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Carlos H. Trujillo                          

Así es, se siente dolor e indignación.

El mundo de presunta corrupción, que está quedando al descubierto a raíz de las grabaciones y declaraciones comprometedoras para altos integrantes de diversos poderes del Estado, tiene un efecto devastador.

Lo que se evidencia ahora llueve sobre un terreno caracterizado por el escepticismo, la incredulidad, y el rechazo hacia todo lo que tenga que ver con la actividad política y el ejercicio de funciones públicas.

El ambiente que se está formando no es un asunto menor.

Bueno es recordar   que un clima de opinión similar existía en la hermana República de Venezuela, antes de la aparición en el escenario del fallecido Hugo Chávez.

En aquellos años se vivía en nuestro vecindario algo muy parecido a lo que acontece hoy en Colombia.

Todos los poderes sufrían un inmenso desprestigio, los partidos eran rechazados por la inmensa mayoría, y la imagen de los dirigentes estaba castigada por la descalificación de la ciudadanía.

El apoyo inicial que esa nación le dio a Chávez fue consecuencia del rechazo a todo lo existente.

Y las cosas se trataban con la misma pedantería que se percibe actualmente en varios sectores de la nación.

Nosotros somos un país muy serio, decían, que no tiene posibilidad alguna de caer en algo parecido a lo que sucede en Cuba.

Olvídense, proclamaban, levantando la voz para insistir en que semejante cosa jamás sucedería, porque todo era suficientemente sólido y sus ciudadanos muy formados políticamente.

Agregaban, además, que si el beneficiario de la novedad no respondía a las expectativas lo castigarían en las elecciones siguientes.

¡Se equivocaron!

Por buscar nuevos escenarios terminaron dándole vida a un régimen dictatorial, que continúa en el poder y se aferra a sus prebendas con ferocidad.

Han violado todo, destrozaron la independencia de los poderes públicos, desconocen la voluntad mayoritaria de la ciudadanía, y carecen de límites y controles institucionales.

Solamente les interesa seguir mandando a como dé lugar.

Todo lo que acontece en el vecindario debe servir como ejemplo.

Si bien es cierto que hay razones suficientes para sentir desencanto y rabia, también es verdad que el peor escenario sería dar un salto al vacío.

En las circunstancias que se viven, lo que resulta fundamental es poner en consideración de los electores un proyecto muy sólido de reinstitucionalización.

Eso es lo que debe hacerse.

Conviene dejar de lado las consideraciones que apuntan a señalar que todo está escrito, para descalificar iniciativas dirigidas a mostrar la conveniencia de darle vida a escenarios novedosos para refrescar la estructura institucional.

Se requiere pensar en el escenario más conveniente.

Claro está que todos los pasos que se avizoran en este escrito deben darse en el próximo Gobierno.

En la administración Santos ya no hay nada qué hacer.

Buena parte de la debacle de opinión que padece Colombia es la consecuencia de los imperdonables errores cometidos en el período presidencial que, para bien de la nación, ya está llegando a su fin.

Y pensar que el jefe del Estado tuvo en sus manos la oportunidad de pasar a la historia como un ¡gran presidente!

Infortunadamente para Colombia, todo lo tiró por la borda.

Creyó que era suficiente firmar cualquier cosa con Timochenko para quedar inscrito en el libro de los grandes.

¡Qué gigantesco y grave error!

Entre otras cosas, en virtud de que a todo lo anterior se agrega la avalancha de hechos de corrupción que manchan a colombianos que han ocupado altísimas posiciones en el Estado.

Aquí lo que hay que hacer es crear un nuevo escenario para la reconstrucción institucional.

Por esa razón, debe madurarse la conveniencia de  convocar otra constituyente.

El Nuevo Siglo, Bogotá, 03 de septiembre de 2017

Publicado en Columnistas Nacionales

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