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Alfonso Monsalve Solórzano                                             

Hoy el dictador Maduro está intentando imponer su “constituyente” por la fuerza, para instalar un régimen socialista a la imagen y semejanza del cubano, siguiendo las instrucciones de su mentor, Raúl Castro, que hace todo lo posible por no perder su riquísima colonia -rica para todos, menos para los millones de venezolanos en condiciones de miseria, con hambre, muchos de los cuales están buscando refugio- y continuar con su modo de vida parásito en su Isla quebrada y también miserable.

Ya la constitución de Chávez no les sirve. Ahora se trata, mediante la convocatoria de una constituyente ilegal, de dar el paso final para convertir a ese país en un estado socialista. Sería la muerte, durante muchos años de la democracia en ese territorio.  Se nacionalizaría lo que queda del aparato productivo y el sistema financiero, erigiendo al estado en el único empleador; se eliminarían las tarjetas de crédito, se daría un estatus definitivo a las cartillas de racionamiento; se terminaría con la educación privada, continuando el lavado de cerebro en los niños y adolescentes; se daría un paso más en la paramilitarización de la sociedad, etc. Y como ocurre en ese tipo de estados, pero más en Venezuela, el menú va acompañado con una corrupción galopante y ofensiva, de la lumpen burguesía, mafiosa y estrambótica, más conocida como la boliburguesía, que convierte al régimen y a un sector de los militares en narcotraficantes, socio de las Farc y el Eln, y, que hoy es capaz de poner a los hijos de Maduro a gastarse cuarenta millones de euros en un hotel de lujo en Madrid, felices por las compras millonarias para satisfacer sus caprichos, mientras el pueblo venezolano clama por comida y medicinas.

Ese es el “paraíso” social que esa gavilla de matones tiene en mente, para llevar la “felicidad” al bravo pueblo. Y, en el colmo del cinismo, pone al ejército en la calle para reprimir a la gente, mostrando ese librito azul, que es la constitución vigente, como escudo, la misma que quiere enterrar. Ya no están para las veleidades chavistas.

Más de tres meses de resistencia civil, en una lucha desigual y más de cien muertos, son el obstáculo principal que tienen Castro y Maduro para lograr su objetivo final. Los ciudadanos repetidamente han solicitado elecciones libres, y desde que el dictador puso sobre el tapete la elaboración de la nueva constitución, la han rechazado, no sólo con las abrumadoras protestas callejeras, sino con un plebiscito por la democracia, de más de siete millones seiscientos mil votos, y con dos huelgas generales.  Y si no fuese por esa heroica resistencia, la comunidad internacional, no estaría presionando a la dictadura para convocar elecciones libres, luego de que personajes como Samper, Mujica y Rodríguez Zapatero, intentaron desmontar la protesta nacional para hacerle el favor a Maduro (y a propósito, el Papa guarda silencio sobre la trágica situación del pueblo venezolano, a pesar de las denuncias que han hecho ante él los miembros de la Conferencia Episcopal de ese país; ojalá hoy rompa su silencio).

Hoy se juega el futuro de Venezuela. En  una situación tan desesperada de opresión, en caso de que la Constituyente se impusiese violentamente a los venezolanos,  sí que cabría  el recurso supremo a la rebelión, explícito en el Preámbulo de la Declaración Universal de Derechos Humanos, de las Naciones Unidas, aprobada el 10 de diciembre de 1948: “Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión” (http://www.un.org/es/universal-declaration-human-rights/).

El desenlace es incierto. Ojalá la oposición venezolana logre derrotar la dictadura sin necesidad de un baño de sangre peor que el que ya ha vivido. El país tendería a normalizarse y muchos exilados regresarían a su tierra. Si triunfa Maduro, y se consolida su poder, habrá un período de terror, que aumentará la ya existente crisis humanitaria; se produciría, entonces, un éxodo mayor de venezolanos, que pasarán casi todos por Colombia. Muchos llegarán de tránsito, pero otros miles se seguirán asentando en nuestro territorio. Y lo que se ve es que Santos no está preparado para esta avalancha. Lo que habría que hacer es tener un plan que funcione para darles refugio y garantizarles sus derechos, para mitigar el impacto negativo que semejante éxodo tiene ya y tendrá, con mayor fuerza en el futuro.

Por otra parte, desde hace algunos meses, específicamente, desde que viajó a Estados Unidos a hablar con Trump, nuestro mandatario ha criticado al gobierno venezolano y este ha subido el tono de las verdades y los insultos hacia nuestro presidente. El viernes Santos dijo que no reconocerá los resultados de la elección de la constituyente en Venezuela. Pero, como lo conocemos, hay que creerle lo contrario. Los dislates de Maduro le sirven a su imagen y por eso está feliz, aprovechando al máximo esta ventana de oportunidad para intentar reivindicarse con los colombianos.

Pero los hechos son que su aliada, las Farc, son socias, cómplices y valedoras de la tiranía venezolana y han prometido volver a Colombia una patria socialista chavista, y ese gobierno forma parte de la comisión de verificación, encargada, junto con Cuba, de vigilar el cumplimiento del acuerdo con esa guerrilla. ¿De verdad creen ustedes en la sinceridad de Santos? Pronostico que pronto dirá, si logra consolidarse la boliburguesía, que hay que respetar esos resultados. Y colorín colorado, ese cuanto habrá terminado.

Hay que estar, en consecuencia, con el pueblo venezolano, apoyar su resistencia, acoger a sus refugiados. Y, claro está, elegir en Colombia un gobierno que no haga tránsito al socialismo, como quieren las Farc, Maduro, Castro y Santos, y que sea un faro de libertad y esperanza. Por el bien de los dos pueblos

Publicado en Columnistas Nacionales

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