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Alfonso Monsalve Solórzano                                            

La instalación de la última legislatura del gobierno de Santos transcurrió sin pena ni gloria. Fue tan opaca como el presidente, que sabe que comienza la cuenta regresiva sin haber hecho nada de lo que tenía que realizar; y que todo lo que hizo, fue contra los intereses nacionales.

Pero la opacidad de sus ejecutorias contrasta con la inverosímil saña y perversión con la que sus valedores de cabecera, beneficiarios de los enormes contratos de publicidad oficial y entrega a precio de ganga de un canal televisión (que era propiedad de todos los colombianos) han publicado en contra de la oposición, la de verdad, no la que dicen que efectúan los sectores afines a las Farc y al gobierno.

Y dentro de esta, la madre de todos los venenos retóricos, compuesta por algunos articulistas y autodenominados cultores del humor político. Es un grupo que, durante muchos años y de manera persistente, se ha encarnizado con Uribe y sus seguidores, cuando el hoy senador estaba en la presidencia, y después, cuando encabezó la oposición al gobierno de Santos.

Son personas que lo han tildado de paramilitar, sin que por supuesto hayan podido probarlo; se han burlado de su estilo paisa -tan alejado a los cánones de la elegancia de la élite bogotana-; han acusado a sus hijos de enriquecimiento ilícito, de nuevo sin que fueran probados sus asertos; lo han calificado de enemigo de la paz; algún caricaturista tildó de ratas que salían debajo de los crocs del expresidente, a los uribistas. Casi podría asegurar que no ha habido insulto que no haya sido emitido por estos individuos contra Uribe y sus seguidores.

 Últimamente, uno dijo que se cagaba en la cara de Uribe; otro, refiriéndose al expresidente, escribió: “ya no más, güevón”. Uno más, el beneficiario del canal de televisión, durante años ha hecho de su columna en Semana, una fábrica de improperios que, a la hora de verificarlos, resultan sin sustento.

Y finalmente, dentro del área del humor político, Daniel Samper Ospina, que ha dedicado casi todas sus columnas en Semana a agredir con argumentos ad hominem a Uribe y lo ha insultado y ridiculizado de todas las maneras posibles, ha puesto el grito en el cielo porque éste publicó un tuit calificándolo de “violador de niños” luego de que el primero hiciera matoneo a una niña de tres meses, cuyo único “delito” es ser hija de una connotada senadora del Centro Democrático. El señor Samper reaccionó con ira e indignación ante esa afirmación, asegurando que había tenido que explicar a sus hijas menores la falsedad del señalamiento. Esto, a pesar de que Uribe aclaró, casi de inmediato, que se refería a que era un violador de los derechos de los niños, y puso ejemplos al respecto, referidos a la publicación de fotos de niños desnudos alrededor de un sacerdote y unas Lolitas, cuando Samper era el director de Soho.

Yo entiendo la difícil posición de Samper frente a sus pequeñas hijas, más aún, si, al menos públicamente (que yo sepa), no ha desvirtuado el señalamiento. Fue la mencionada revista la que procedió a justificar dichas fotos, diciendo que la primera había sido tomada por un fotógrafo que autorizó su publicación y que el objetivo de hacerlo no era degradar a los niños, sino al contrario, protegerlos, buscando que conocieran los peligros que corrían; y, en cuanto a las Lolitas, que tenían 15 y 16 años y contaban con la debida autorización de los padres. Cualquiera entiende que se trata de argumentos falaces, porque uno no protege a los niños mostrándoles pornografía -así se reclame artística- para evitar que sean abusados, y, además, porque en el caso de las Lolitas, aún si  tuviesen el permiso de los padres, estos no pueden autorizar la violación de los derechos de sus propios hijos, decidiendo la publicación de las fotos, porque éstos priman sobre los de los padres. De manera que Samper Ospina todavía le debe una explicación al país (y probablemente a sus hijas), y sus denuncias penales, si es que hay justicia, no tienen ningún futuro.

Pero hay otras consideraciones, esta vez, de orden filosófico y ético. Una democracia es, por definición, pluralista y tolerante. Hay diferentes miradas de los hechos políticos, religiosos, culturales, sociales, etc., las cuales deben ser respetadas, es decir, toleradas. Es la esencia de la libertad de expresión. Pero esta tiene límites cognitivos, éticos y legales: cualquier opinión debe respetar los hechos, es decir, debe basarse en la verdad o, al menos en la existencia de indicios fuertes. La verdad a veces es dolorosa e irreverente, y someter al ridículo a alguien, es eficaz políticamente. El humor es un arma política lícita de primer orden, si se fundamenta en los hechos; pero la calumnia y el acoso desmedido y con base en falsedades, disfrazados de humor, es un ejercicio de sicariato moral y un delito.

Los hombres públicos tienen la obligación de ser respetuosos con sus críticos y han de tragarse las ridiculizaciones que les hacen, pero tienen el derecho a defenderse de ataques infundados, porque también son sujetos de derechos fundamentales al buen nombre y la honra. El que en Colombia se haya instituido el sicariato moral en nombre de la libertad de prensa, habla mal de los medios y de los comunicadores, periodistas e intelectuales, que viven del linchamiento mediático, arropados por organizaciones gremiales, muchas veces sesgadas, que critican a quienes defienden sus derechos fundamentales, si estos no son de la corriente política del mal llamado progresismo, o no forman parte de la élite.

La solidaridad de cuerpo hace mal a la libertad de expresión porque impide el contraargumento y la defensa. Quienes escriben o dibujan caricaturas políticas deben ser tolerantes con quienes no piensan como ellos. Como escribió el propio Samper Ospina en carta al director del Gimnasio Moderno, cuando le pidieron la renuncia al Consejo Directivo, por tener actividades profesionales -su trabajo como director de la Revista Soho- incompatibles con el carácter pedagógico de esa institución de enseñanza: “tolerar lo que es idéntico a uno no constituye un acto de generosidad sino de egolatría” (http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-3251699).

Para mí el señor Samper Ospina sólo es tolerante con él y los que son como él. Es un ególatra. 

Publicado en Columnistas Nacionales

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