Facebook

     SiteLock

Última hora
Una verdadera reforma a la justicia - Sábado, 23 Septiembre 2017 05:56
Festival Cuna de Acordeones - Sábado, 23 Septiembre 2017 05:56
El oportunismo - Sábado, 23 Septiembre 2017 05:56
Colombia: caos o salvación - Sábado, 23 Septiembre 2017 05:56
Un referendo absurdo - Sábado, 23 Septiembre 2017 05:56

José Alvear Sanín                                    

A medida que se van divulgando detalles de la visita del papa Bergoglio, aumenta la preocupación entre los creyentes, porque ese “primer paso” (¿hacia dónde?) a que nos invitan, viniendo de la Iglesia, es irresponsable, sin duda alguna.

Sin embargo, no todo será político, porque algún elemento religioso tendrá lugar. Me refiero a la beatificación de dos mártires auténticos, el ejemplar padre Pedro María Ramírez (pese a la infundada y falaz pataleta de Gloria Gaitán) y monseñor Jesús Emilio Jaramillo, ultimado por el ELN, pero sin que de los numerosos sacerdotes asesinados por las Farc, empezando por monseñor Isaías Duarte Cancino, se haga mención.

Afortunadamente, hasta ahora no se ha vuelto a hablar de la canonización de Camilo Torres, propuesta por algunos curas y hasta un obispo, que lo tratan de santo, en vez de compadecerlo como un triste caso psiquiátrico.

Entre los millones de muertos causados por la locura de Hitler se cuentan millares de sacerdotes católicos, especialmente en Polonia. Si a ese martirologio sumamos la práctica eliminación del clero ortodoxo bajo Lenin y Stalin, las víctimas de la Revolución Mexicana, de la guerra civil española, las de Europa Oriental, las de Mao y el aplastamiento de la Iglesia cubana por Fidel Castro, la lista de mártires cristianos del siglo xx se hace interminable. Hace falta otro Chateaubriand, autor del Livre de Martyrs, para honrar ese pavoroso holocausto, al cual se suma ahora el exterminio de las comunidades cristianas en varios países musulmanes.

No olvidemos que toda revolución comunista se inicia con la implacable persecución religiosa, porque para Lenin lo más repugnante era la práctica religiosa.

Hay que recordar entonces, así sea de manera somera, la inevitable oposición entre catolicismo y marxismo-leninismo, en estos tiempos en que la Iglesia colombiana se deja llevar por el vendaval de la teología de la liberación, que parecía haber sido eliminada por el papa polaco y ahora resurge bajo el pontificado gaucho, el primero de corte izquierdista en la historia de la Iglesia.

Esa apertura a sinistra es inconcebible, y la colaboración de la jerarquía con la entrega del país al narco-castrismo será trágica, como pronto lo habrán de experimentar los “prudentes” obispos que nos recomiendan el camino hacia el abismo.

En los países donde se imponen “comisiones de la verdad”, esta es la primera víctima. La verdad histórica, decretada por los gobiernos, es siempre artera. En muchos países no se pueden cuestionar ni siquiera detalles de la persecución nazi a los judíos (lo que puede llevar a la cárcel).  La exterminación de buena parte del pueblo armenio no se puede mencionar en Turquía.  En la envejecida Francia, ahora es delito la defensa, por internet, de la vida intrauterina. La Ley de Memoria Histórica, en España, impone una narración maniquea para presentar la República como un paraíso aplastado por una reacción infame…

Me refiero al caso español, que comprenderemos correctamente cuando se reescriba la historia reciente de Colombia, de manera que Tirofijo sea un segundo Bolívar y las guerrillas narco-castristas se conviertan en defensoras del pueblo, abanderadas de la ecología, la vida, la infancia, la democracia y el cuidado del medio ambiente.

La persecución religiosa durante la República, sobre todo a partir de febrero de 1936, cuando se completó el dominio del gobierno por parte de los comunistas y el de las calles por parte de estos y los anarquistas,  no pudo ser peor.

El mejor resumen que conozco sobre la situación religiosa en la zona roja es el de Manuel de Irujo, ministro de Justicia en el gabinete republicano de Negrín, reproducido por Ángel David Martín Rubio en su libro sobre la persecución religiosa de esos años. 

Del famoso memorando de Irujo tomo apenas algunos apartes:

  • (…) Todos los altares, imágenes y objetos de culto han sido destruidos.
  • (…) Todas las iglesias han cerrado (…)
  • (…) Una gran parte de los templos en Cataluña se incendiaron
  •  (…) campanas, cálices, custodias, candelabros, los han fundido y aprovechado para la guerra o para fines industriales.
  • Todos los conventos han sido desalojados, incendiados, saqueados, derruidos (…)
  •  (…) se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y objetos de culto.  La policía que practica registros domiciliarios (…) destruye con violencia imágenes, estampas, libros religiosos (…).

A lo anterior se sumó el asesinato sistemático de sacerdotes y monjas: 4.065 sacerdotes del clero regular y 2.338 de comunidades, además de 270 monjas. De todos existen listados con nombres, fechas, modalidad y hora del asesinato.

Esta historia terrible poco se puede recordar en la España de esa famosa ley restrictiva de la libertad intelectual y moral de la ciudadanía.

Ahora bien: varios seminaristas colombianos, como Jesús Aníbal Gómez y Eugenio Ramírez, fueron asesinados en España y han sido beatificados.

En alguna época se acusó injustamente a nuestro embajador en Madrid, Carlos Uribe Echeverri, de no haberles dado suficiente protección. Nada más alejado de la verdad, porque nuestra embajada salvó muchas vidas al asilar prófugos de las más de doscientas checas que en la capital de España torturaban, condenaban y ejecutaban de manera sumaria y arbitraria.

Precisamente el tema de esas embajadas salvadoras ocupa buena parte de una magistral (y bien olvidada) novela, Una Isla en el Mar Rojo, de Wenceslao Fernández Flórez, que retrata el horror de la vida diaria en el Madrid rodeado por la zona roja.

A los descendientes de Carlos Uribe Echeverri les he solicitado revisar los papeles de su ilustre antepasado, para que esa gran figura antioqueña (congresista, diplomático y candidato presidencial) sea rescatada del olvido, destino común del que la historia excluye a unos pocos elegidos.

                                                                                     ***

Cuando leo las ambiguas y sesgadas (cuando no mendaces) interpretaciones del padre De Roux, no puedo dejar de compararlas con las sanas enseñanzas de los antiguos jesuitas, como por ejemplo las de su tío, el padre Rodolfo Eduardo de Roux, mi admirado profesor.

                                                                                     ***

Después del apasionado apoyo a Maduro por parte de Mujica, ¡por qué extrañar su vehemente defensa de Lula!

Publicado en Columnistas Nacionales

Compartir

Opinión

Nuevos videos

SUSCRÍBETE A NUESTRO BOLETÍN

Ingrese su dirección de correo electrónico:

Nuestras Redes