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Libardo Botero C.                                  

En la mitología griega La Hidra de Lerna ocupa un lugar privilegiado. El famoso monstruo, con forma de serpiente dotada de múltiples cabezas, pavoroso, letal y maloliente, ha sido utilizado como símbolo de las peores manifestaciones de la conducta humana, verbi gracia, la corrupción. Una Hidra tenebrosa devora hoy día la sociedad colombiana, enquistada en todas las ramas del poder público, asomando sus cabezas detestables en cada una de ellas.

Los orígenes de la bestia, indican algunos expertos, se remontan a la arquitectura de la Constitución de 1991, y en eso seguramente tienen buena parte de la razón. Pero también es cierto que durante algún tiempo no pudo salir a flote como ahora, ni exhibir campante sus brutales atributos. El medio le fue hostil hasta que apareció el mandato de la “prosperidad para todos”, que le brindó el elixir portentoso de la mermelada, y las coimas, y el narcotráfico, y las trampas, para nutrir su cuerpo macilento y convertirla en el avasallador monstruo que hoy nos devora.

Nuestra Hidra tiene una singularidad: entre todas las cabezas sobresale una, que emerge entre las demás, ostentando sus peores rasgos, como timonel de la alimaña. Es la cabeza del ejecutivo, el primer mandatario de la nación, el comandante en jefe del latrocinio en marcha.

En la moderna doctrina penal se habla de “empresas criminales” cuando se detecta y comprueba que hay una asociación delictiva empeñada en cometer determinados ilícitos. Santos con sus validos ha permeado todas las esferas del poder público, en una arremetida feroz de tan señalada “empresa criminal”, de la cual es gestor, promotor y líder. La cascada de informaciones que hace tiempos vienen saliendo a luz, y que en las últimas semanas han adquirido el volumen y empuje de un ciclón, es apabullante. Un recuento ligero, a manera de bosquejo, seguramente incompleto dada la magnitud de los estropicios, nos ofrece el panorama de la tragedia.

El monstruo, mimetizado, se larvaba en el gobierno de la Seguridad Democrática. Cuando logró salir avante en 2010, exhibió desde el primer instante sus peores atributos, descollando el de la traición a quien debía su triunfo. Declaró al peor enemigo de Colombia, el vecino que mancillaba la patria de Bolívar -¡y en su nombre!- como su “nuevo mejor amigo”, e inició subrepticiamente los arreglos fatídicos con sus protegidos –las Farc-, para encumbrarlos a las cimas del poder y lavar sus fortunas y sus armas y sus crímenes. No contento con ello, y a nombre de la paz, les otorgó a los narcoterroristas franquicias y patentes de corso para multiplicar los cultivos de coca hasta cifras inauditas, atiborrando sus faltriqueras e inundando al país y al mundo de la droga maldita. Hoy los sembrados de la hoja superan las 200.000 hectáreas y las exportaciones en polvo se remontan por encima de las 1.000 toneladas, que nutren de dólares a tutiplén a la procelosa banda que, salvo que se demuestre lo contrario, no ha dejado de ser el cartel de cocaína más grande del mundo. Negocio que, para rematar, fue santificado y legitimado a nombre del sagrado derecho a la rebelión.

A nombre de la paz también, se dedicó la cabeza mayor de la Hidra a cooptar al poder judicial, empoderando estratégicamente a fichas podridas en las altas cortes, que han utilizado a la maravilla la táctica perversa de los narcoterroristas, de combinar todas las formas del crimen, desde la manipulación y el aprovechamiento de cargos y canonjías, pasando por la apelación a los falsos testigos, hasta llegar al soborno descarado para absolver criminales o condenar inocentes, en no pocos casos por aversiones u odios políticos. La doctrina ha sido sacrificada en el altar de Mercurio, y la jurisprudencia se emite a pedido del mejor postor. Si mañana aparece una más jugosa recompensa, no hay empacho en cambiarla. Ya Colombia no sabe a qué atenerse, y la Constitución se ha convertido en un rey de burlas, sometida a las más inauditas operaciones para destrozarla, adicionarla o agujerearla sin compasión. Cualquier documento farragoso y avieso, como el redactado en La Habana, puede ingresar sin pena ni gloria a nuestra Carta Política, como eje y fuente de interpretación, de obligatorio cumplimiento por todas las autoridades por no menos de doce años.

El vergonzoso episodio de ayer, cuando unas mayorías pírricas del Congreso, a instancias y ruegos del ejecutivo, impusieron el nombre de un magistrado para la Corte Constitucional, a fin de desempatar a favor de las Farc los fallos sobre las imposiciones de los acuerdos con esa banda criminal, indican que la Hidra sigue vivita y coleando y haciendo estragos.

