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Jaime Jaramillo Panesso                                    

Se pregunta una revista bogotana ¿desde qué momento se acabó la ética en Colombia? Es un interrogante mayúsculo que aparece con motivo de los cuadros noticiosos sobre la  corrupción, o sea sobre el dinero, “el excremento del diablo”.

Para ciertos periodistas y respetables personajes de la sociedad colombiana, la ética es no robar, no apoderarse de los dineros del   estado o de los inversionistas o ahorradores. En todo caso la ética, según la nueva indagación, se valora respecto de los  caudales financieros. Poco o nada que ver con el derecho a la vida o a  las libertades. La mayor conducta ética es la defensa de la  vida propia, de la familia y de los demás seres humanos, salvo el caso de la legítima defensa, colectiva o individual.

¿Es ético que por la causa de unas guerrillas y unas autodefensas hayan muerto en Colombia 220 mil personas en la tormentosa etapa de la presunta revolución marxista que iniciaron las guerrillas hace 52 años? ¿Por qué los intelectuales y los filósofos, los líderes religiosos y políticos se asombran y adentran en  razonamientos  sobre la ética aplicada al buen o mal manejo de los dineros privados o del estado? Porque hemos ocultado que el valor de  la vida es un hecho político de menor importancia  que el dinero. Por esa razón los  causantes de delitos de lesa humanidad no van a la cárcel. Pero el desfalcador moderno va a prisión o a detención domiciliaria.

La clase dirigente, los profesores de todos los niveles y los escritores y artistas, los líderes religiosos no han entendido que el mundo democrático occidental entró hace años en la ética civil, en la ética del hombre civilizado, que es compatible con  la ética religiosa, si existen la tolerancia y el pluralismo. ¿Acaso las iglesias y los ideólogos políticos ha logrado superar el  fanatismo interior y comprender la ética civil? Ella necesita de maestros como la ética religiosa. Pero ante todo requiere de testimonios de vida, de hombres ejemplares que sea  presentables como modelos a las nuevas generaciones, aunque sean buscados  con la lámpara de Diógenes.

Debiera sorprendernos que tanta impregnación y convicción, tanta inmersión en la ética religiosa que hasta en la Constitución estuvo presidiendo, como rito y no por convicción, no haya contribuido a ser una nación pacífica. Los enormes costos en vidas no solo llegaron en los fusiles de los terroristas, sino que la vida cotidiana la violencia común descrita en el rosario de tipologías delictivas contra la integridad de la persona ha causado mayor cantidad de víctimas.

La ética civil reúne los valores de las buenas costumbres de un momento histórico en una sociedad. Es una norma que se encuentra por encima de la ley positiva que marca el nivel de comportamiento de una comunidad. Es esencial para construir un proyecto de nación. La ética civil está presente en los consensos y disensos, en las negociaciones y en las esperas unilaterales.

La ética civil no es la tabla de mandamientos, sino la conciencia moral del ciudadano, cuyo premio no se encuentra después de la muerte. Existe para mantener la vocación de paz y de vida en una etapa concreta de la humanidad o de una sociedad. Quizás sea una utopía ponerla a reinar para toda la humanidad. Se requiere en sociedades civilizadas y democráticas, donde el ejercicio de la laicidad garantice la libertad de cultos  religiosos y la libertad y fraternidad con los no  creyentes.

Es lógico pensar que la ética civil, como la democracia, no se instala entre los humanos sino por el ejemplo y en virtud de querer alcanzar la felicidad, como diría Savater. La felicidad sobre la tierra,  donde el hombre no sea un lobo para el hombre.

Publicado en Columnistas Nacionales

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