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Carlos Salas Silva                                       

Cuando se corre el riesgo de perder el norte ya sea por culpa del desaliento, de la desatención o de una gran desilusión, comenzamos a cometer equivocaciones al dirigir nuestras ofensivas al rival equivocado. Recientemente se ha visto en tres situaciones distintas ejemplos claros de esa desconcertante actitud.

La primera, la manera como los americanos han dirigido sus ataques a su propio presidente cuando este responde con fuerza a las amenazas del gobierno tiránico de Corea del Norte. En una situación que debería unir al pueblo y rodear a su mandatario, el mensaje enviado es ambiguo y se presta para que el enemigo se fortalezca.

La segunda, la división de la oposición venezolana cuando se encontraba más fortalecida y más compacta. Los partidos de la MUD decidieron inscribir candidatos para las regionales y muchos lo tomaron como si estuvieran con esto justificando la dictadura de Maduro. Muy grave la situación que se creó de la que Maduro ha sabido sacar provecho.

La tercera, Los vientos de división que se han venido presentando a raíz del abanico de candidatos con que cuenta el único partido de oposición de Colombia, el Centro Democrático. Santos, las FARC y sus aliados políticos se han frotado las manos al ver como la oposición se distrae en tontas rencillas internas en lugar de poner todas sus fuerzas en oponerse a la instauración de un gobierno proclive a las FARC, es decir al narcoterrorismo comunista internacional.

¿Qué tienen en común estos tres casos? Podría anotar que los quiebres se han dado luego de haber demostrado en cada uno de los casos una previa y clara cohesión que se ve de repente minada por el agotamiento y la desilusión al no ver resultados inmediatos a tanto esfuerzo. En el caso de Trump y sus seguidores tenemos un ejemplo bastante curioso. Luego de haber vencido una ardua batalla para alcanzar la presidencia pareciera que no se tuviera claridad de cuales fueron los objetivos que motivaron la unión de fuerzas para llegar al poder. Que un pequeño y alevoso tirano amenace a la nación más poderosa de la tierra, sería el motivo preciso para demostrar una nueva manera de hacer política desde la Casa Blanca. Una respuesta enérgica como la que dio Donald Trump era lo esperado. Lo inesperado surgió de las críticas surgidas hasta en el interior del mismo partido del presidente. Totalmente inexplicable esa reacción y más aún la de los países aliados que deberían mostrarse solidarios con un líder que es capaz de decir que no se va a tolerar las amenazas de un aliado del terrorismo internacional al que le surte armas, como lo pudimos vivir de cerca con el barco norcoreano que venía de Cuba repleto de armamento para las FARC y que retuvo Martinelli.

En el caso de Venezuela es francamente desconcertante presenciar como se le vinieron encima a los de la MUD por tomar la decisión de participar en las elecciones acusándolos de traición. Le pusieron las cosas fáciles a Maduro y su pandilla, no tuvieron que mover un dedo para lograr ver a la resistencia dividida.

Y el de Colombia si es un caso para echarse a llorar. Atacar a Iván Duque, uno de los precandidatos con mejores perspectivas de éxito, con acusaciones traídas de los cabellos es como hacerse un harakiri. 

A los enemigos de Trump, a los amigos de Maduro y a la alianza Santos Farc, les están haciendo el trabajito los que deberían ocuparse de minarles el campo.

En el caso de Colombia, una oposición dividida es el comienzo del fin. A diferencia de Venezuela en donde hay veinte partidos de oposición, nosotros tenemos la inmensa suerte de contar con uno solo y con un líder indiscutible. De ninguna manera podemos permitirnos destruir esa unión. Por el contrario, apoyemos todas las alianzas que muy hábilmente Álvaro Uribe ha venido trabajando con el único fin de salvar a un país que no ha caído del todo en el abismo porque mantiene su fortaleza en la unión.

Publicado en Columnistas Nacionales

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