrán, prosiguiendo su actuar delictivo como si nada, y el gobierno lo acepta y tolera. Conscientes, además, los cabecillas, de que la etapa terminal del gobierno actual es ideal para presionarlo y obtener mayores réditos. No están dispuestos a darle “oxígeno” a Santos, confiesan. Quieren exprimirlo de tal manera que obtengan las concesiones que anhelan, de modo que al terminar su mandato hayan conseguido que “el proceso esté consolidado y sea irreversible”. Por Santos seguramente no habrá problema, su claudicación inaudita, disfrazada de “paz”, no conoce límites. Pero olvidan los terroristas que en el 2018 el país tendrá nuevo gobierno que, con casi absoluta seguridad, será de signo contrario al actual y se dedicará a enderezar los entuertos que el espurio premio Nobel de Paz nos legará. En la agenda del futuro de Colombia no habrá nada “irreversible”. De eso pueden estar seguros los facinerosos.

Publicado en Columnistas Nacionales

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