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Darío Acevedo Carmona                               

Después de aquella frase burlona de Santrich “quizás, quizás, quizás” cuando le preguntaron si las Farc iban a entregar las armas y pedir perdón a las víctimas, pensé que nada superaría esa demostración de cinismo, pero, como para demostrarnos que la dirigencia de esa organización no tiene límites para mofarse de la dignidad de los colombianos como no los tuvo para asesinar y destruir, dos acciones recientes nos recuerdan su desfachatez.

La primera fue el anuncio del nombre del partido -Fuerza Alternativa Revolucionaria de Colombia- con el que entrarán a disfrutar de las generosas gabelas concedidas por el Gobierno Nacional. A primera vista no habría razón para ponerse alerta por la conservación de las siglas, en el pasado lo hizo el EPL (Esperanza, Paz y Libertad), el M-19 mantuvo su nombre precedido de “Alianza Democrática”.

Pero, entre esas experiencias y la de ahora hay profundas diferencias, en especial en lo referente a la seriedad y la transparencia de aquellas fuerzas, muy diferente a lo que las Farc han mostrado: arrogancia, burlas, mentiras e incumplimientos. De modo que vale preguntarnos ¿por qué insisten en mantener unas siglas Farc que nos recuerdan asaltos, pescas milagrosas, secuestros, asesinatos de soldados y policías, masacres, despojo a campesinos?

Leeremos y escucharemos muchas voces que nos llamarán a tener confianza y a ver en esa decisión algo de poca trascendencia. No comparto esa visión idealizada sobre las intenciones de una guerrilla cuyos jefes reafirman cada que se les ofrece un micrófono o una cámara que ellos no tienen de qué arrepentirse, que no van a entregar sus armas sino “colocarlas a un lado”, que ellos son rebeldes luchadores populares, que son marxista-leninistas (cosa que también ha sido banalizada en los medios) y como dijo Santrich “Nunca dejaremos de ser Farc”.

En buena letra se desprende que se enorgullecen de su identidad, que no tienen conciencia de culpa ni van a reconocer la comisión de crímenes horrendos, por tanto, tampoco tienen víctimas a sus espaldas. Y es ahí en donde cabe a la perfección su opíparo ofrecimiento según denuncia del Fiscal General: traperos, exprimidores, vasos, sartenes, sal de frutas, talcos, bienes inmuebles inidentificables, construcción de vías. Esta ofensa a la dignidad de los miles que sufrieron sus atrocidades y al pueblo colombiano es equiparable a la violación de la Constitución y del ordenamiento institucional que en nombre de la paz engañosa impuso el presidente Santos.

Como para que no nos quepa duda de que estamos ante una auténtica tragedia del absurdo cuyo libreto consiste en burlarse de los colombianos, el expresidente Samper y el presidente Santos, en el evento conmemorativo de los veinte años del ministerio de la Cultura, se trenzaron en un duelo de chistes alrededor de la palabra mermelada. Palabra que todos asociamos con la destinación fraudulenta de dineros públicos a altos dignatarios de otros poderes paran obtener su apoyo.  El escenario de la bufonada fue ni más ni menos el teatro Colón, una bella reliquia y patrimonio de la nación. Los fantasmas que habitan tradicionalmente estos tablados deben haber salido despavoridos ante espectáculo tan repugnante.

Una sociedad abrumada por la corrupción de Odebrecht, Reficar, pirámides de las elites, violación de topes de campañas presidenciales, mafias en la Corte Suprema, y un larguísimo etcétera, el señor Samper, resucitado en mala hora por su compañero de escena y que detenta un enorme poder burocrático, le dice a Santos en tono burlesco “en mi gobierno hubo “mermelada” pero era poca comparada con el suyo”. Este le replicó inmediatamente “pero si Usted era conocido como el rey de la mermelada”, se oyeron sonoros aplausos y risas de la concurrencia como si se estuviera en presencia de una obra de humor tipo “Los monólogos de la vagina”. Entonces Samper, el mismo al que Santos intentó darle un golpe de estado, le respondió “sí, pero no era tanta y la mía era dietética”, de nuevo gran hilaridad.

No eran Tola Y Maruja los que divertían al público ni los de La Luciérnaga ni el sobrino del “elefante” con sus grotescos apuntes, era un acto oficial y dos personas que banalizaban sus “dignidades” como pilluelos de barriobajero haciendo bromas con el cuerpo del delito oficial más detestable de los últimos siete años, ese producto corrosivo, símbolo de compra de conciencias, de untadas a magistrados, generales, congresistas, periodistas, obispos.

Nada más ni nada menos que un expresidente de ingrata recordación y otro en ejercicio, que, independiente de la opinión negativa que los afecta, no tienen derecho a pisotear, como lo hicieron, sus investiduras, el acto oficial, el sitio, el público y el país.

Que al parecer no tienen conciencia del mal o lo banalizan, pensando que irrigar con mermelada todos los intersticios institucionales no es delito. Deslucieron sus trajes, sin pudor, grotescamente, para recibir el aplauso que no han podido conquistar en las calles quizás porque no han hecho nada que lo merezca.

Hacer chistes con aquello que tiene el país al borde del colapso es el mayor acto de cinismo que hayamos podido presenciar de parte de las dos personas más poderosas de este gobierno.

Si este es un país de asesinos, de cafres, de vividores, de mafiosos, de “mierda”, de violentos, como lo sostienen muchos intelectuales “progres” y de izquierda, solo hacía falta que dos miembros destacados de la oligarquía nacional cual par de granujas se sumaran al coro de los que nos ofenden en materia grave en nuestras propias narices.

El Espectador, Bogotá, 27 de agosto de 2017

Publicado en Columnistas Nacionales

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