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Juan David Escobar Valencia                                            

Los economistas lidian con dilemas y problemas cuya dudosa solución es como una cobija pequeña que si logra cubrir la cara, destapa los pies y viceversa. Uno de ellos es la necesidad y efectividad del salario mínimo, pero especialmente la incierta utilidad de aumentarlo por buena intención y no por productividad.

El Nobel de Economía Paul Krugman, dijo en diciembre pasado en New York Times que había “abrumadora” evidencia de que aumentar el salario mínimo tenía “poco o ningún efecto adverso” en el empleo y aumentaba las ganancias de los trabajadores.

En circunstancias normales, la decisión de subir el salario mínimo es un dilema entre mejorar el bienestar de los trabajadores, como objetivo social obvio, y el lastre para la competitividad; pero en el mundo que viene la complejidad nos hará pasar de dilemas a tri o tetralemas.

Además de la vulnerable situación económica mundial, uno de esos factores adicionales que se avecina, este sí “abrumador”, es la ola de robotización y automatización en marcha, que para Colombia significaría que más del 51 % de las actividades podrían ser automatizadas mediante la adaptación de tecnologías ya demostradas, según el McKinsey Global Institute.

Al estilo venezolano, a los comunistas y populistas les encanta sugerir mágicos aumentos del salario mínimo sin considerar su viabilidad económica, porque eso da votos y supuestamente beneficia a la gente; pero desconocen la “abrumadora” realidad. En Seattle la bien intencionada decisión de aumentar el salario mínimo no tuvo final feliz pues, aunque aumentó la tarifa por hora, redujo la oferta de trabajo de salario mínimo y el saldo fue negativo. ¡Y eso que todavía no están compitiendo con robots!

Un estudio reciente del National Bureau of Economic Research, “La gente frente a la máquinas”, concluye que el aumento del salario mínimo da incentivos a las empresas para que adopten tecnologías que reemplacen a los trabajadores, afectando especialmente a los menos capacitados y con menores ingresos, quienes eran a los que se buscaba beneficiar.

Como escribió Michael Strain en Bloomberg: “si su objetivo es ayudar a reducir la desigualdad y aumentar los ingresos de los hogares de clase media, entonces el salario mínimo no es una política loca. Pero si su objetivo es ayudar a los miembros menos capacitados, menos experimentados y más vulnerables de la sociedad a ponerse de pie en el primer peldaño de la escalera laboral y comenzar a subir, el salario mínimo es contraproducente. Sus costos se concentran entre los trabajadores vulnerables. Es un obstáculo en sus caminos”.

¿Por qué en vez de usar el falso camino de subir “mágicamente” el salario mínimo, mejor no bajan los impuestos? En nuestro caso el IVA, que afecta especialmente a los más pobres y que este gobierno subió para pagar su derroche, ineptitud y la extorsión que le impusieron los terroristas, próximamente congresistas, que lavan su narconegocio con el contrabando que quiebra a las empresas legales. Recuerden que el verdadero salario “mínimo” es el desempleo.

El Colombiano, Medellín, 21 de agosto de 2017

Publicado en Columnistas Nacionales

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