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Alfonso Monsalve Solórzano                                

A Dios lo que es de Dios; pero a los colombianos, lo que es de ellos.

Un verdadero milagro tendría lugar en nuestro país con la presencia del Sumo Pontífice de los católicos, el Papa Francisco. Claro, si Colombia fuera Santos, las Farc, el Eln y un sector de sacerdotes, obispos y cardenales, pues ellos habrían obtenido, a fuerza de pedirlo, la transformación de una visita anunciada como pastoral por los voceros de la Conferencia Episcopal colombiana, en un encuentro político al servicio de la entrega del país a esas guerrillas, de acuerdo con Monseñor Parolin, secretario de Estado de  El Vaticano en Colombia, quien afirmó que la presencia de Francisco “es una muestra de apoyo al proceso de paz” (www.noticiasrcn.com 01.09.2017).

Pero como milagro, sería algo extraordinariamente perverso, porque le daría la bendición a una negociación que convirtió a criminales de lesa humanidad en víctimas (como quien dice, la institucionalidad colombiana y sus ciudadanos, les quedamos debiendo a esos sujetos), les entregó total impunidad a unos de ellos y se las otorgará a los otros, les está lavando el dinero sucio, y les ha permitido convertir a Colombia en un narcopaís con 188.000 hectáreas de coca.

Esta semana, a cinco días de la llegada del Papa, una de esas guerrillas, con acuerdo suscrito con Santos,  se convirtió en un “partido” político, a pesar de que no han entregado todas las armas (es decir, son un partido político armado),  ni los niños reclutados, ni dicho esta boca es mía respecto a los más de 700 secuestrados desaparecidos en su poder; y que para remacharnos de qué se trataría cuando llegasen al poder (destrucción, secuestro, violencia extrema contra el pueblo, narcotráfico, minería ilegal, persecución a los religiosos, etc.), mantiene el tenebroso acrónimo de Farc. Y que la otra, está en trance, según informó nuestro particular Santo(s) de firmar un “cese al fuego bilateral”, según él, para saludar la visita del prelado de Roma, y, quizá, digo yo, para que el Papa les perdone el asesinato de Monseñor Jaramillo o la destrucción de Machuca o los miles de atentados al medioambiente, o su propio negocio de narcotráfico, secuestro, atentados a civiles, y la jefatura de curas españoles expertos en terrorismo, etc.

El punto de todo esto, es que una visita pastoral, a nombre de la reconciliación, no puede excluir al gran número de católicos colombianos, quizá la mayoría, que tienen serios reparos al acuerdo firmado con las Farc y a la manera como se negocia con el Eln. No creo que pueda forzarse la conciencia religiosa de millones de colombianos católicos, para que acepten un acuerdo de ese tipo, hecho que es típicamente político y, por lo tanto, tienen el derecho de escoger libremente. Si la creencia política de los prelados se convierte en dogma religioso, se asalta la más profunda de las convicciones de muchos seres humanos, que ven que sus pastores le están dando al César lo que es de Dios. De un césar, que, además, rechazan por traidor. Realizar semejante maniobra de prestidigitación, sería un abuso inconcebible, un acto de verdadera felonía con la doctrina que dicen profesar.

Y si es una visita pastoral, es irrespetuoso con los millones de colombianos cristianos no católicos, o miembros de otras confesiones o simplemente no creyentes, montar semejante despliegue publicitario, abrumador y agobiante. No se puede usar el hecho de que la mayoría de los nacionales son católicos, para paralizar un país y convertir la vista papal en una exhibición de fuerza. El Estado colombiano no profesa oficialmente fe alguna: por eso, aunque prohíja y respeta las creencias religiosas de sus ciudadanos, no convierte en visitas oficiales las presencias de los máximos conductores de una determinada fe, ni utiliza los recursos públicos para que se realice. Y los pastores de cualquiera de las opciones de los colombianos deberían actuar con modestia, respeto y bajo perfil, para no ofender ni molestar a los que no forman parte de su grey.

Lo que está sucediendo, precisamente, demuestra que la vista del Papa no es pastoral, sino política, en una época pre electoral, con un gobierno que es repudiado por la gran mayoría de los colombianos porque defiende una línea de negociación que favorece a los delincuentes. Como todo lo de Santos, en este acto de propaganda se esconde en palabras melifluas y ambiguas: el Papa no se reunirá con las Farc, pero habrá una reunión con algunas víctimas y victimarios, en la que harán presencia miembros de esa organización, como si la reconciliación significara perdón judicial total y olvido político y no se estableciera sobre la base del reconocimiento de los crímenes por parte de los delincuentes y la seguridad de no repetición, la cual no se garantiza con la impunidad, que estimula a perseverar en el delito. Cada individuo tiene el derecho, en su fuero íntimo, de aceptar cualquier tipo de perdón, pero el estado, como representante de los ciudadanos y del bien común, sólo puede actuar en defensa de los derechos de sus miembros, encabezado por el derecho a la justicia para construir una paz democrática y no una dictadura de hierro.

Es tan política esta visita, que el Papa no se reunirá con la oposición venezolana, a pesar de que la Conferencia Episcopal del vecino país se ha pronunciado contra la dictadura madurista, y no lo hace por el simple hecho de que lo que Francisco desea es una solución que dé una salida que favorezca al régimen tiránico. Produce una tristeza infinita que el pastor no escuche a los miembros de su propia iglesia cuando no tocan la canción que quiere oír.

El Papá se irá, y los colombianos (y los venezolanos) quedaremos, muy seguramente con un muy amargo sabor en la boca, pero con el espíritu de lucha por la libertad fortalecido y con la lección aprendida de que nadie es vocero de Dios en la tierra, cuando se trata de opiniones que afectan la libertad y la dignidad. Y no por eso, dejarán de ser profundamente católicos.

Publicado en Columnistas Nacionales

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