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Jaime Jaramillo Panesso                                    

Había una vez un país donde los gallinazos comían caviar en el comedor del palacio presidencial. No eran cuatro gatos, como decía el jefe de comunicaciones del bajo mundo. Eran cuarenta gallinazos que nunca habían leído las aventuras perniciosas de Alí Babá. Los gallinazos gozaban de cabal respeto por el rey de los goleros que, por ser el que más engullía las comisiones derivadas de los contratistas, necesitaba constantemente que el gallinazo de Minas y Petróleos, le aplicara en el gozne de la mandíbula inferior, varias gotas de aceite tres en uno.

Lo increíble de esta historia zoológica es el origen del caviar: fue descubierto en varias caletas halladas en los llanos del Yarí y en la madriguera de unas ratas dispensadoras de fuego en las laderas de Marquetalia. Cuentan los biógrafos del rey de los gallinazos, que los finos porcentajes en los negocios fueron tan lucrativos, que el monarca de los gallinazos tuvo un cáncer prostático mandibular. Murió buscando caletas en la sala de audiencias de la Corte Constitucional.

¿Qué necesita un país donde los gobernantes se atragantan del oro y la yerba cannabis que  producen  sus aliados políticos, dueños de la balanza comercial y del comercio internacional?

Colombia necesita desarrollar la calidad conceptual de su pueblo para una mejor comprensión de las batallas políticas. Y aumentar la capacidad de  organización como sociedad, para superar las nociones de democracia representativa y democracia participativa y enrutarse hacia una democracia deliberativa, tal como se hizo en un mandato presidencial reciente con los consejos comunitarios.

Colombia requiere de liderazgos en cada una de las partes orgánicas de la nación, es decir, en los gremios empresariales de la producción y del comercio, en las organizaciones de vecinos, en las comunitarias, en las sindicales, en las asociaciones de profesionales y tecnólogos, en los reservistas de la policía y de las fuerzas armadas. Existe un cuarteamiento de las fuerzas sociales y populares que entregan la soberanía del voto a los aventureros de la política, a los narcotizadores de la conciencia pública, que es el componente fundamental del ejercicio de la ciudadanía.

Ese es el propósito del Centro Democrático al instalarse no solo en el corazón de las clases medias y populares  colombianas, sino en el pensamiento crítico y combativo de la ciudadanía. Las marchas impresionantes realizadas en los últimos años demuestran que no somos un pueblo dormido ni una masa daltónica que confunde los colores de la tricolor bandera con la hemofilia de la hoz y del martillo. Esa fuerza de la política democrática es el pegamento, el cemento que nos obliga a la unidad interna de nuestros militantes, simpatizantes y amigos. La unidad es la estrella del triunfo y la llave para realizar las alianzas o coaliciones con partidos o corrientes sociales que nos liguen con un denominador común. El enemigo político del Centro Democrático nos enviará divisionistas camuflados para sembrar incertidumbre y envidias ficticias. Pondrán  calumnias en las primeras páginas de sus revistas pornográficas y en los almizcleros de sus canales de radio, tv y prensa escrita. Es más, al verse perdidos en sus objetivos continuistas, podrán apelar al magnicidio. Al fin y al cabo tienen aliados con experiencia en aplicar el artículo 38 largo de sus estatutos.

El Centro Democrático es el único partido que tiene un líder nacional e internacional. Álvaro Uribe es raíz de la nación y huracán de los intereses de todas las regiones. La falsa aristocracia elitista capitalina lo menosprecia porque es auténtico. Él no confunde la mazamorra con el caviar. Como si fuera poco tenemos precandidatos a la altura del nevado del Tolima o al claro y  lejano horizonte de las sabanas y las llanuras. A nosotros nos sobran precandidatos. A ellos les faltan sus cuatro gatos.

Los uribistas, comenzando por su Presidente, que también es uribista, estamos al frente de la patria con toda su carga histórica y con los sudores y amenazas que caminan por las tres cordilleras. Conocemos en carne propia los mordiscos del lobo de la paz. De allí que merezcamos reconocernos en este soneto del poeta Julio  Florez:

¿Ves ese roble que abatir no pudo

 ayer el huracán que asoló el monte

 y que finge en el monte un alto y rudo centinela que mira el horizonte?

El rayo apenas lo agrietó; sereno

sobre su vieja alfombra de hojarasca

se yergue aún como retando al trueno

que la furia azuzó de la borrasca.

Se tú como ese roble: que la herida

que abra en tu pecho el dardo de la suerte

sin causarte escozor sane enseguida.

Labora y triunfa como sano y fuerte

para que el lauro que te da la vida

flote sobre el remanso de la muerte.

Mucho agradezco a la dirección nacional del CD y en particular a su Presidente. No tengo los méritos de muchos copartidarios que se han roto la espalda y la lengua por defendernos, pero  sí tengo los galardones de la edad sinfónica del atardecer.

Que el CD tenga larga la victoria y corta la rienda del corcel que nos lleve al poder. Es necesario entrenar la inteligencia para derrotar los gallinazos eunucos.

Gloria a las patrias de Bolívar incandescente que no logran incinerar las dictaduras. Gloria al Centro Democràtico que tiene estatura de bronce y no filipichines forrados en papel periódico. Como dijo el cura Choquehuanca a la llegada del Libertador: que Colombia crezca como crece la sombra cuando el sol declina. Y ese sol volverá a salir en la próxima y feliz mañana.

He dicho.

* Palabras pronunciadas por Jaime Jaramillo Panesso el 14 de agosto, al agradecer la designación como Director Emérito del Centro Democrático, en el recinto de la Asamblea Departamental de Antioquia. (El título es de Periódico DEBATE).     

Publicado en Columnistas Nacionales

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