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Eduardo Mackenzie                                       

“Las Farc entran resueltamente en política” escribía antier Anne Proenza en una crónica para Le Soir, de Bruselas (1), sobre la reunión de las Farc en Bogotá en la que alias Timochenko, el cabecilla de la organización narcoterrorista, explicó muy frescamente que cuando se transformen en partido “no cambiarán sus fundamentos ideológicos” ni su “proyecto de sociedad”.

La periodista francesa funda su apreciación en la vaga creencia que muchos comparten en estos días, sobre todo en Europa: que esa banda –ahora llamada Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, Farc--, “ha abandonado definitivamente la lucha armada”, como Proenza lo dice en su artículo.

No obstante, lo de la creación de un “nuevo partido político” y lo del abandono “definitivo” de la “lucha armada”, decisiones discutidas en las reuniones, casi todas a puerta cerrada, de esta semana, habrá que tomarlo con escepticismo. Pues la tal reconversión positiva de la banda tiene el aspecto de un fenómeno provisorio, que puede transformarse, de la noche a la mañana, en su contrario.

Lo más dudoso es lo del abandono de la lucha armada. De hecho, las Farc siguen echando bala a través de un sector especial: las pretendidas “disidencias”. ¿Ha visto alguien un gesto real o una declaración de ruptura entre esas dos entidades? No. Esa denominación es, pues, un artificio para jugar en dos tableros al mismo tiempo. Nadie olvida, por otra parte, el pacto firmado en La Habana, entre las Farc y los jefes del Eln, en medio de las negociaciones con Santos, para que las dos estructuras marxistas no perdieran el control de ciertas zonas a causa del “proceso de paz”.

La palabra clave para entender los contornos de esta situación es “implementación”. Si los colombianos eligen en mayo de 2018 un nuevo presidente de la República que esté decidido a sacar al país del lodazal moral, institucional, judicial, económico y diplomático en que lo hundió Juan Manuel Santos, las Farc van a dejar de lado sus discursos dulzarrones de ahora. Dirán que el nuevo gobierno no quiso “implementar” los acuerdos Santos-Farc y que a ellos, en consecuencia, no les queda otra salida que “volver al monte”. Así, la incongruidad de la creación de un partido político “legal”, pero con bases ideológicas leninistas, habrá terminado.

En cambio, si las Farc logran forjar con las facciones en crisis del santismo y del bolchevismo cultural una “gran coalición” y ésta pervierte el escrutinio y gana la elección, el nuevo poder acelerará la entrega del país. En ese caso, las Farc obtendrán el “gobierno de transición” que buscaron siempre, mostrarán su verdadero rostro y desalojarán, antes que nada, a los tontos útiles que les ayudaron a llegar a esa posición.

Pero tendrán que desatar una ofensiva brutal y masiva contra las mayorías pues los colombianos no van a ceder el país y sus libertades sin luchar a muerte para defender su patria.

Para que las bases de las Farc no duden acerca del carácter doble del juego actual, Timochenko les dijo algo: que en lo inmediato no harán un aprendizaje de las reglas democráticas, es decir que no se embarcarán en “debates complicados” con nadie, pues el único argumento serán “las masas organizadas y el movimiento en los más diversos escenarios”.

Lo que traducido al lenguaje corriente quiere decir que la violencia (las “masas organizadas”) será empleada por ellos en todos los terrenos y ”escenarios”. Y que eso será así aunque las Farc se disfracen de partido “legal”.

Para que la opinión desprevenida pueda dormir tranquila Timochenko apeló al eterno clisé fariano de querer instalar “un régimen político democrático” que garantice “la paz con justicia social”, así como –no podía faltar--, el “respeto a los derechos humanos” y un “desarrollo económico con bienestar para todos”.  ¡Excelente!

