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Darío Ruiz Gómez                                  

Bergoglio, disimuladamente se bajó de su pedestal de Papa como figura teológica intocable y se situó a nivel de la ronda de vecinos

El problema de Bergoglio es que quizás aún no se ha dado cuenta de que ya no es un muchacho de barrio cuando se le exige comportarse con la seriedad con la cual debe hacerlo un papá que tiene como tarea guiar a sus fieles en los confusos momentos que están viviendo ante el fracaso de la tolerancia y el atropello a los logros históricos sobre la dignidad del ser humano desde esa luz que en las tinieblas del desamparo metafísico nos dieron San Agustín, Santo Tomás, el robusto pensar católico de Maritain. Los eternos adolescentes tienen el problema de que, al negarse a aceptar la insulsa seriedad de los llamados adultos, se pretenda mostrar que la alegría y el desenfado vital son evidencias de incapacidad para asumir las responsabilidades morales. Como católico no pongo en duda la autoridad espiritual del papa como cabeza visible de la Iglesia ante un panorama internacional amenazado por el yihadismo, un enemigo que al rechazar el derecho de los Otros al diálogo, trata de, a través del uso y justificación de la violencia terrorista, arrasar con los valores de la Cultura Occidental. Y está igualmente la nociva presencia de los ultranacionalismos reviviendo el racismo más beligerante. Una encrucijada ante la cual la claridad y firmeza de un gran pensador como Ratzinger ha sabido enfrentar con argumentos renovados de la Filosofía y de la Teología, el lenguaje del espíritu ante las infamias causadas por una economía consumista, ante la incomunicación abierta por un lenguaje instrumentalizado por esas economías. En un barrio popular los pobres- ese ser que tanto afecto suele despertar en Dios- crean una otra dimensión de la solidaridad y constituyen como lo demostró magistralmente Simone Weil, la presencia de una comunidad que desde las nuevas catacumbas refuerza la necesidad de la misericordia y el amor, sustituidos por los falsos ídolos de oro, por el fanatismo.

Como si continuara discutiendo con sus parces, Bergoglio, disimuladamente se bajó de su pedestal de Papa como figura teológica intocable y se situó a nivel de la ronda de vecinos, entrando en las discusiones sobre la diaria realidad, poniendo de presente el hecho de que aún actuaba en él aquel primer peronismo donde los muchachitos pobres, las madres abandonadas, los obreros tristes habían sido rescatados para una alegría que fue efímera es cierto y duró hasta que aparecieron los demagogos, los agitadores, ese populismo de resentidos en su odio a los ricos. ¿Es la política la única vía posible para regresar al diálogo con las gentes del común? Craso error suyo fue ir a abrazar a Fidel Castro pues allí debió constatar que la vieja admiración de su adolescencia peronista no era más que un abotargado tiranuelo tropical. Pero bajo la condición de vecino de esquina ha permitido las críticas y nos ha hecho saber que lo podemos criticar ya que la crítica es la posibilidad de que el diálogo nos ilumine. Por eso no creo, repito, que Bergoglio venga a Colombia a saludar a los terroristas, viene a reconocer la grandeza de Monseñor Jaramillo torturado y asesinado por el fanatismo, a estar con la comunidad perseguida.

El Mundo, Medellín, 28 de agosto de 2017

Publicado en Columnistas Nacionales

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