Como en 2014 peligraba la continuidad de la Hidra en el poder, con su cabeza mayor, no dudó en apelar a cuanto ardid y atropello fuese necesario para evitar la caída. Ya está probado hasta la saciedad que el oscuro episodio del “hacker” fue una trampa urdida desde el Palacio de Nariño, con la complicidad y ejecución eficaz de la Fiscalía y la DNI, donde anidaban dos pequeñas pero letales cabezas de la Hidra: un almirante en retiro y un siniestro abogadillo. Mas la operación fraudulenta de convertir la derrota de la primera vuelta en la victoria de la segunda, no se quedó allí. No solo había que buscar restarle votos al contrincante, el uribista Óscar Iván Zuluaga, sino que había que encontrar la manera de rellenar de votos la lista de Juan Manuel Santos.

El mismo candidato-presidente reconoció que para la primera vuelta “nos confiamos mucho” y “no movimos muchos de los dirigentes a nivel regional”; era necesario, entonces, para la segunda vuelta, “afinar” la estrategia, aceitar la maquinaria y empujar con decisión a la tropilla de caciques para que salieran a la feria electoral sin tapujos. Todas esas pequeñas cabezas de Hidra, que ostentan folclóricos motes como un tal “Noño”, o por obra del azar coinciden con una Musa griega, en la vida real son simples traficantes de votos de provincia, dedicados en la capital a descansar sus podaderas en el parlamento y a votar con esmero todo lo que les proponga la cabeza mayor de la bestia. Para la compraventa electoral de 2014 necesitaban cuantiosos recursos, que les fueron suministrados sin reato por orden de arriba, producto de unas dosis adicionales de mermelada, por un lado, y fuertes inyecciones de efectivo provenientes de sobornos super-multi-millonarios, como los que se han conocido de Odebrecht, por otro lado. Fue la materialización refinada de la doctrina máxima del santismo, contante y sonante, que su jefe habría de exponer con brillantez en Barranquilla, su “novia” más apreciada en esas contiendas comiciales, a propósito de la campaña del plebiscito por “la paz”: “en la vida política el amor se expresa, de la novia hacia a acá con votos, y de aquí hacia allá con presupuesto e inversiones”.

Desde hace más de un año vienen aflorando las informaciones de este último atentado criminal. Ya hoy es indiscutible que fue una operación fríamente calculada y de proporciones incalculables, por los montos de dinero que se utilizaron, y de la cual es imposible que el candidato-presidente no estuviera enterado. No es creíble que semejante operación, adelantada por los más íntimos y fieles escuderos del presidente, no hubiera sido conocida por éste. Es más: no es lógico que se hubiera podido adelantar sin su auspicio y determinación.

La carta enviada hace unos días por los expresidente Pastrana y Uribe al Fiscal y a la Comisión de Acusaciones de la Cámara, agrega a lo ya conocido, de manera detallada y precisa, una cantidad tan abundante de cifras de dinero que inundaron la campaña de Santos en 2014 -que por numerosas y precisas deben tener un sustento probatorio muy certero-, que ya no puede caber la menor duda.

El cinismo de la cabeza mayor, en todo caso, no tiene límites. Mientras más abundan los indicios y evidencias de su actuar fraudulento, más se empeña, de manera olímpica en evadir su responsabilidad. Acaba de pedir, quién lo creyera, que el CNE archive el expediente que obra allí, por exceder los topes en aquella campaña, y por el ingreso a ella de dineros provenientes de sobornos. Y como si nada, cada que aparece ante las cámaras, sin una pizca de vergüenza, se dedica a predicar contra la corrupción.

La situación se ha vuelto insoportable. Por más que otras cabezas de la Hidra, enquistadas en los medios de comunicación, traten de ocultar la contundente realidad, no lo logran. La opinión pública, lo atestiguan las encuestas que se publican a diario, está enardecida y rechaza sin atenuantes a la gran cabeza de la Hidra, sus áulicos y sus ejecutorias. Solo espera la ocasión propicia, en 2018, para cortar las cabezas del monstruo, empezando por la principal.

Según la mitología griega, la Hidra tenía una extraña potestad, que no solo la hacía invulnerable sino que le permitía remozarse tras cualquier intento de cercenarle sus cabezas: por cada una que le cortaran, le brotaban dos. Hera, hermana de Zeus, gran diosa, le impuso a Hércules, entre otras tareas, la de liquidar la Hidra. Fue una tarea difícil. Para lograrlo, Hércules tuvo que acudir a la ayuda de su sobrino Yolao, quien le indicó la fórmula salvadora: cauterizar el cuello de la serpiente cada que la espada de Hércules amputara una cabeza, para impedir que se reprodujera. La batalla fue feroz pero logró vencerla.

Hoy en el país tenemos al frente la difícil tarea de exterminar la Hidra que nos oprime y arruina. No bastará, como lo ha explicado Uribe, que en las elecciones de 2018 la derrotemos y cortemos las cabezas del engendro; habrá que quemar los muñones sangrientos, para evitar que se revivan y multipliquen, adelantando las reformas y cambios de fondo que la situación demanda, desde el desmonte de los acuerdos con las Farc, hasta la aplicación de una cirujía a fondo del sistema judicial. Y seguramente, para redondear la tarea, impedir que renazca el monstro y castigar sus desafueros, enviando a las mazmorras a los miembros conspicuos de la “empresa criminal”, empezando por su jefe.

 

Publicado en Columnistas Nacionales

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