No es la primera vez que las Farc hacen promesas y hasta una pausa espectacular para engañar a Colombia. Luego del plebiscito de 1957, los jefes de la banda armada, no aún bautizada Farc, se instalaron en la vida civil con la venia de las autoridades. Tirofijo fue nombrado inspector de carreteras, en el Tolima. Otros cabecillas importantes, como Charro Negro, Isauro Yosa e Isaías Pardo, trabajaban en sus fincas. Eso terminará en 1960, con la organización secreta de un bastión guerrillero en la región del Támaro, que más tarde será conocida como Marquetalia, y en la posterior ofensiva guerrillera auspiciada por Moscú y La Habana que algunos recuerdan.

El otro momento de falsa distención ocurre tras los acuerdos imprecisos de La Uribe, durante el gobierno de Belisario Betancur. En mayo de 1984, las Farc anuncian que “abandonarán gradualmente” la acción armada y los secuestros, pero sin entregar un solo fusil. Lo cuenta Jacobo Arenas, secretario político de las Farc en ese momento, en un libro. Tirofijo anuncia que será candidato presidencial. La Unión Patriótica, partido de las Farc, aparece en mayo de 1985, y varios cuadros guerrilleros, como alias Iván Márquez,  van a las ciudades a “hacer política”. Ello desata una guerra interna. La escisión de José Fedor Rey, alias Javier Delgado, en junio de ese año, intenta asesinar a Hernando Hurtado, un dirigente del PCC. Delgado dice actuar en represalia por las órdenes de asesinato emitidas por la dirección del PCC contra él y su grupo. Después, Carlos Enrique Cardona, alias Braulio Herrera, un ex dirigente de la UP, decide matar decenas de sus propios guerrilleros. Así terminó esa pausa y comenzó la hecatombe de la UP y la formación de las temibles coordinadoras guerrilleras.

Los que creen que las Farc han cambiado “definitivamente” y que ellas van a abandonar el método leninista de la combinación de todas las formas de la acción criminal, deberían estudiar un poco la historia del comunismo colombiano. Pues lo de ahora es una repetición, en condiciones diferentes y en un plano más vasto, de operaciones anteriores.

Mientras las Farc no rechacen explícitamente su ideario político, y su “proyecto de sociedad”, ningún cambio real positivo se puede esperar de ellas. Pues su ideología tradicional, cuya vigencia fue ratificada antier por Timochenko, los incrusta en un proyecto que supera los alcances de las mismas Farc.

Las Farc sigue haciendo parte de la internacional castro-chavista, el Foro de Sao Paulo. Siguen teniendo combatientes, cuarteles, oficinas, fincas, redes e inversiones en la Venezuela de Maduro y en la Cuba de Raúl Castro. El secretariado no es la dirección real de las Farc. Reconvertidas o no en partido “legal” en Colombia, las Farc seguirán dependiendo de la suerte que corra la aventura “revolucionaria” de Cuba y Venezuela en el continente.

Como las Farc no representan otra cosa que a ellas mismas, como no encarnan realmente los interesas de sectores sociales, su proyecto no puede estar desconectado de la agenda de esas dos dictaduras. La continuidad de las Farc depende de la continuidad de la empresa subversiva en el continente.

Los jefes de las Farc saben que su situación es frágil pues el proyecto cubano-venezolano está en crisis y va hacia un derrumbe. Por eso quizás algunos buscan anclarse en la acción política. Sin embargo, al burlarse de la opinión pública al insistir en una paz basada en la impunidad, en una entrega mínima de armas, en la no reparación de las víctimas, en la no liberación de los niños-soldados, en la muerte judicial de sus adversarios, en su ambición de apoderarse de poblaciones, plantaciones, minas y territorios, su índice de impopularidad, que ya supera el 80% según las encuestas, no les facilitará el trabajo. La resistencia contra ellos será grande y de largo aliento.

Claro, los guerrilleros de base de las Farc merecen una oportunidad para salvar sus vidas, su libertad y su salud mental. El problema de ellos es enorme. Esos “muchachos”, como los llama Juan Lozano, siguen encadenados por sus jefes y las cadenas de todos ellos salen de la Habana y pasan por Caracas.

(1).- http://www.lesoir.be/111526/article/2017-08-30/en-colombie-les-farc-entrent-resolument-en-politique

@eduardomackenz1

Publicado en Columnistas Nacionales

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