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Eduardo Mackenzie                                       

De nuevo unas declaraciones del senador Iván Duque ponen sobre el tapete la cuestión de su coherencia ideológica respecto del uribismo. Es perfectamente legítimo preguntar, como  hicieron el ex ministro Fernando Londoño Hoyos y los periodistas de La Hora de la Verdad,  si las afirmaciones hechas por Iván Duque ante una radio bogotana, el 23 de agosto pasado (1),  durante un debate con otros cinco precandidatos, son correctas o no. Lo que es indecente es hacer contorsiones para invertir los términos del problema: fustigar las reacciones justificadas de quienes ven en las insinuaciones de Iván Duque un nuevo error sobre lo que es el Centro Democrático y su líder, el ex presidente Álvaro Uribe, en lugar de examinar lo dicho por Iván Duque.

Que esa cabriola la haga la revista Semana, órgano de combate del santismo, vaya. Sin embargo, esa inversión se volvió costumbre. Cada vez que Iván Duque exhibe sus cartas, sus amigos salen a criticar a los críticos, sin admitir que lo que fomenta el divisionismo son las extrañas salidas de Duque.  Otros imaginan que el malestar viene de una supuesta batalla entre dos líneas: una “conservadora” y otra “progresista”. No creo en eso.

La frase de Iván Duque que desató la nueva tormenta es esta: “¿Vamos entonces a reducir esta discusión [la “polarización” del país] simplemente a Uribe y Santos? ¿Eso es tema de dos personas, de dos tintos, como si el resto del país fuera simplemente miembros (sic) de una secta que se deja guiar por dos monjes?”.

Contra eso reaccionó Fernando Londoño: “[Iván Duque] está en su derecho [de decir lo que piensa], pero que no diga al mismo tiempo que es uribista. Ni el presidente Uribe es un monje, ni el Centro Democrático es una secta, ni nosotros somos los seguidores ciegos de un monje. Eso no se lo podemos aceptar a Iván Duque, de ninguna manera. […]”. 

Un observador asegura que “Duque no descalificó a Uribe, porque su expresión no fue una afirmación sino un condicional (sic)”. Dice: “Son los enemigos de Uribe los que quieren desacreditarlo presentándolo como un jefe de secta, y es contra ellos que arremete Duque”. Admitamos que no hubo insulto a Uribe. Empero, igualar a Uribe con Santos calificando de “monje” a los dos, así sea por chiste, es nuevo en el CD y desconcierta a los uribistas. El empleo de la palabra “secta” para ironizar acerca de los dos campos políticos que dirigen los dos expresidentes, es absurdo. Es verdad que Duque trató de salirle al paso a Gustavo Petro quien dijo que la “polarización” era causada por Uribe. La réplica fue  una pregunta-respuesta. Pero no se ve en ella, ni en el resto de su intervención, una “arremetida” en defensa de Uribe.

Esa postura de Iván Duque no fue un tropezón verbal. En su respuesta a Petro hay una idea de fondo. ¿Cuál es? El mensaje implícito de Iván Duque fue este: los campos de Uribe y de Santos deben entenderse, pues no son sectas ni ellos son dos monjes fanáticos.

Ahí está el problema: creer que uribismo y santismo son solubles, que pueden hacer, finalmente, una síntesis de gobierno para sacar al país “de la polarización”.

Las manías retóricas de Duque son conocidas. Dice que hay que “construir consensos sin sectarismos”. Magnífico, si eso no fuera sólo un abrebocas para explicar esto otro: que es indispensable “construir una sociedad donde quepamos todos”. Ese concepto, utilizado pérfidamente por algunos líderes de izquierda, tiene un alcance preciso: decir que  es posible hacer cohabitar la democracia con los que tratan de destruirla mediante la violencia.

Tras su frase sobre los “monjes” Uribe y Santos, ante La W Radio, Iván Duque hizo un discurso en Cartagena, el 26 de agosto (2).  Allí habló de todo. Se dijo orgulloso de haber “estado en el gobierno de Álvaro Uribe”, hizo un balance de los logros de ese periodo sin mencionar, ni una sola vez, la seguridad democrática ni las Farc. Son temas que probablemente Iván Duque ve como de segundo orden. El hace hipérboles sobre el narcotráfico, la inseguridad, la corrupción, la equidad, el turismo, los flujos de inversión, los mercados de valores, pero no menciona a las Farc. Ese flagelo, para él, no está conectado a lo demás, es un fenómeno aparte y agotado.  Por eso deduce que los acuerdos Farc-Santos hay que conservarlos cambiándole sólo unos puntos.

En Cartagena él se dijo dispuesto a “respaldar las cosas que le sirven al país, sin importar de dónde vengan porque Colombia tiene que pensar en grande”. Y remató: “Tenemos que ser capaces de enmendar lo que haya que enmendar de los acuerdos cuando tienen cosas que no le sirven al país”. Es decir, el pacto de La Habana es bueno, sólo hay que enmendarlo en caso de que tenga aspectos negativos. ¿Cuáles son los puntos positivos de ese acuerdo? Duque no se atreve a decirlo.

Lo que dijo Iván Duque el 23 de agosto pasado, el objeto real de su discurso, fue: el uribismo y el santismo pueden unificar criterios (“pensar en grande”, hacer enmiendas “sin importar de dónde vengan”) para que haya un país viable (¿no polarizado?) en los próximos años. ¿Ello no supone una capitulación del uribismo?

Iván Duque no es un moderno. Su idea del país y, sobre todo, su idea de las Farc, es arcaica, caduca, es la misma que tenía la vieja élite bipartidista que gobernó a Colombia desde 1966 hasta hoy. Ella pensaba que las Farc eran un episodio efímero, una guerrilla campesina cruel pero sin ambiciones globales, un simple “problema de orden público” con el que Colombia podía bregar, vivir y desarrollarse. Ello explica por qué Colombia fue el único país del continente que dejó que una guerrilla comunista, totalmente artificial, creada por Moscú para efectos de la Guerra Fría, perdurara más allá de ésta y llegara al apogeo de hoy.

Esos gobiernos no vieron la verdadera dimensión de las Farc: una anomalía grave, un  obstáculo central, permanente, al desarrollo democrático del país. Esa élite se acostumbró a administrar la amenaza, no a suprimirla, como hicieron, con métodos diferentes, los otros países del hemisferio. La reprimió sin constancia y sin firmeza. La reducía pero le hacía concesiones y le dejaba reorganizar sus filas. Nunca dio contra esa fuerza el combate ideológico, moral y espiritual, sin ver que en Europa esa batalla de ideas si existía y daba resultados. En ese contexto, la fuerza armada comunista logró perpetrar enormes matanzas, robos, secuestros, dominar el narcotráfico local y, al mismo tiempo,  penetrar y debilitar las instituciones colombianas. Los jefes de esos aparatos terminaron intoxicados por su doctrina. Tras la caída del muro de Berlin y de la revolución anticomunista en Rusia, muchos partidos y bandas marxistas europeos desaparecieron. Pero no en Colombia.

La sola excepción en la lucha contra la subversión leninista fueron los gobiernos de Guillermo León Valencia y los de Álvaro Uribe. Uribe y sus ministros, sobre todo Fernando Londoño, comprendieron que no podía haber cohabitación entre la democracia y esa fuerza subversiva, que no habría prosperidad y libertad duradera para Colombia si las Farc seguían creciendo y penetrando el país. Pero la vieja élite suicida, que velaba sólo por sus intereses privados y que era trabajada ideológicamente por el marxismo soft, llegó de nuevo al poder en 2010. Su reacción fue inmediata: creyó que había llegado la hora de desmontar no la narco-guerrilla sino la seguridad democrática y cogobernar con las Farc, fuerza que ella creía local y desgastada. Estimó que esa estrategia --construir un “nuevo país” sobre una paz sin justicia--, era lo más “progresista” del mundo. Pidió el apoyo de Hugo Chávez y de La Habana, violó la Constitución, destruyó la justicia, barrió el poder legislativo, desbarató los controles institucionales e hipnotizó e intimidó a buena parte de la prensa. Así pudo llegar a los acuerdos Farc-Santos que el país, por fortuna, repudió en acto de gran heroísmo en el plebiscito del 2 de octubre de 2016. No obstante, toda la arquitectura republicana colombiana forjada durante dos siglos está ahora, gracias a la traición de Santos, en entredicho.

Contra lo que piensa Iván Duque, en Colombia sí hay dos mundos que se oponen, dos programas que chocan entre sí. Uribe y el CD, y la mayoría del país, quieren una paz basada en la justicia y en la continuidad del sistema democrático. El otro bloque, el realmente intransigente, lo dirige el mismo jefe de Estado. Ese es el gran drama colombiano. Están allí las Farc y otras facciones de la religión bolchevique. Ellos ven la salvación en la ruptura de la continuidad democrática y en el ingreso a una zona gris que venden como un “socialismo del siglo XXI” que resolverá todos los problemas. ¿Puede haber una síntesis entre esos dos campos y pueden ellos superar la “polarización”? Iván Duque cree que si, y lo dice con metáforas.

El fin de la Guerra Fría y el experimento chavista en Venezuela, le mostraron a Colombia una cosa: lo que ofrecen las Farc es el caos, la violencia y la explotación, aunque ellos vean ese socialismo como  una forma de redención. Desde ya anuncian la supresión física en Colombia de “la burguesía” como clase y el sometimiento bárbaro de las clases medias, del campo y de la ciudad, y de los sectores no comunistas. Las Farc, y su partido político,  ven en esas capas sociales una sola cosa: “paramilitares”. Su brazo armado, las “disidencias”, se encargarán de tales enemigos. Esa es la fórmula del nuevo partido para construir un paraíso terrenal. En realidad, son un movimiento profundamente reaccionario.

¿El Centro Democrático es una secta si no ve las cosas como las ve Iván Duque y si se atreve a discutir  sus ideas? ¿”Pensar en grande” es olvidar lo real, ignorar la intrincada historia del país, para internarse en un mundo de fantasías progresistas? ¿Hay que adaptarse al pacto Santos-Farc o restaurar el imperio de la ley?  ¿Cree el CD que podrá encarar con éxito la elección presidencial de 2018 sin ventilar con franqueza y rigor estos temas? Iván Duque tiene la palabra. Esperamos que responda pero no a través de intermediarios.

Notas

(1).- http://www.wradio.com.co/escucha/archivo_de_audio/la-w-con-vicky-davila-del-23-de-agosto-12pm-a-1pm/20170823/oir/3557585.aspx

(2).- http://www.pulzo.com/nacion/pelea-uribistas-fernando-londono-e-ivan-duque/PP333180

Publicado en Columnistas Nacionales

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